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Comenzó a auparse por la cuerda hacia la nave que lo esperaba, recordando a medias algo que había empezado a hacer y que debía retomar. Después el dolor aumentó de intensidad y volvió a quedar inconsciente.

Clavain volvió en sí mientras iba a la deriva y se detenía («golpear» sería un término excesivo) contra la membrana plástica. De nuevo sintió un impulso básico y luchó por interpretar el apuro en el que remotamente se sabía metido. Allá en lo alto estaba la nave, la recordaba de la ocasión anterior. Había estado trepando por la cuerda con la intención de alcanzarla. ¿O acaso bajaba por ella, para alejarse de algo que había a bordo?

Miró de lado, hacia la superficie del lugar donde se encontraba, y vio dos figuras que le hacían señas.

[Clavain…].

La voz, esa presencia femenina en su cabeza, era contundente pero no carecía por entero de compasión. Había arrepentimiento en ella, pero como el que un profesor podría sentir por un alumno prometedor que le había fallado. ¿Acaso esa voz estaba disgustada porque él estaba a punto de fracasar, o porque casi tiene éxito?

No lo sabía. Tenía la impresión de que si pudiera pensar con claridad en las cosas, solo con que dispusiera de un minuto de tranquilidad, podría volver a juntar todas las piezas. Era por un lugar, ¿verdad? Una sala enorme llena de formas oscuras y amenazantes.

Todo lo que necesitaba era paz y sosiego.

Pero había además un ruido penetrante en su cabeza, una alarma de pérdida de presurización. Echó un vistazo al exterior de su traje en busca del delator latido rosa que marcaría la zona de la herida. Ahí estaba, una mancha rosada en el dorso de su mano, en la que en ese momento sostenía un cuchillo. Devolvió el instrumento al hueco libre de su cinto y buscó de modo instintivo el rociador para sellarla. Entonces comprendió que ya había usado el rociador, que el halo borroso y rosado se colaba por el borde de una costra retorcida y con intrincados giros de sellante endurecido. El gusano gris solidificado parecía formar una compleja inscripción rúnica.

Miró el guante desde un ángulo distinto y vio el mensaje garabateado con la enredada cola del gusano: «Nave». Era su propia letra.

Las dos figuras habían alcanzado el límite de la grieta con forma de herida que había en el hielo y se dirigían hacia donde él estaba tan rápido como les era posible. Clavain calculó que llegarían a la base de los asideros en menos de un minuto, y él tardaría prácticamente lo mismo en trepar por la cuerda. Se planteó la posibilidad de saltar hacia lo alto, con la esperanza de medir bien el impulso y no salir despedido más allá de la corbeta, pero en el fondo sabía que la membrana adhesiva no le iba a permitir pegar un brinco. Tendría que trepar por la cuerda a pulso, pese al dolor de su cabeza y la constante sensación de tambalearse al borde de la inconsciencia.

Volvió a perder el conocimiento, pero esta vez fue más breve y, cuando vio el guante y las figuras que convergían sobre él, supuso que hacía bien en dirigirse a la nave. Alcanzó la esclusa al mismo tiempo que la primera de las figuras (vio en ese momento que se trataba de la del casco crestado) llegaba a la pinza de púas.

Sus sentidos le sugirieron entonces que la superficie del cometa era una pared negra vertical, de la que emergían horizontalmente las cadenas. Aquellas dos personas estaban pegadas a la pared, acuclilladas y escorzadas, a punto de atravesar el mismo puente que él acababa de cruzar. Clavain se derrumbó en el interior de la cámara estanca y apretó el control de represurización de emergencia. La puerta exterior se cerró en silencio y la sala comenzó a inundarse de aire. Al instante notó que se reducía el dolor de su mano y al sentirlo jadeó de puro alivio.

La anulación del automatismo permitió que la puerta interior se abriera casi antes de que quedara sellada la exterior. Clavain se abalanzó al interior de la corbeta, pegó un salto desde la pared más lejana y se golpeó la cabeza contra un mamparo, tras lo cual chocó con la parte delantera de la cubierta de vuelo. No se molestó en llegar hasta su asiento ni abrocharse el cinturón de seguridad. Simplemente encendió los impulsores de la corbeta (a toda la potencia de emergencia) y oyó una docena de sirenas que le chillaban que esa no era una medida sabia.

Se aconseja la parada inmediata de los motores. Se aconseja la parada inmediata de los motores.

—¡Cállate! —gritó Clavain.

Durante un instante la corbeta se alejó de la superficie del cometa. La nave logró cubrir quizá dos metros y medio antes de que las líneas de amarre se tensaran al máximo y aguantaran tirantes. El frenazo envió a Clavain contra una pared, y sintió cómo algo se le rompía como una rama seca entre el corazón y la cintura. El cometa también se había desplazado, por supuesto, pero de manera imperceptible. Era como estar atado a una piedra inamovible en el centro del universo.

—Clavain. —La voz le llegó por la radio de la corbeta, y conservaba una calma extraordinaria. Los recuerdos de Clavain habían empezado a encajar de nuevo, de manera irregular, y pese a ciertas vacilaciones fue capaz de dar un nombre a su torturadora.

—Skade. Hola. —Habló en medio del dolor, seguro de que al menos se había roto una costilla y quizá tuviera magulladas una o dos más.

—Clavain… ¿qué estás haciendo exactamente?

—Parece que estoy tratando de robar esta nave.

Se arrastró entonces hasta el asiento, mientras hacía gestos de sufrimiento por los múltiples ramalazos de dolor. Gruñó al estirar la red de seguridad sobre su pecho. Los impulsores amenazaban con entrar en el modo de desconexión autónoma. Lanzó órdenes desesperadas a la corbeta. Retirar las amarras no solucionaría su situación, solo serviría para recoger a Skade y a Remontoire (ya los recordaba a los dos), y entonces ambos estarían al otro lado del casco y allí tendrían que quedarse. Era probable que estuvieran a salvo si los abandonaba a la deriva en el espacio pero, por otro lado, aquella era una misión del Consejo Cerrado. Casi nadie sabía que estaban ahí fuera.

—Potencia máxima… —dijo Clavain en voz alta, para sí. Sabía que una llamarada al límite de potencia lo alejaría del cometa, tanto si reventaba las amarras como si se llevaba consigo trozos de la superficie del cometa.

—Clavain —dijo una voz masculina—. Creo que necesitas reflexionar sobre lo que estás haciendo.

Ninguno de los dos podía alcanzarlo neuronalmente. La corbeta no permitía esa clase de señales a través de su casco.

—Gracias, Rem… Pero de hecho, ya lo he pensado bastante. Skade quiere esas armas a toda costa. Es por los lobos, ¿verdad, Skade? Necesitas las armas para cuando lleguen los lobos.

—Es tal como te lo expliqué, Clavain. Sí, necesitamos las armas para defendernos de los lobos. ¿Acaso es tan censurable? ¿Es que asegurar nuestra supervivencia resulta algo tan terrible? ¿Qué preferirías, que nos rindiéramos y nos entregáramos a ellos?

—¿Cómo sabes que vienen?

—No lo sabemos. Simplemente consideramos que su llegada es probable, a partir de la información que tenemos disponible…

—Hay más que eso. —Sus dedos bailaron sobre los controles de impulso principal. En pocos segundos se vería obligado a usar la máxima potencia o quedarse allí.

—El caso es que lo sabemos, Clavain, no necesitas más. Ahora déjanos volver a bordo de la corbeta. Nos olvidaremos todos de este incidente, te lo aseguro.