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De verdad, no puedo contártelo. No sin revelar la naturaleza de este cometa.

[Deja que lo adivine. ¿Otra vez asuntos del Consejo Cerrado?].

Ya sabes cómo es esto.

[¿Hacia dónde se dirigió Clavain con la corbeta?].

Remontoire sonrió, no tenía sentido seguir jugando al ratón y al gato.

Probablemente hacia el interior del sistema, ¿adónde si no? No va a regresar al Nido Madre.

[¿Y cuánto hace de esto con exactitud?].

Más de treinta horas.

[Necesitará menos de trescientas para llegar a Yellowstone. ¿No pensaste en avisarnos antes?].

He hecho lo que he podido. Teníamos una especie de problema médico al que enfrentarnos. E hizo falta mucha persuasión para que el maestro de obra me permitiera enviar una señal de regreso al Nido Madre.

[¿Problema médico?].

Remontoire hizo un gesto en dirección a la superficie costrosa y agrietada del cometa, hacia el rizado hueco de entrada por el que había aparecido inicialmente el maestro de obra.

Como os conté, Skade resultó herida. Me parece que deberíamos llevarla de vuelta al Nido Madre lo antes posible.

Remontoire comenzó a caminar, escogiendo con cuidado cada paso. Las armas que montaba la nave no dejaron de seguirlo, listas para convertirlo en un cráter en miniatura en cuanto parpadease.

[¿Está viva?].

Remontoire sacudió la cabeza.

No, en estos momentos no.

12

Clavain despertó de un período de descanso forzado, se alzó entre sueños de edificios derrumbados y tormentas de arena. Adormilado, sufrió un instante de ajuste mientras se sincronizaba con su entorno y el recuerdo de los sucesos recientes volvía a su sitio. Se acordó de la sesión con el Consejo Cerrado y el viaje hasta el cometa de Skade. Rememoró la entrevista con el maestro de obra y cómo se enteró de la existencia de una flota oculta de lo que, de manera evidente, pretendían ser naves de evacuación. Recordó que había robado la corbeta y la había dirigido hacia el sistema interior a velocidad máxima.

Seguía dentro de la corbeta, en el puesto del piloto delantero. Sus dedos rozaban los controles tácticos e invocaban las pantallas de lecturas, que se recolocaban a su alrededor y se abrían y brillaban como girasoles. No acababa de fiarse de establecer una comunicación neuronal con la corbeta, porque Skade podía haber logrado implantar una rutina incapacitadora en la red de control de la nave. Pensó que era improbable, ya que hasta el momento la nave lo había obedecido sin rechistar, pero no tenía sentido asumir riesgos innecesarios.

Las pantallas como flores estaban llenas de indicadores de estado, esquemas de los diversos subsistemas de la corbeta que parpadeaban a una velocidad frenética. Clavain aceleró su ritmo de consciencia hasta que la cascada de imágenes se ralentizó a algo que él pudiera asimilar. Había algunos problemas técnicos, informes de daños sufridos por la corbeta durante la huida, pero nada que pudiera amenazar la misión. Las demás lecturas mostraban resúmenes de la situación táctica en volúmenes espaciales progresivamente mayores, que se alejaban de la corbeta en potencias de diez. Clavain estudió los iconos y anotaciones, y se fijó en la proximidad de naves tanto demarquistas como combinadas, zánganos, minas no tripuladas y puntos relevantes. Una batalla importante tenía lugar a tres horas luz de distancia, pero no había nada más cerca que eso, ni tampoco señal de reacción por parte del Nido Madre. Eso no significaba que no hubiera ninguna, ya que Clavain se guiaba por los datos tácticos que la corbeta interceptaba utilizando sensores pasivos y recogiendo información de las redes de comunicación pansistémicas, sin arriesgarse a usar sus propios sensores activos, que delatarían su posición a cualquiera que mirara en la dirección correcta. Pero al menos hasta el momento, no había reacción evidente.

Clavain sonrió y se encogió de hombros, lo cual le recordó de inmediato la costilla rota que se había ganado durante la huida. El dolor era menos intenso que al principio, ya que antes de dormir se había acordado de vendarse con un tabardo medicinal. El tabardo había redirigido los campos magnéticos, para impulsar al hueso a volver a enlazarse. Pero la incomodidad seguía ahí, demostrando que no era únicamente producto de su imaginación. También llevaba un vendaje en la mano, donde el piezocuchillo había abierto una herida hasta el hueso. Pero el tajo era limpio y esa herida, que él mismo se había infligido, le dolía muy poco.

Así que realmente lo había hecho. En un momento dado, durante ese estado de brumosa readaptación a la realidad, se había atrevido a imaginar que esos recuerdos sobre lo que acababa de suceder no brotaban más que de una serie de sueños inquietos, como los que asediaban a cualquier soldado que contara con algo similar a una consciencia, a cualquiera que hubiese sobrevivido a las guerras (o a los sucesos históricos) suficientes como para saber que, lo que parecía la acción adecuada en un momento dado, después resultaba ser el peor de los errores. Pero había seguido adelante y había traicionado a su gente. Era una traición, independientemente de lo altruistas que fueran sus motivos. Le habían confiado un secreto tremendo y él había traicionado su confianza.

No había tenido tiempo de evaluar lo acertado de una deserción salvo de un modo muy somero. Desde el momento en que había visto la flota de evacuación y había comprendido lo que significaba, sabía que tenía una sola oportunidad de huir, y que eso suponía robar la corbeta en ese mismo instante. De haber aguardado más (hasta que regresaran al Nido Madre, por ejemplo), seguro que Skade habría adivinado sus intenciones. Ya albergaba sospechas, pero le llevaría tiempo abrirse paso por la arquitectura poco común de su mente, sus antiguos implantes y sus protocolos de interfaz neuronal casi olvidados. Clavain no se podía permitir concederle ese tiempo.

Así que había actuado, a sabiendas de que probablemente no volviera a ver a Felka, ya que no esperaba seguir siendo un hombre libre (y ni siquiera uno vivo) después de pasar a la siguiente fase de su deserción, la más difícil. Ojalá hubiese podido verla una última vez. No existía modo alguno de convencerla de que lo acompañara, ni tampoco la posibilidad de preparar su huida aunque hubiese estado dispuesta, pero podría haberle hecho conocer sus intenciones, seguro de que, con ella, su secreto estaría a salvo. También creía que ella lo hubiera comprendido (no necesariamente hubiese estado de acuerdo, pero al menos no habría tratado de convencerlo para que no lo hiciera). Y si hubieran podido despedirse, pensó, entonces Felka podría haber respondido a la pregunta que él nunca había tenido el valor de hacerle; una duda que retrocedía a los tiempos en el nido de Galiana, los días de un Marte asolado por la guerra, cuando se habían conocido. Le hubiera preguntado si era su hija, y quizá ella le hubiese respondido.

Ahora tendría que vivir sin saberlo y, aunque tal vez nunca hubiera reunido el valor suficiente (al fin y al cabo, en todos esos años anteriores jamás lo había logrado), lo definitivo de su exilio y la imposibilidad de llegar a conocer nunca la verdad resultaba tan frío y lóbrego como una losa.

Clavain decidió que sería mejor aprender a vivir con ello.

Ya había desertado antes, ya se había desprendido de una vida y había sobrevivido tanto emocional como físicamente. Era un hombre mayor, pero no tan viejo y cansado como para no poder hacerlo una vez más. Por el momento, el truco consistía en concentrarse únicamente en los asuntos inmediatos: la realidad prioritaria era que todavía estaba vivo y que sus heridas carecían de importancia. Consideró factible que los misiles avanzaran ya en su dirección, pero no podían haberlos lanzado hasta bastante tiempo después de que se llevara la corbeta, o ya hubiesen aparecido en los sensores pasivos. Alguien, muy probablemente Remontoire, había logrado retrasar las cosas lo bastante para concederle ese margen. No era gran cosa, pero sí mucho mejor que estar ya muerto y expandiéndose en su propia nube de escombros ionizados. Eso se merecía al menos otra sonrisa socarrona. Todavía podían matarlo, pero no sería cerca de casa.