—Mierda. —Había olvidado que el canal de comunicación entre su traje y la nave seguía abierto—. No era mi intención…
—La cosa es mucho peor de lo que parece, Xave. Créeme cuando te lo digo.
El remolcador de salvamento se soltó en el último minuto, ejecutó una pirueta complicada e innecesaria, y desapareció, alejándose por la curva hacia su hogar al otro lado del Carrusel Nueva Copenhague. Xavier ya había calculado cuánto le iba a costar al final el remolcador. No importaba quién se hiciera cargo de esa cuenta, iba a ser todo un palo tanto si se la pasaba a Antoinette como si se encargaba él, ya que sus negocios estaban muy entrelazados. Estaban metidos en números rojos en el banco de favores, e iban a necesitar todo un año de ayudas retroactivas antes de volver a ser solventes…
Pero las cosas podían ser peores. Tres días antes había abandonado prácticamente toda esperanza de volver a ver a Antoinette. Era deprimente comprobar lo rápido que la euforia por hallarla con vida había degenerado en sus habituales y persistentes preocupaciones sobre su insolvencia. Y soltar aquel carguero no había sido una ayuda…
Xavier sonrió.
Qué demonios, ha merecido la pena.
Cuando Antoinette le había anunciado su aproximación, Xavier se había arreglado y había bajado hasta la piel del carrusel para alquilar un sencillo triciclo cohete. Lanzó el triciclo a toda potencia los quince kilómetros que lo separaban del Ave de Tormenta y luego orbitó alrededor de la nave, para asegurarse de que los daños parecían de cerca tan graves como había imaginado al principio. No había nada que inutilizara la nave de manera definitiva, todo era teóricamente reparable, pero iba a costar mucho dinero arreglarlo.
Osciló a su alrededor y empujó el triciclo hacia el frente para adelantarse al Ave de Tormenta. Sobre el oscuro casco vio las dos brillantes rendijas paralelas de las ventanillas de la cabina. Antoinette era una minúscula silueta en la cabina superior, el pequeño puente que solo se usaba durante las delicadas maniobras de atraque y desatraque. Estaba manipulando los controles de funcionamiento del techo y llevaba sujeta una tablilla bajo el brazo. Parecía tan pequeña y vulnerable que toda su ira desapareció al instante. En lugar de preocuparse por los daños, debería alegrarse de que la nave la hubiese mantenido viva y a salvo durante todo ese tiempo.
—Tienes razón, es superficial —dijo—. Lo arreglaremos sin problemas. ¿Tienes bastante control sobre el impulsor como para atracar sola?
—Basta con que me apuntes hacia la dársena, Xave.
Él asintió y dio media vuelta al triciclo, alejándose en un arco del Ave de Tormenta.
—Sígueme entonces.
Carrusel Nueva Copenhague volvió a ampliarse en el cielo. Xavier guió al Ave de Tormenta a lo largo del borde y dio impulsos con los motores del triciclo hasta compensar la rotación del carrusel, para mantener una pseudoórbita gracias al ronroneo constante de la panza del triciclo. Atravesaron una embrollada serie de pequeñas dársenas, pozos de reparación iluminados con luces azules o doradas y los destellos periódicos de las herramientas de soldadura. Un tren del borde serpenteó a su lado y los rebasó, y después vio que la sombra del Ave de Tormenta tapaba la suya. Miró hacia atrás. El carguero se acercaba con rumbo adecuado y firme, aunque parecía tan grande como un iceberg.
La enorme sombra se deslizó y descendió mientras flotaba sobre un boquete semiesférico del borde, conocido en la región como el Cráter de Lyle, el punto de impacto donde el bote de propulsión química de un contrabandista había colisionado contra el borde mientras trataba de despistar a las autoridades. Era el único daño serio que había sufrido el carrusel durante la guerra y, aunque se habría podido reparar fácilmente, daba mucho más dinero como atracción turística de lo que rendiría nunca si se rehabilitaba y se lo devolvía a su uso original. La gente acudía en lanzaderas desde todo el Cinturón Oxidado para asombrarse ante el desastre y oír relatos sobre las muertes y heroicidades que provocó aquel accidente. Incluso en aquel mismo momento, Xavier vio un grupo de morbosos a los que un guía turístico conducía en dirección a la piel, todos ellos sujetos con arneses de una red de cables que, como una telaraña, recorría la parte inferior del borde. Xavier conocía a varias de las personas que murieron en el accidente, y por lo tanto solo podía sentir desprecio hacia los morbosos.
Su pozo de reparaciones quedaba sobre el borde, un poco más allá. Era el segundo más grande de todo el carrusel y, aun así, parecía demasiado estrecho, incluso tras tener en consideración todos los trozos que Antoinette había arrancado amablemente del Ave de Tormenta…
La nave del tamaño de un iceberg se detuvo respecto al carrusel y después se inclinó con el morro hacia el borde. Entre las gotas de vapor que provenían de los conductos de ventilación industrial del carrusel y los propios calibres de microgravedad de la nave, Xavier vio un telar de láseres rojos que abrazaban al Ave de Tormenta y marcaban su posición y velocidad con hasta un ángstrom de precisión. Sin dejar de aplicar media gravedad de impulso con sus motores principales, el Ave de Tormenta comenzó a dirigirse hacia su lugar asignado en el borde. Xavier mantuvo la posición con ganas de cerrar los ojos, pues esa era la fase que más temía.
La nave se zambulló a una velocidad no superior a cuatro o cinco centímetros por segundo. Xavier aguardó hasta que el morro desapareció en el interior del carrusel, cuando aún quedaban tres cuartas partes de la nave en el espacio, e hizo avanzar entonces su triciclo para adelantarse al Ave de Tormenta. Estacionó el triciclo en una cornisa, desembarcó y lo autorizó a regresar al local donde lo había alquilado. Observó cómo aquella cosa menuda se alejaba zumbando y se perdía veloz en el espacio abierto.
Entonces sí que cerró los ojos, ya que odiaba el procedimiento final de atraque, y solo volvió a abrirlos cuando sintió el veloz trueno de los pestillos de amarre, transmitido hasta sus pies por la estructura de la dársena de reparación. Por debajo del Ave de Tormenta comenzaron a cerrarse unas puertas presurizadas. Si Antoinette iba a quedarse ahí durante un tiempo, y todo indicaba que así iba a ser, deberían plantearse la posibilidad de bombear la cámara para que los monos mecánicos de Xavier pudieran trabajar sin traje. Pero ya se ocuparían de eso más adelante.
Xavier se aseguró de que los pasillos de conexión presurizados se alinearan con las esclusas principales del Ave de Tormenta y se fijaran a ellas, y para ello los guió manualmente. Después se dirigió hasta una cámara estanca, sin prestar atención a la dársena de reparación. Tenía prisa, así que no se molestó en quitarse más que los guantes y el casco. Podía notar el corazón en su pecho, golpeando como una bomba de aire que necesitase un nuevo armazón.
Xavier recorrió el tubo de conexión hasta la cámara más próxima a la cabina de mando. Las luces parpadeaban al extremo del pasadizo, lo que indicaba que la esclusa ya estaba siendo reciclada.
Antoinette salía por ella.
Xavier se agachó y dejó casco y guantes sobre el suelo. Comenzó a recorrer el tubo, al principio lentamente y después con creciente ímpetu. La puerta de la cámara estanca se abría como un iris, con gloriosa lentitud, y la condensación caía por ella en densas nubéculas blancas. El pasillo se alargaba ante él, el tiempo se arrastraba como solía hacer cuando dos amantes corrían el uno hacia el otro en los holorromances de mala calidad.
La puerta se abrió. Allí estaba Antoinette. Llevaba el traje puesto salvo por el casco, que sostenía bajo un brazo. Tenía el pelo, rubio y corto, despeinado y aplastado contra la frente por culpa de la grasa y la suciedad. Su piel estaba amarillenta y tenía bolsas oscuras bajo los ojos. Mostraba ojos cansados, venillas inyectadas en sangre. Incluso desde donde estaba Xavier, olía como si no se hubiera acercado a una ducha en semanas.