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Algo la distrajo. Había jaleo en el exterior del despacho, sonidos de cosas que se caían y rebotaban. La voz de Xavier se alzó protestando. Antoinette apagó el terminal y salió.

Lo que se encontró hizo que soltara un grito ahogado. Xavier estaba apoyado contra una pared, con los pies a un par de centímetros sobre el suelo. Allí lo sostenía (dolorosamente, dedujo ella) el manipulador de un proxy policial de múltiples brazos y color negro brillante. La máquina, que de nuevo le recordó a una aterradora mezcla de enormes tijeras negras, había irrumpido en la oficina arrojando al suelo vitrinas y tiestos con plantas.

Antoinette miró al proxy. Aunque todos parecían más o menos idénticos, estaba segura de que se trataba del mismo (o, al menos, controlado por el mismo piloto) que había subido a bordo del Ave de Tormenta, que le devolvía ahora la visita.

—Mierda —dijo Antoinette.

—Señorita Bax. —La máquina bajó a Xavier hasta el suelo sin demasiados miramientos. Xavier tosió tratando de recuperar el aliento, mientras se frotaba una zona en carne viva debajo de la garganta. Intentó hablar, pero todo lo que pudo emitir fue una serie de roncas vocales entre carraspeos.

—El señor Liu estaba dificultando el curso de mis investigaciones —dijo el proxy.

Xavier volvió a toser.

—Yo… solo… no me aparté del camino a tiempo.

—¿Estás bien, Xave? —preguntó Antoinette.

—Sí, perfectamente —dijo él, tras recuperar parte del color que unos momentos antes había perdido. Se volvió hacia la máquina, que ocupaba la mayor parte del despacho y echaba unas cosas a un lado mientras examinaba otras con su multitud de extremidades—. ¿Qué cojones quiere?

—Respuestas, señor Liu. Respuestas justo para las mismas preguntas que me ocupaban en nuestra última entrevista.

Antoinette estudió a la máquina.

—¿Este cabrón te ha hecho una visita mientras yo estaba fuera?

Fue la máquina la que respondió:

—Desde luego que sí, señorita Bax. Al verla a usted tan poco dispuesta a colaborar, lo consideré necesario.

Xavier miró a Antoinette.

—Abordó el Ave de Tormenta —corroboró ella.

—¿Y?

El proxy derribó un archivador y hurgó aburrido entre los papeles desperdigados.

—La señorita Bax me mostró que estaba trasladando a un pasajero en una arqueta de sueño frigorífico. Su historia, que fue verificada por el hospicio Idlewild, afirmaba que se había producido una especie de confusión administrativa y que el cuerpo estaba siendo devuelto al hospicio.

Antoinette se encogió de hombros, pues sabía que iba a tener que salir de aquello con un farol.

—¿Y qué?

—El cuerpo ya estaba muerto. Y usted nunca llegó al hospicio. Viró en dirección al espacio interplanetario poco después de que yo me marchase.

—¿Y por qué iba a hacer algo así?

—Eso es, señorita Bax, precisamente lo que me gustaría saber. —El proxy dejó los papeles y empujó el archivador a un lado con un coletazo rechinante de una afilada extremidad, impulsada por un pistón—. Le pregunté al señor Liu, pero no me fue de ninguna ayuda. ¿No es así, señor Liu?

—Le conté lo que sabía.

—Quizá también debiera tomarme un interés particular en usted, señor Liu, ¿no cree? Tiene un pasado muy interesante, a juzgar por los informes policiales. Conocía muy bien a James Bax, ¿verdad?

Xavier se encogió de hombros.

—¿Y quién no?

—Usted trabajó para él. Eso implica una relación más que circunstancial, me parece a mí.

—Teníamos un acuerdo comercial. Yo arreglaba su nave, reparo un montón de naves. Eso no significa que estuviésemos casados.

—Pero sin duda era consciente de que James Bax era para nosotros una fuente de preocupaciones, señor Liu. Un hombre al que no preocupaba demasiado la distinción entre lo que es correcto y lo que no. Un individuo no muy interesado en algo tan intrascendente como la ley.

—¿Cómo podría estarlo? —lo increpó Xavier—. Los cabrones como vosotros cambian la ley según les conviene.

El proxy se movió con velocidad cegadora y se convirtió en un borroso remolino negro. Antoinette notó la brisa que provocó su gesto, y lo siguiente que supo era que la máquina volvía a tener a Xavier clavado a la pared, esta vez más alto y, por lo que parecía, aplicando mucha más fuerza. Xavier se ahogaba y se aferraba a los manipuladores de la máquina en un desesperado esfuerzo por liberarse.

—¿Sabía usted, señor Liu, que el caso Merrick nunca se ha podido cerrar satisfactoriamente?

Xavier era incapaz de responder.

—¿El caso Merrick? —preguntó Antoinette.

—Lyle Merrick —respondió el proxy—. Ya conoce al tipo. Un mercader, como su padre. Al otro lado de la ley.

—Lyle Merrick murió…

Xavier comenzaba a ponerse azul.

—Pero el caso nunca se cerró, señorita Bax. Desde el principio quedaron una serie de cabos sueltos. ¿Qué sabe de la Resolución Mandelstam?

—¿Es por casualidad otra de sus putas nuevas leyes?

La máquina dejó que Xavier cayera al suelo. Estaba inconsciente. O al menos Antoinette confió en que lo estuviera.

—Su padre conocía a Lyle Merrick, señorita Bax. Xavier Liu conocía a su padre. Así, es casi seguro que el señor Liu conocía a Lyle Merrick. Si añadimos a eso su afición a transportar cadáveres por la zona de guerra sin un motivo lógico, no es de extrañar que ustedes dos nos resulten de gran interés.

—Si vuelve a tocar una sola vez más a Xavier…

—¿Qué, señorita Bax?

—Yo…

—Usted no hará nada. Aquí carece de poder. Ni siquiera hay micrófonos ni cámaras de seguridad en este cuarto. Lo sé. Lo he comprobado antes.

—Cabrón.

La máquina se inclinó hacia ella.

—Claro que podría llevar encima alguna clase de artefacto oculto, me imagino.

Antoinette se apretó contra una de las paredes del despacho.

—¿Cómo?

El proxy extendió un manipulador. Ella se aplastó aún más y contuvo el aliento, pero no sirvió de nada. El proxy palpó el lateral de su rostro con la extremidad. Fue bastante suave, pero Antoinette era terriblemente consciente del daño que podía causarle si así lo deseaba. Entonces el manipulador acarició su cuello y siguió adelante, entreteniéndose sobre sus pechos.

—Maldito… cabrón.

—Creo que podría llevar un arma, o drogas. —Hubo un borrón metálico, seguido de la misma abominable brisa. Ella se estremeció pero apenas duró un instante. El proxy le había arrancado la cazadora. Su chaqueta favorita de color ciruela estaba hecha andrajos. Debajo llevaba un peto ajustado sin mangas, negro, con bolsillos para el equipo. Antoinette se retorció y maldijo, pero la máquina siguió sosteniéndola con firmeza. Dibujó formas sobre el peto, apartándolo de su piel.

—Tengo que asegurarme, señorita Bax.

Antoinette pensó en el piloto, insertado quirúrgicamente en una lata de acero, en alguna zona de la panza de un cúter policial que tenía que estar estacionado por allí cerca. Poco más que un sistema nervioso central y algunos tristes añadidos.

—Puto enfermo.

—Solo estoy siendo… concienzudo, señorita Bax.

Hubo un estrépito y un traqueteo detrás de la máquina. El proxy se detuvo. Antoinette contuvo la respiración, igual de sorprendida. Se preguntó si el piloto había informado a otros proxys de que la diversión estaba servida en la mesa.