El servidor, que había plegado y entrelazado sus apéndices en un fardo prieto, giró la cabeza para dirigirse a ella.
—Sesenta y un días, ocho horas y trece minutos.
—Gracias. Asegúrese de hacer lo posible por acelerar el programa. Clavain no querrá demorarse ni un momento, ¿no es cierto?
Clavain no dijo nada.
—Por favor, síganme —dijo el maestro de obra, sacudiendo un miembro en dirección a la salida. Estaba ansioso por conducirlos de vuelta a la superficie.
Clavain se aseguró de ir justo por detrás de él.
Hizo todo lo que pudo por mantener su mente tan despejada y serena como fuera posible, y se concentró únicamente en la mecánica de la tarea que tenía ante sí. El trayecto de regreso a la superficie del cometa pareció llevar mucho más tiempo del que habían tardado en sentido opuesto. El maestro de obra avanzaba afanoso por delante de ellos, a horcajadas en el agujero del túnel, mientras elegía su camino con agobiante delicadeza. Era imposible leer sus emociones, pero Clavain tenía la impresión de que estaba muy contento de deshacerse de ellos tres. Había sido programado para dedicarse a las operaciones de aquel enclave con celoso proteccionismo, y Clavain no pudo sino admirar el modo rencoroso con el que los había recibido. A lo largo de su vida había tratado con numerosos robots y servidores, programados con diversas personalidades que, en un examen superficial, podían resultar convincentes. Pero aquel era el primero que parecía auténticamente incómodo con la compañía humana.
A medio camino de la garganta, Clavain se detuvo de pronto.
Esperad un momento.
[¿Qué sucede?].
No lo sé. Mi traje registra una pequeña pérdida de presión en el guante. Puede que algo de la pared haya rasgado la tela.
[Eso no es posible, Clavain. El muro es hielo cometario suavemente compactado. Sería como cortarte con humo].
Clavain asintió.
Entonces me he cortado con humo. O igual había una astilla afilada incrustada en la pared.
Clavain dio media vuelta y sostuvo en alto la mano para que la inspeccionaran. Una zona con forma de diana destellaba de color rosa en la parte posterior de su guante izquierdo, indicando el área general de una lenta pérdida de presión.
[Tiene razón, Skade], dijo Remontoire.
[No es grave. Podrá repararlo cuando volvamos a la corbeta].
Siento frío en la mano. Y ya he perdido esta mano antes, Skade. No tengo intención de que vuelva a ocurrirme lo mismo.
La oyó sisear, un sonido que escapó al filtro y que era pura impaciencia humana.
[Entonces arréglalo].
Clavain asintió y buscó a tientas el rociador de su cinto de herramientas. Puso la boquilla en la posición de haz más estrecho y apretó la punta contra su guante. El sellante emergió como un delgado gusano gris, que al instante se endureció y se adhirió a la tela. Pasó la boquilla con un movimiento sinuoso arriba y abajo y de lado a lado, hasta que hubo garabateado el guante con su gusano.
Tenía frío en la mano, y también le dolía, ya que había atravesado el guante de lado a lado con el piezocuchillo. Lo había hecho sin sacar la hoja del cinto, en un gesto ligero mientras pasaba una mano sobre el cinturón e inclinaba el cuchillo con la otra. Dadas las dificultades, había tenido suerte de librarse de una herida más seria.
Clavain devolvió el rociador a su cinto. Sonaba un ruido de alarma constante en su casco y su guante seguía parpadeando de rosa (podía ver el resplandor rosado alrededor de los bordes del sellante), pero la sensación de frío disminuía. Quedaba una pequeña fuga residual, pero nada que le fuese a causar problemas.
[¿Y bien?].
Creo que con eso está arreglado. Lo miraré mejor cuando estemos en la corbeta.
Para alivio de Clavain, el incidente parecía cerrado. El servidor siguió avanzando y ellos tres lo siguieron. Al fin, el túnel alcanzó la superficie del cometa. Clavain sufrió el esperado instante de vértigo cuando volvió a encontrarse en el exterior, ya que la débil gravedad del cometa apenas era detectable y resultaba muy fácil, con un simple vuelco de las percepciones, creerse pegado por los zapatos a un techo negro como la brea, colgado cabeza abajo sobre una nada infinita. Pero el momento pasó y recuperó la seguridad. El maestro de obra volvió a introducirse por el gollete y desapareció en las profundidades del túnel.
Avanzaron con presteza hacia la corbeta que los esperaba, una cuña de pura negrura amarrada frente a un cielo estrellado.
[Clavain…].
¿Sí, Skade?
[¿Te importa que te pregunte algo? El maestro de obra comentó que tenías dudas… ¿Era una observación sincera o se confundió la máquina por la extrema antigüedad de tus recuerdos?].
Ni idea.
[¿Entiendes ahora la necesidad de recuperar las armas? Me refiero de forma visceral].
No he tenido nada tan claro como eso. Comprendo perfectamente que necesitamos esas armas.
[Detecto tu sinceridad, Clavain. Lo compartes, ¿verdad?].
Sí, eso creo. Lo que me has mostrado lo hace todo mucho más evidente.
Iba unos diez o doce metros por delante de Skade y de Remontoire, a tanta velocidad como se atrevía. De repente, cuando ya había alcanzado la línea de amarre más cercana de la corbeta, se detuvo y giró sobre sí, agarrando el cable con una mano. El gesto bastó para que Skade y Remontoire se detuvieran en seco.
[Clavain…].
Este sacó el piezocuchillo de su cinto y lo hundió en la membrana de plástico que envolvía el cometa. Había sintonizado el cuchillo al filo máximo y lo movió en sentido longitudinal, causando un tajo profundo en el tegumento. Clavain avanzó de lado, como los cangrejos, y abrió una grieta que al principio tenía un metro, luego dos. El cuchillo silbaba al atravesar la membrana sin encontrar la menor resistencia. Tenía que sujetar el mango con fuerza, así que solo fue capaz de abrir una incisión de cuatro metros de longitud.
Hasta que terminó el tajo, no pudo saber si sería lo bastante largo. Pero una sensación instintiva en el estómago le dijo que era suficiente. El fragmento de membrana situado bajo la corbeta se veía arrastrado por la elasticidad del resto de la tela. La grieta se abría en anchura y longitud sin necesidad de que él insistiera: cuatro metros, seis después, luego diez… se abrían en ambas direcciones. Skade y Remontoire, atrapados al otro lado, se alejaban arrastrados por ese mismo tirón elástico.
El proceso entero no había llevado más de uno o dos segundos. Eso, sin embargo, fue más que suficiente para Skade.
Casi en cuanto Clavain introdujo el cuchillo en el suelo, sintió en su cabeza la garra de Skade, que ya había comprendido que pretendía escapar. En ese momento sintió un poder neuronal brutal que nunca antes había sospechado. Skade le lanzaba todo lo que tenía, sin preocuparse de la cautela y el secretismo. Clavain notó algoritmos de búsqueda y destrucción que barrían el vacío en ondas de radio y que se introducían en su mente y se abrían paso por los estratos de su cerebro, escarbando y haciéndose con las rutinas básales que permitirían paralizarlo, dejarlo inconsciente o sencillamente matarlo. De haber sido él un combinado normal, sin duda Skade lo habría logrado en microsegundos y habría ordenado a sus implantes neuronales que se autodestruyeran en una orgía incendiaria de calor y presión. Y todo estaría perdido. En lugar de eso, solo sintió un dolor como si alguien le introdujera cruelmente un clavo de hierro en la cabeza, golpe a golpe.
Pese a todo, cayó en la inconsciencia. Puede que solo permaneciese así dos o tres segundos, pero cuando emergió de ella sintió una desorientación absoluta; era incapaz de recordar dónde se encontraba o qué estaba haciendo. Todo lo que quedaba era un acuciante imperativo químico, grabado con la adrenalina que aún inundaba su sangre. No comprendía del todo qué lo había provocado, pero la sensación era ineludible: un antiquísimo miedo de mamífero. Huía de algo porque su vida estaba en grave peligro. Estaba agarrado de una mano a una tensa línea metálica. Miró al extremo del cable, hacia arriba, y vio una nave, una corbeta que colgaba por encima de él. Supo que ese era el sitio al que necesitaba llegar, o al menos confió en que así fuera.