—Si creyera que es nuestra última esperanza, puede que lo hiciera. Y tú también.
—Lo único que digo es que no habrá marcha atrás. Tenemos que estar completamente seguras de eso. —Volyova guardó silencio durante un instante—. Y hay algo más…
—¿Sí?
Volyova bajó la voz.
—No podemos controlar el alijo, no sin su ayuda. Será necesario persuadir al capitán.
Desde luego, no se llamaban a sí mismos los inhibidores. De hecho, nunca habían encontrado motivo alguno para darse un nombre propio. Existían sencillamente para cumplir un deber de importancia trascendental, una tarea vital para la futura subsistencia de la vida inteligente en sí. No esperaban que nadie los comprendiera o que simpatizaran con ellos, así que cualquier nombre (o cualquier atisbo de justificación) resultaba por entero superfluo. Aun así, eran lejanamente conscientes de que ese era uno de los nombres que les habían dado, asignado tras las gloriosas extinciones que habían seguido a la Guerra del Amanecer. A través de una larga y tenue cadena de recuerdos, el nombre había pasado de especie en especie, mientras estas iban siendo borradas de la faz de la galaxia. Los inhibidores, los que inhiben, los que anulan la aparición de la inteligencia.
El supervisor reconoció, con ironía, que el nombre constituía realmente una descripción precisa de su trabajo. Era difícil decir con exactitud dónde y cuándo había comenzado la misión. La Guerra del Amanecer había sido el primer suceso significativo en la historia de la galaxia habitada, el choque de un millón de culturas recién emergidas. Fueron las primeras especies capaces de viajar entre las estrellas, los jugadores del principio de la partida. Al final, la Guerra del Amanecer se había desatado por un único y valioso recurso.
Había sido por el metal.
La inquisidora regresó a Resurgam.
En la Casa Inquisitorial hubo de responder algunas preguntas, pero se enfrentó a ellas con toda la indiferencia que pudo reunir. Les contó que había ido a una región remota, para recibir un informe de campo en extremo delicado de boca de un agente que se había topado con una pista excepcionalmente buena. El rastro de la triunviro, les dijo, estaba más fresco de lo que había sido en años. Para demostrarlo, reactivó ciertos informes cerrados e hizo que invitaran a algunos antiguos sospechosos a volver a la Casa Inquisitorial para proseguir las entrevistas. Para sus adentros, se sentía asqueada de lo que se veía obligada a hacer para mantener su fachada de probidad. Tuvo que detener a unos cuantos inocentes y hacerles sentir que sus vidas, o al menos su libertad, pendían de un hilo. Era un oficio detestable. Durante una época lo dulcificó asegurándose de que solo aterrorizaba a gente de la que sabía que había evitado el castigo por otros crímenes, algo que descubría tras fisgonear con pericia en los archivos de los demás departamentos gubernamentales. Funcionó durante un tiempo pero, después, hasta eso había comenzado a parecerle moralmente cuestionable.
Pero ahora era peor. Algunos miembros de la administración dudaban de ella y, para apaciguar sus reparos, tuvo que realizar sus investigaciones con eficacia y crueldad inusuales. Seguro que por Cuvier circulaban terribles rumores sobre hasta qué punto estaba dispuesta a llegar la Casa Inquisitorial. La gente había de sufrir para salvaguardar su tapadera.
Se dijo a sí misma que todo aquello era, en definitiva, por el bien colectivo, que lo hacía para salvar a Resurgam y que unas cuantas almas aterradas aquí y allá suponían un pequeño precio a pagar, comparado con la protección de todo un neta.
Estaba ante la ventana de su despacho en la Casa Inquisitorial, mirando allá abajo las calles. Observaba cómo obligaban a entrar a otro invitado en un robusto coche eléctrico de color gris. El hombre se tambaleó cuando los guardias lo metieron. Tenía la cabeza cubierta y las manos atadas a la espalda. El coche atravesaría entonces la ciudad a toda velocidad hasta alcanzar una zona residencial (para entonces ya estaría anocheciendo) y arrojarían al hombre a la cuneta, a pocas manzanas de su casa.
Le habrían aflojado los nudos, pero probablemente yaciera inmóvil sobre el suelo durante varios minutos, respirando con fuerza y jadeando al comprender que había sido liberado. Quizá una pandilla de amigos lo encontrara de camino al bar o cuando regresaran de las factorías de reparación. Al principio no lo reconocerían, porque la paliza que le habían dado le habría hinchado la cara y le costaría hablar. Pero cuando se dieran cuenta de quién era, ayudarían al pobre a regresar a su casa, mientras miraban con preocupación por si los agentes del Gobierno que lo habían soltado seguían cerca.
O tal vez el hombre lograría ponerse de pie por sus propios medios y, esforzándose por ver a través de las rendijas de sus párpados ensangrentados y amoratados, pudiera de algún modo encontrar el camino a casa. Su esposa, quizá la persona más asustada de todo Cuvier, lo estaría esperando. Cuando su marido llegara a casa, experimentaría parte de la misma mezcla de alivio y terror que él había sentido al recuperar la consciencia. Se abrazarían el uno al otro, a pesar del dolor que soportaba el hombre. Entonces ella examinaría sus heridas y las limpiaría en la medida de lo posible. No habría huesos rotos, pero haría falta una adecuada revisión médica para confirmarlo. El hombre supondría que había tenido suerte, que los agentes que le habían dado la paliza estaban cansados después de un duro día en las celdas de interrogatorios.
Más tarde, quizá, iría cojeando hasta el bar para encontrarse con sus amigos. Lo invitarían a unas copas y, en una esquina discreta, les enseñaría lo peor de sus magulladuras. Y se extendería la noticia de que se las había ganado en la Casa Inquisitorial. Sus amigos le preguntarían cómo era posible que lo consideraran sospechoso de estar relacionado con la triunviro. Él se reiría y diría que eso no detenía a la Casa Inquisitorial. Ya no. Que cualquiera del que se sospechara, aunque fuera remotamente, que había dificultado las investigaciones de la Casa se hallaba en peligro, que la persecución de los criminales había alcanzado tal intensidad que toda falta menor contra cualquier rama gubernamental podía interpretarse como un apoyo tácito a la triunviro.
Khouri observó cómo el coche se deslizaba a lo lejos y ganaba velocidad. Ya apenas lograba recordar el aspecto de aquel hombre. Tras un tiempo, todos acababan pareciendo iguales; hombres y mujeres se desdibujaban hasta conformar un aterrado conjunto homogéneo. Al día siguiente habría más.
Miró por encima de los edificios, en dirección al cielo de color morado. Se imaginó los procesos que sabía que estaban teniendo lugar más allá de la atmósfera de Resurgam. Apenas a una o dos horas luz de distancia, una enorme e implacable maquinaria alienígena estaba embarcada en la reducción de tres mundos a fino polvo metálico. Las máquinas no parecían tener prisa, ni se preocupaban por hacer las cosas dentro de una escala temporal que los seres humanos pudieran reconocer. Se dedicaban a sus asuntos con la tranquila calma de un empleado de pompas fúnebres.
Khouri recordó lo que ya sabía sobre los inhibidores, información que le habían ofrecido después de infiltrarse entre la tripulación de Volyova. Se había producido una guerra en el alba de los tiempos, una guerra que había abarcado toda la galaxia y numerosas culturas. En la desolada posguerra, una especie (o un colectivo de especies) había determinado que no se podía seguir tolerando la existencia de la vida inteligente. Habían liberado oscuras hordas de máquinas cuya única función era vigilar y esperar, atentas a las señales delatoras de las culturas emergentes capaces de viajar por el espacio. Dejaban trampas repartidas por el cosmos, brillantes chucherías diseñadas para atraer a los incautos. Las trampas servían tanto para alertar a los inhibidores de la presencia de un nuevo brote de inteligencia, como de mecanismos de sondeo psicológico que creaban un perfil de los recién llegados, que pronto serían exterminados.