—Capitán…
Pero era demasiado tarde. El vendaval arremetió contra la esfera de mando y la arrojó contra el suelo con toda su ferocidad. La colilla del cigarrillo voló de la mano de Volyova y dio varias vueltas a la cámara, atrapada en un remolino de aire estancado. Ratas y diversos objetos sueltos de la nave bailaban con ella.
Volyova tuvo dificultades para hablar.
—Capitán… no pretendía… —Pero incluso respirar se hacía difícil. El viento la tumbó resbalando por el suelo, mientras agitaba los brazos como molinos. El ruido era insoportable, como una amplificación de todos los años, de todas las décadas de dolor que John Brannigan había padecido.
Entonces el vendaval se extinguió y la sala volvió a quedar en calma. Todo lo que había necesitado el capitán era abrir una compuerta presurizada en alguna otra zona de la nave, que comunicara con una de las cámaras que, por lo general, se mantenían en un vacío extremo. Era muy probable que nada de aire se hubiese escapado realmente al espacio durante esa demostración de fuerza, pero el efecto había sido tan inquietante como una verdadera rotura del casco.
Ilia Volyova se puso en pie. No parecía haberse roto nada. Se quitó el polvo de encima y, temblando, encendió otro cigarrillo. Fumó durante al menos dos minutos, hasta que sus nervios se relajaron lo suficiente.
Entonces volvió a hablar, con calma y serenidad, como un padre que se dirige a un bebé que acaba de sufrir una rabieta.
—Muy bien, capitán. Ha dejado muy clara su postura, no quiere oír hablar de las armas del alijo. De acuerdo, está en su derecho y no puedo decir que me sienta sorprendida. Pero comprenda esto: aquí no estamos hablando de un pequeño problema regional. Esas máquinas inhibidoras no han llegado solo a Delta Pavonis.
Han alcanzado espacio humano. Esto es solo el principio. No se detendrán aquí, ni siquiera después de haber barrido toda vida de Resurgam por segunda ocasión en un millón de años. Eso solo será un precalentamiento, después vendrá otro sitio. Puede que sea Borde del Firmamento, o tal vez Shiva-Parvati. Quizá Grand Tetón, Giro a la Deriva, Zastruga… Puede que incluso Yellowstone. Quizá incluso el Primer Sistema. Probablemente carezca de importancia, porque una vez caiga uno, a los otros no les faltará mucho. Será el fin, capitán. Puede que lleve décadas o siglos, no importa. Seguirá siendo el final de todo, el rechazo definitivo de todo gesto humano, de todo pensamiento humano desde el alba de los tiempos. Seremos erradicados de la existencia. Le garantizo algo: se lo pondremos difícil, aunque el resultado nunca esté en duda. ¿Pero sabe qué? No estaremos allí para verlo, ni un maldito minuto. Y eso me fastidia más de lo que pueda imaginarse.
Le dio otra calada al cigarrillo. Las ratas se habían escabullido de vuelta a la oscuridad y el cieno, y la nave casi había recuperado la normalidad. Parecía que el capitán le había perdonado aquella indiscreción. Prosiguió:
—Las máquinas no nos han prestado todavía mucha atención, pero supongo que al final llegarán hasta nosotros. ¿Y quiere saber cuál es mi teoría de por qué no nos han atacado aún? Podría deberse a que todavía no nos ven, a que sus sentidos estén sintonizados para detectar señales de vida a escalas mucho mayores que una única nave. Pero también podría ser porque no hay necesidad de preocuparse por nosotros, porque sería una pérdida de tiempo complicarse la vida arrasándonos individualmente, cuando el plan en el que están trabajando será mucho más eficaz. Sospecho que así es como piensan, capitán, en una dimensión mucho mayor y más lenta de la que nosotros estamos acostumbrados. ¿Por qué molestarse en aplastar una sola mosca, cuando estás a punto de exterminar a toda la especie? Y si vamos a hacer algo al respecto, tenemos que empezar a pensar un poco como ellos. Necesitamos el alijo, capitán.
La sala se sacudió; la iluminación de las pantallas falló, lo mismo que las luces de alrededor. Volyova miró el brazalete y no se extrañó de ver que la nave volvía a estar en proceso de entrar en la catatonia. Los servidores se apagaban en todos los niveles y abandonaban las tareas que tuvieran asignadas. Incluso algunas de sus bombas de sentina estaban muriendo, y pudo detectar el sutil cambio del ruido de fondo según las unidades se caían del coro. Los pasillos de la nave, auténticas conejeras, quedarían sumidas en la oscuridad, y ya no se podía asegurar que los ascensores alcanzaran su destino. La vida volvería a resultar complicada y, durante unos días (quizás algunas semanas), simplemente sobrevivir a bordo de la nave iba a consumir casi todas sus energías.
—Capitán… —dijo en voz baja, dudando que alguien la escuchara en esos momentos—. Capitán, tiene que comprenderlo. No voy a irme. Y ellos tampoco.
Sola, de pie en la oscuridad, Volyova se fumó lo que le quedaba del cigarrillo, y cuando terminó sacó su linterna, la encendió y abandonó el puente.
La triunviro estaba ocupada. Tenía mucho trabajo por delante.
Remontoire estaba sobre la piel adhesiva del cometa de Skade y hacía gestos a una nave que se aproximaba. Esta se acercó reluctante y se dirigió hasta la oscura superficie con evidente suspicacia. Era una nave pequeña, apenas más grande que la corbeta que los había llevado inicialmente hasta allí a los tres. Unas torretas globulares brotaban de su casco y giraban a un lado y a otro. Remontoire parpadeó al recibir el resplandor rojizo de un láser de puntería. Después, el haz lo dejó atrás y dibujó diagramas en el suelo, en busca de bombas trampa.
—Dijiste que erais dos —intervino el comandante de la nave, cuya voz zumbó en el casco de Remontoire—. Solo veo a uno.
—Skade ha resultado herida. Está dentro del cometa, bajo el cuidado del maestro de obra. ¿Por qué me habláis con la voz?
—Podrías preparar una trampa.
—Soy Remontoire. ¿No me reconocéis?
—Espera. Vuélvete a la izquierda para que pueda ver tu rostro por la visera.
Transcurrió un tiempo mientras la nave merodeaba por la zona y lo escrutaba. Entonces se acercó y disparó su juego de presas, que se clavaron con fuerza en el suelo, donde seguían anclados los tres cables seccionados. Remontoire notó el temblor de los impactos a través de la membrana, y la resina epoxídica se tensó bajo sus pies.
Trató de establecer comunicación neuronal con el piloto.
¿Aceptáis ya que soy Remontoire?
Observó que se abría una esclusa cerca de la parte delantera de la nave. De ella salió un combinado cubierto con una armadura completa de batalla. La figura se deslizó hasta la superficie del cometa y posó los pies a apenas dos metros de donde él se encontraba. Portaba una pistola, con la que apuntó sin vacilar a Remontoire. Las demás armas de la nave también se centraban en él. Pudo notar sus amplios cañones sobre sí, y supo que no haría falta más que un leve movimiento en falso para que esas armas abrieran fuego.
El combinado se conectó neuronalmente con Remontoire.
[¿Qué estás haciendo aquí? ¿Quién es el maestro de obra?].
Me temo que son asuntos del Consejo Cerrado. Todo lo que puedo contaros es que Skade y yo estábamos aquí en un asunto de seguridad combinada. Este cometa es uno de los nuestros, como ya habréis deducido.
[Tu mensaje de socorro decía que erais tres. ¿Dónde está la nave que os trajo?].
Ahí es donde las cosas empiezan a complicarse. Remontoire trató de entrar en la cabeza del hombre; sería mucho más sencillo si pudiera volcarle directamente sus recuerdos. Pero las barreras neuronales del otro combinado eran sólidas.
[Limítate a contármelo].
Clavain vino con nosotros. Robó la corbeta.
[¿Por qué iba a hacer algo así?].