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La corbeta se cernió sobre la superficie negra y espumosa del cometa, contrarrestando su deriva con impulsos irregulares de llamas de color violeta, antes de lanzar los ganchos de amarre. Estos golpearon contra el suelo y perforaron la madeja epoxídica casi invisible que habían colocado alrededor del cometa para reforzar su estructura.

Habéis sido castores muy ocupados, Skade. ¿A cuánta gente tenéis aquí haciendo lo que sea que hagan?

[A nadie. Somos muy pocos los que hemos visitado este sitio, y ninguno se ha quedado de forma permanente. Todas las actividades se han automatizado por completo. De vez en cuanto viene un agente del Consejo Cerrado para comprobar cómo van las cosas, pero en su mayor parte los servidores han trabajado sin supervisión].

Los servidores no son tan listos.

[Los nuestros sí].

Clavain, Remontoire y Skade se pusieron los cascos y abandonaron la corbeta mediante su esclusa de superficie, para lo cual atravesaron de un salto varios metros de espacio hasta colisionar con la membrana de refuerzo, que los asió como insectos en papel atrapamoscas. Se agitaron a uno y otro lado como muelles hasta que su energía de impacto se diluyó. Cuando la membrana dejó de oscilar, Clavain apartó suavemente el brazo de la superficie adhesiva y después se irguió hasta incorporarse. El pegamento era lo bastante sofisticado como para ceder ante los movimientos normales, pero permanecería firme frente a cualquier acción violenta que pudiera enviar a alguien despedido del cometa a velocidad de escape. De manera similar, la membrana era rígida bajo fuerzas normales pero se deformaría elásticamente si algo impactara a más de unos pocos metros por segundo. Era posible caminar por ella, siempre que se hiciera con razonable lentitud, pero cualquier movimiento más vigoroso provocaría que el sujeto quedara liado e inmovilizado hasta que se relajara.

Skade, cuyo casco crestado hacía difícil confundirla con cualquier otro, encabezó la marcha y siguió lo que debía de ser una señal del traje para encontrar el rumbo. Tras avanzar durante cinco minutos, llegaron a una pequeña depresión de la superficie del cometa. Clavain distinguió un oscuro agujero de entrada en el punto más bajo de la hondonada, que casi pasaba desapercibido contra la superficie del cometa, negra como el hollín. Era un hueco circular en la membrana, protegido por un collar de forma anular.

Skade se arrodilló en la penumbra. La presa adhesiva se aferró a sus rodillas con un flujo de rezumantes capilares. Llamó dos veces al borde del gollete y esperó. Después de un minuto, más o menos, un servidor surgió de las tinieblas y desplegó una plétora de patas articuladas y apéndices mientras apartaba el firme obstáculo del collar. La máquina recordaba a un agresivo saltamontes de hierro. Clavain lo reconoció como un modelo de construcción general (había miles como aquel en el Nido Madre), pero había algo inquietantemente confiado y jactancioso en el modo en que se movía.

[Clavain, Remontoire… permitid que os presente al maestro de obra].

¿El servidor?

[El maestro es más que un servidor, te lo aseguro].

Skade pasó a la lengua oraclass="underline"

—Maestro… deseamos ver el interior. Por favor, déjenos pasar.

En respuesta, Clavain oyó la voz del maestro, zumbante como una avispa:

—No estoy familiarizado con estos dos individuos.

—Tanto Clavain como Remontoire poseen autorización del Consejo Cerrado. Lea mi mente, verá que no me han coaccionado.

Se produjo un compás de espera mientras la máquina se acercaba un paso a Skade y sacaba toda la masa de su cuerpo por el gollete. Tenía muchas patas y extremidades, algunas con terminaciones como púas y otras acabadas en horquillas, herramientas o sensores especializados. A cada lado de su cabeza con forma de cuña había importantes racimos de sensores, acoplados entre sí como ojos compuestos. Skade mantuvo su posición mientras el servidor avanzaba hasta descollar sobre ella. La máquina bajó la cabeza, la osciló de lado a lado y después se apartó.

—También quiero leer sus mentes.

—Adelante.

El servidor se dirigió a Remontoire y de nuevo inclinó la cabeza y la balanceó. Tardó un poco más que con Skade. Después, al parecer satisfecho, procedió con Clavain. Este lo notó hurgar en su mente, con un escrutinio fiero y sistemático. Cuando la máquina lo repasó, un torrente de recuerdos de olores, sonidos e imágenes visuales brotó en su consciencia y después cada uno desapareció para ser reemplazado por otro. De vez en cuando la máquina hacía una pausa, retrocedía y recuperaba una imagen previa, con la que se demoraba suspicazmente. Otras las pasaba con desinterés y poco entusiasmo. El proceso fue, por suerte, rápido, pero aun así se sintió como si lo registraran de arriba abajo.

Entonces la inspección se detuvo, el torrente cesó y la mente de Clavain volvió a ser suya.

—Este tiene conflictos. Parece que ha albergado dudas, y yo tengo dudas sobre él. No puedo recuperar estructuras neuronales profundas. Quizá debiera escanearlo a mayor resolución. Un sencillo procedimiento quirúrgico…

Skade interrumpió al servidor.

—Eso no será necesario, maestro. Clavain tiene derecho a dudar. Déjenos pasar, por favor.

—Esto no está en orden, es de lo más irregular. Una intervención quirúrgica limitada…

La máquina todavía tenía sus cúmulos de sensores centrados en Clavain.

—Maestro, se trata de una orden directa. Déjenos pasar.

El servidor se apartó.

—Muy bien. Accedo bajo coacción. Insisto en que la visita sea breve.

—No os demoraremos —aseguró Skade.

—No, no lo haréis. Además os desprenderéis de vuestras armas. No permitiré que haya artilugios de alta densidad de energía dentro de mi cometa.

Clavain bajó la mirada hacía su cinturón de herramientas y soltó la pistola bóser de bajo rendimiento que apenas recordaba llevar encima. Fue a depositar la pistola sobre el hielo, pero mientras lo hacía surgió un borrón convulso, como un látigo proveniente del maestro de obra, que le arrebató la pistola de las manos. Clavain la vio volar dando vueltas en la oscuridad que tenía tras de sí, alejándose a una velocidad mayor que la de escape. Skade y Remontoire lo imitaron y el maestro de obra se deshizo de sus armas con el mismo coletazo despreocupado. Después el servidor se giró (sus patas eran una mancha de metal en movimiento) y volvió a introducirse por el hueco.

[Vamos. No le gusta nada tener invitados, y empezará a molestarse si nos quedamos demasiado].

Remontoire colocó un pensamiento en sus cabezas.

[¿Quieres decir que todavía no está molesto?].

¿Qué demonios es eso, Skade?

[Un servidor, por supuesto, solo que algo más brillante de lo normal. ¿Acaso eso te inquieta?].

Clavain la siguió por el gollete hasta el túnel. Allí avanzaron a la deriva, más que andando, mientras guiaban sus movimientos entre unas paredes que eran como una garganta de hielo compactado. Clavain apenas había sido consciente de la pistola que llevaba encima hasta que se la habían confiscado, pero ahora se sentía bastante vulnerable sin ella. Toqueteó su cinturón de herramientas pero no había allí nada más que pudiera servirle de arma contra el servidor, si este decidía volverse contra ellos. Tenía unas cuantas abrazaderas y pinzas en miniatura, un par de bengalas de señalización del tamaño de un pulgar y un rociador sellante del tipo estándar. Lo único similar a un arma de verdad (porque el rociador, aunque se parecía a una pistola, tenía un alcance de solo dos o tres centímetros) era un piezocuchillo de hoja corta, suficiente para perforar la tela de un traje espacial pero de escasa utilidad contra una máquina acorazada o incluso contra un adversario bien entrenado.