Pero si se las imaginaba, entonces también se inventaba el terror que las acompañaba. Y ese terror provenía de lo que Remontoire estaba viendo.
Delmar… de verdad quiero conocer los hechos…
[Después, Skade, cuando ya estés curada. Entonces podrás saberlo. Hasta entonces prefiero devolverte al coma].
Muéstramelo, cabrón.
Él se acercó por su costado. El primero de los servidores de cuello de cisne descollaba por encima, entre los centelleos de los segmentos cromados de su cuello. La máquina inclinó la cabeza a un lado y a otro, asimilando lo que tenía debajo.
[De acuerdo. Pero no digas que no te hemos avisado].
Los bloqueos cayeron como pesados cerrojos de metal, clunk, clunk, clunk, a través de su cráneo. Una descarga de datos neuronales chocó contra Skade y se vio a sí misma a través de los ojos de Delmar. Esa cosa de ahí abajo en el sofá médico era ella, resultaba reconocible (su cabeza, por una macabra ironía, estaba intacta) pero no se hallaba ni remotamente bien. Sintió una sacudida, un espasmo de asco, como si hubiese accedido aun lúgubre archivo preindustrial de pesadillas médicas. Deseaba con desespero pasar la página, avanzar hasta la siguiente patética atrocidad.
Había sido seccionada.
La soga debía de haberla atravesado desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha, un preciso corte en diagonal. Le había arrancado las piernas y el brazo izquierdo. La maquinaria del caparazón rodeaba las heridas: costras zumbantes, armadura médica de brillante color blanco como enormes ampollas llenas de pus. Desde la maquinaria brotaban tubos con fluidos que se adentraban en unos módulos blancos situados junto a sus costados. Su cuerpo daba la impresión de estar emergiendo de una blanca crisálida de acero. O de estar siendo consumido por ella, transformada en algo extraño y fantasmagórico.
Delmar…
[Lo siento, Skade, pero ya te avisé que…].
No lo comprendes. Este… estado… no me preocupa lo más mínimo. Somos combinados, ¿verdad? No hay nada que no podamos arreglar, con el tiempo. Sé que finalmente lograrás repararme. Sintió el alivio del doctor.
[Finalmente, sí…].
Pero finalmente no es suficiente. En pocos días, tres como mucho, tengo que estar en una nave.
13
Tuvieron que arrastrar a Thorn hasta el despacho de la inquisidora. Las grandes puertas crujieron al abrirse y allí estaba ella, dándole la espalda, de pie junto a la ventana. Thorn estudió a la mujer a través de ojos hinchados. Nunca la había visto antes. Parecía más pequeña y joven de lo que se esperaba, casi como una chica que vistiera ropas de adulto. Llevaba botas muy abrillantadas y pantalones oscuros bajo una túnica de cuero que se abotonaba por un lateral, y que parecía un poco grande para ella, por lo que sus manos enguantadas casi se perdían en el interior de las mangas. El dobladillo de la túnica le llegaba hasta las rodillas. Se había peinado el pelo, moreno, hacia atrás desde la frente, en prietas filas relucientes que se curvaban hasta formar pequeños rizos como signos de interrogación por encima de la nuca. Su rostro aparecía casi de perfil, y su piel tenía un tono más oscuro que la de Thorn. Su delgada nariz ganchuda se cernía sobre una pequeña boca recta.
Ella se giró y se dirigió al guardia que esperaba junto a la puerta.
—Ya puede dejarnos.
—Señora…
—He dicho que ya puede dejarnos.
El guardia se marchó. Thorn se puso en pie por sí mismo, y apenas flaqueó. No lograba enfocar bien a la mujer, que durante largo tiempo se limitó a mirarlo. Entonces habló con la misma voz que había oído salir de la rejilla del altavoz:
—¿Te encuentras bien? Lamento que te hayan pegado.
—No lo lamentas tanto como yo.
—Solo quería hablar contigo.
—En ese caso, tal vez deberías vigilar mejor lo que les sucede a tus invitados. —Notó el sabor de la sangre en la boca mientras hablaba.
—Acompáñame, por favor. —Hizo un gesto en dirección al otro lado de la sala, a lo que parecía una cámara privada—. Hay algo que tenemos que discutir.
—Aquí estoy bien, gracias.
—No es una invitación. No me importa lo más mínimo dónde estés bien o no, Thorn.
El hombre se preguntó si la inquisidora había logrado identificar su reacción, una minúscula dilatación de las pupilas que delataba su culpabilidad. O quizá tenía un láser apuntado sobre su cogote que comprobaba la salinidad de su piel. En cualquier caso, podía hacerse una buena idea de lo que él pensaba sobre su afirmación. Quizás hasta tenía una draga en algún lugar del edificio. Se rumoreaba que la Casa Inquisitorial disponía al menos de una, cuidada amorosamente desde los primeros días de la colonia.
—No sé quién te piensas que soy.
—Oh, sí que lo sabes. ¿Para qué disimular entonces? Ven conmigo.
La siguió hasta la habitación de menor tamaño, que carecía de ventanas. Echó un vistazo a su alrededor, en busca de signos de una trampa o cualquier indicación de que el cuarto pudiera servir también como cámara de interrogatorios, pero parecía bastante inocente. Las paredes estaban recubiertas de estantes que sobresalían repletos de papeles, salvo por un muro, dominado en su mayor parte por un mapa de Resurgam tachonado de numerosas chinchetas y luces. La inquisidora le ofreció una silla junto al enorme escritorio que ocupaba gran parte del suelo. Otra mujer estaba sentada ya enfrente, con los codos apoyados en el borde de la mesa. Parecía un tanto aburrida y era mayor que la inquisidora, pero en parte compartía su misma complexión enjuta. Llevaba puesta una gorra y un pesado abrigo de colores apagados, con forro en el cuello y los puños. Ambas mujeres le resultaban vagamente aviares: delgadas pero rápidas y de huesos fuertes. La de detrás del escritorio estaba fumando.
Se acomodó en el asiento que le había indicado la inquisidora.
—¿Café?
—No, gracias.
La otra mujer empujó el paquete de cigarrillos en su dirección.
—Entonces echa unas caladas.
—También voy a pasar de eso. —Pero aceptó el paquete y le dio la vuelta mientras estudiaba las extrañas marcas y signos. No había sido fabricado en Cuvier. De hecho, no parecía proceder de ningún otro lugar de Resurgam. Lo empujó de vuelta hacia la mujer mayor—. ¿Me puedo ir ya?
—No. Ni siquiera hemos empezado. —La inquisidora se acomodó en su propio asiento, al lado de la otra mujer, y se sirvió una taza de café—. Me parece que ahora tocan las presentaciones. Tú sabes quién eres y nosotras también lo sabemos, pero probablemente no conozcas gran cosa sobre nosotras. Tienes cierta idea sobre mí, por supuesto… pero me imagino que no será demasiado precisa. Mi nombre es Vuilleumier. Esta es mi colega…
—Irina —dijo la otra.
—Irina… sí. Y tú, claro está, eres Thorn, el hombre que ha causado tantos daños últimamente.
—No soy Thorn. El Gobierno no tiene ni idea de quién es Thorn.
—¿Y cómo sabes eso?
—Leo los periódicos, como todo el mundo.
—Estás en lo cierto. Amenazas internas no tiene mucha idea de quién es Thorn. Pero eso es solo porque he hecho todo lo posible para mantener a ese departamento en particular lejos de tu pista. ¿Llegas a comprender todo el esfuerzo que me ha costado eso? ¿Cuántas angustias personales?
Él se encogió de hombros, tratando con todas sus fuerzas de no parecer interesado ni sorprendido.