—Ahora es mejor, ¿verdad? Tiene que serlo. Ha escapado y se ha convertido en el espíritu de la nave que antes gobernaba. ¿Qué más podría desear un capitán?
No se produjo respuesta. Esperó durante varios minutos, atenta a otro rumor sísmico o a cualquier señal igual de críptica, pero no sucedió nada.
—En cuanto al servidor —añadió—, le doy las gracias. Me ha sido de ayuda.
Pero la nave no dijo nada.
Sin embargo, lo que sí descubrió fue que, a partir de entonces, los servidores siempre estaban dispuestos a ayudarla en lo que pudieran. Si lograban adivinar sus intenciones, las máquinas se apresuraban a traer las herramientas o el equipo que necesitase. Si se trataba de una tarea prolongada, los servidores incluso le proporcionaban agua y comida, transportada desde una de las enfermerías que seguían funcionando. Cuando le pedía de forma directa a la nave que le trajera algo, nunca lo hacía. Pero si planteaba sus necesidades en voz alta, como si hablase sola, la nave parecía deseosa de concedérselo. No siempre lograba ser de ayuda, pero Ilia tenía la clara impresión de que hacía todo lo posible.
Se preguntó si estaba equivocada, si quizá no era John Brannigan quien la rondaba, sino otra inteligencia de nivel marcadamente inferior. Quizá el motivo por el que la nave estaba ansiosa de asistirla era que su mente no era más compleja que la de un servidor y estaba infectada por las mismas rutinas de obediencia. Tal vez cuando dirigía sus pensamientos directamente hacia Brannigan, y hablaba con él como si la escuchara, estuviera imaginándose más inteligencia de la que había allí en realidad.
Entonces aparecieron los cigarrillos.
Ella no los había pedido, ni siquiera sospechaba que quedara otra reserva oculta en alguna parte de la nave, ahora que había agotado su suministro personal. Los examinó con curiosidad y recelo. Parecían fabricados por una de las colonias comerciales con las que la nave había hecho negocios décadas atrás. No daba la impresión de que los hubiera preparado la propia nave a partir de materias primas locales. Olían demasiado bien para eso. Cuando encendió uno y lo fumó hasta dejar la colilla, también supo demasiado bien. Se fumó otro, y su sabor no dejó de ser excelente.
—¿Dónde los ha encontrado? —preguntó—. ¿Dónde demonios…? —Inhaló de nuevo y, por primera vez en semanas, se llenó los pulmones de algo que no era el sabor del aire de a bordo—. Da igual, no necesito saberlo. Le estoy muy agradecida.
A partir de entonces, no le había quedado ninguna duda: Brannigan la acompañaba. Solo otro miembro de la tripulación podía conocer su afición a los cigarrillos. Ninguna máquina hubiese pensado en ofrecerle algo así, por muy incrustado que tuviese el instinto de servidumbre. Así que la nave debía de querer hacer las paces.
Desde aquel momento, los progresos habían sido lentos. De vez en cuando sucedía algo que impulsaba a la nave a refugiarse detrás de su coraza; los servidores se apagaban y se negaban a ayudarla durante días y días. Eso pasaba a veces cuando había estado charlando demasiado abiertamente con el capitán, y trataba de sacarlo de su mutismo mediante alguna estratagema psicológica. Caviló, socarrona, en que nunca se le había dado bien la psicología. Todo aquel terrible lío había comenzado cuando sus experimentos con el oficial de artillería Nagorny lo habían vuelto loco. Si eso no hubiese sucedido, no habría sido necesario contratar a Khouri y todo podría haber sido diferente…
Después de aquel episodio, cuando la vida a bordo regresó a una especie de normalidad y los servidores volvieron a seguir sus deseos, tuvo mucho cuidado con lo que hacía y decía. Pasaban semanas sin que realizara ninguna tentativa manifiesta de comunicarse. Pero siempre acababa por intentarlo de nuevo, y avanzaba lentamente hasta desembocar en un nuevo episodio de catatonia. Ella insistía, porque tenía la impresión de que, entre un colapso y el siguiente, lograba avances pequeños pero perceptibles.
El último episodio no tuvo lugar hasta seis semanas después de la visita de Khouri, y en esa ocasión el estado de catatonia había perdurado durante ocho semanas, algo sin precedentes. Hasta que transcurrieron diez semanas más después de aquello, Volyova no se sintió preparada para arriesgarse a otro colapso.
—Capitán… escúcheme —dijo entonces—. Muchas veces he tratado de llegar hasta usted, y creo que en uno o dos casos lo he logrado y ha comprendido lo que le decía. Pero no estaba listo para contestar. Lo comprendo, de veras. Pero ahora hay algo que debo explicarle, sobre el universo de ahí fuera; algo respecto a lo que está sucediendo en otros puntos de este sistema.
Ilia se encontraba de pie en la gran esfera del puente y hablaba en voz alta, en un tono un poco más fuerte de lo que sería estrictamente necesario en una conversación. Con casi total seguridad, podría haber soltado su discurso en cualquier otra parte de la nave y el capitán la hubiese oído. Pero aquel era el antiguo centro de mando de la nave, y allí el soliloquio parecía un poco menos absurdo. La acústica de la sala proporcionaba a su voz una resonancia que encontraba reconfortante. Y además, gesticulaba de forma dramática con la colilla de un cigarrillo.
—Tal vez ya lo sepa —añadió—. Sé que posee conductos sinápticos hasta los sensores y cámaras del casco. Lo que no sé es hasta qué punto es capaz de interpretar esos flujos de datos. Al fin y al cabo, no está usted diseñado para ello. Incluso para usted debe de resultar extraño contemplar el universo a través de los ojos y oídos de una máquina de cuatro kilómetros de largo. Pero siempre ha sido un cabrón adaptable, supongo que al final averiguará cómo hacerlo.
El capitán no respondió, pero al menos la nave no se hundió al instante en su estado catatónico. Según el monitor de brazalete que llevaba en la muñeca, la actividad de los servidores en la nave proseguía con normalidad.
—Pero supondré que todavía no sabe nada de las máquinas, aparte de lo que pudiera captar durante la última visita de Khouri. Qué clase de máquinas, preguntará. Máquinas alienígenas. Ignoramos de dónde vienen, lo único que sabemos es que ya están aquí, en el sistema Delta Pavonis. Creemos que Sylveste, ¿se acuerda de él?, pudo atraerlas inadvertidamente cuando se introdujo en el artefacto de Hades.
Claro que el capitán recordaba a Sylveste, si es que era capaz de rememorar algo de su existencia previa. Fue a Sylveste a quien trajeron a bordo para curar al capitán. Pero Sylveste solo jugaba con sus deseos, y su objetivo estaba puesto todo el rato en Hades.
—Desde luego —prosiguió Volyova—, no es más que una suposición. Pero parece que encaja con los hechos. Khouri sabe mucho sobre esas máquinas, más que yo. Pero lo aprendió de tal modo que le cuesta articular todo lo que sabe. Seguimos a oscuras en muchos aspectos.
Le contó al capitán lo que había sucedido hasta el momento, y repitió sus observaciones en la esfera de lecturas del puente. Le explicó cómo los enjambres de máquinas inhibidoras habían comenzado a desmantelar tres mundos menores, succionando sus núcleos para procesar el material extraído y construir con él cinturones refinados de materia orbital.
—Resulta impresionante —dijo—. Pero no queda tan lejos de nuestras posibilidades como para hacerme temblar en las botas. Todavía no. Lo que me preocupa es lo que puedan tener a continuación en mente.
Las operaciones mineras se habían detenido de forma brusca y repentina dos semanas atrás. Los volcanes artificiales que tachonaban los ecuadores de los tres mundos habían parado de escupir materia y habían dejado un pequeño arco final de material procesado de camino a la órbita.
Para entonces, según las estimaciones de Volyova, al menos la mitad de la masa de cada mundo había sido almacenada en depósitos orbitales. Solo quedaban ya las cortezas huecas. Fue fascinante ver cómo se derrumbaban cuando cesaron las labores de minería: se colapsaron hasta formar compactas pelotas naranjas de escombros radioactivos. Algunas máquinas se desligaron de la superficie, pero la mayoría debían de haber cumplido su propósito y no fueron recicladas. El aparente despilfarro de ese gesto inquietó a Volyova. Daba la impresión de que las máquinas no se preocupaban por el esfuerzo que ya habían dedicado a los ciclos previos de replicación, que en cierto sentido carecía de importancia comparados con la trascendencia de la tarea que tenían ante sí.