Sabes de sobra que sí. Nunca una máquina había invadido mi mente… no del modo que esa acaba de hacerlo.
[Solo necesita saber si puede confiar en nosotros].
Mientras el servidor lo repasaba, Clavain había sentido el tono metálico y agudo de su inteligencia.
¿Exactamente hasta qué punto es lista? ¿Satisface la prueba de Turing?
[Y más. Es tan inteligente como un nivel alfa, por lo menos. Oh, no me lances ese halo de disgusto moral, Clavain. Ya consentiste una vez máquinas que eran como poco tan listas como tú].
He tenido tiempo de cambiar de opinión al respecto.
[Me pregunto si es porque te sientes amenazado por ella].
¿Por una máquina? No. Lo que siento, Skade, es lástima. Lástima de que hayas permitido que esa máquina se vuelva inteligente, pero la hayas obligado a seguir siendo tu esclava. No creo que eso coincida con nuestras creencias.
Notó la discreta presencia de Remontoire.
[Estoy de acuerdo con Clavain. Hasta la fecha hemos logrado valemos sin máquinas inteligentes, Skade. No porque las temamos, sino porque sabemos que todo ser inteligente debe elegir su propio destino. Pero aun así, ese servidor no tiene libre albedrío, ¿verdad? Solo inteligencia. Lo uno sin lo otro se convierte en una farsa. Hemos ido a la guerra por temas menos cruciales].
En un punto por delante de ellos asomaba un pálido resplandor lila que resaltaba el dibujo natural de los muros del túnel. Clavain podía discernir la masa alta y delgada del servidor, silueteada por la fuente de luz. Debía de haber escuchado su conversación, pensó, y oírlos debatir lo que él representaba.
[Lamento que tuviéramos que hacerlo. Pero no quedaba otra elección, necesitábamos servidores más listos].
[Es esclavismo], insistió Remontoire.
[Las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, Remontoire].
Clavain trató de aguzar la vista bajo el pálido resplandor púrpura.
¿Qué es tan desesperado? Creía que todo lo que estábamos haciendo era recuperar una propiedad perdida.
El maestro de obra los condujo al interior del cometa de Skade e hizo que se detuvieran dentro de una pequeña burbuja sin aire, incrustada en el muro interior del cuerpo hueco. Allí agarraron con las extremidades unas tiras de contención fijadas al armazón de aleación rígida de la burbuja, que estaba herméticamente separada de la cámara principal del cometa. El vacío que habían logrado hacer dentro era tan elevado, que hasta una pérdida de vapor del traje de Clavain hubiese provocado una degradación inaceptable.
Clavain estudió la cámara. Detrás del cristal se extendía una caverna cuyo tamaño daba vértigo. Estaba bañada por una extática luz azulada, llena de enormes máquinas y una sensación casi subliminal de actividad apresurada. Durante un instante la escena fue excesiva para poder abarcarla en su conjunto. Clavain se sintió como si contemplara las profundidades en perspectiva de una pintura medieval increíblemente detallada, cautivado por los arcos y torres interconectados de una radiante ciudad celestial, al tiempo que atisbaba en la arquitectura huestes de ángeles de alas plateadas, escuadrón tras escuadrón hasta allí donde alcanzaba la mirada, que se desplegaban hasta el cerúleo azul del infinito. Entonces captó la escala que tenía todo y comprendió, con un brinco en sus percepciones, que los ángeles solo eran máquinas lejanas, hordas de servidores de construcción estériles que cruzaban a miles el vacío, encargándose de sus tareas. Se comunicaban entre sí mediante láseres, y era la dispersión y la reflexión de esos haces lo que bañaba la cámara con esa radiación azul tan escalofriante. Y Clavain sabía que hacía mucho frío. Salpicados por las paredes de la cámara reconoció los oscuros bultos cónicos de los motores crioaritméticos, que hacían continuos cálculos para extraer el calor de aquella intensa actividad industrial, que de lo contrario hubiese hecho hervir el cometa.
Clavain centró su atención en la causa de toda esa actividad. No le sorprendió ver las naves (ni siquiera comprobar que eran naves estelares), pero sí hasta qué punto estaban terminadas. Había esperado encontrarse con cascos a medio hacer, y sin embargo no podía creerse que a aquellas naves les faltara mucho para estar listas para el vuelo. Había doce, encajonadas de lado a lado bajo nubes de geodésicos andamiajes de soporte. Eran idénticas en su forma: suaves y negras como torpedos o ballenas varadas, con púas cerca del extremo posterior de las barras y nácelas que sobresalían de los motores combinados. Aunque no se podía practicar una comparación visual inmediata, Clavain estaba seguro de que cada una de las naves tenía al menos tres o cuatro kilómetros de largo, mucho mayores que la Sombra Nocturna.
Skade sonrió, sin duda consciente de su reacción.
[¿Impresionado?].
¿Quién no lo estaría?
[Ahora comprenderás por qué el maestro estaba tan preocupado por el riesgo de que un arma se disparase inintencionadamente, o incluso porque se produzca una sobrecarga energética. Sin duda, te estarás preguntando por qué hemos vuelto a construir naves].
Sería una inquietud lógica. ¿Acaso es posible que los lobos guarden alguna relación con ello?
[Tal vez debas decirme por qué crees que dejamos de fabricarlas en el pasado]. Me temo que nadie ha tenido nunca la delicadeza de contármelo. [Eres un hombre inteligente. Seguro que has desarrollado algunas teorías por tu cuenta].
Por un instante, Clavain pensó contestarle que en realidad el tema nunca le había preocupado, que la decisión de dejar de construir naves espaciales se había adoptado cuando él se encontraba en el espacio profundo y que, para cuando regresó, era ya un hecho consumado. Y también que, dada la acuciante necesidad de ayudar a su bando a ganar la guerra, no le había parecido el tema más urgente.
Pero eso sería mentir. Siempre lo había inquietado.
En general, se suele suponer que dejamos de fabricarlas por razones económicas puramente egoístas, o porque nos preocupaba que los motores cayeran en manos equivocadas: ultras y otros indeseables. O que habíamos descubierto un fallo gravísimo de diseño que implicaba que los motores tenían tendencia a explotar al cabo de cierto tiempo.
[Sí, y al menos hay otra media docena de teorías en circulación, que van de lo plausible en grado lejano a lo ridículamente paranoico. ¿Cuál fue tu interpretación de los motivos?].
Solo teníamos relación estable con un cliente, los demarquistas. Los ultras compraban sus motores de segunda o tercera mano, o los robaban. Pero cuando nuestros tratos con los demarquistas comenzaron a deteriorarse, que fue cuando la plaga de fusión hundió su economía, perdimos nuestro principal cliente. Ellos no podían permitirse pagar nuestra tecnología, y nosotros no estábamos dispuestos a vendérsela a una facción que daba crecientes muestras de hostilidad.
[Una respuesta muy pragmática, Clavain].
Nunca vi motivos para buscar una explicación más profunda.
[Evidentemente, en lo que has dicho hay parte de verdad. Los factores económicos y políticos jugaron un papel importante. Pero hubo algo más. No se te habrá escapado que nuestro propio programa interno de construcción de naves se ha reducido en gran medida].
Teníamos que entablar una guerra. Hoy por hoy, disponemos de suficientes naves para nuestras necesidades.
[Cierto, pero incluso esas naves han estado inactivas. El tráfico interestelar habitual se ha reducido en gran manera, y los viajes entre asentamientos combinados de otros sistemas se han restringido al mínimo].
De nuevo, consecuencia de una guerra…
[Que poco tuvo que ver con ello, salvo proporcionar la tapadera adecuada].