Abrieron los propulsores de sus trajes y se detuvieron cerca de la primera arma.
—El arma diecisiete —dijo Volyova—. Una fea hija de svinoi, ¿no te parece? Pero hemos tenido cierto éxito con ella, hemos podido llegar hasta su capa de sintaxis de código máquina.
—¿Quieres decir que puedes hablar con ella?
—Sí, ¿no es lo que acabo de explicar?
Ninguna de las armas del alijo tenía exactamente el mismo aspecto que las demás, aunque era evidente que todas eran producto de la misma mentalidad.
Aquella parecía un cruce entre un motor a reacción y una tuneladora de la época victoriana: un cilindro con simetría axial de sesenta metros de largo, y en su extremo lo que podrían ser incisivos u hojas de turbina, pero que probablemente no fuesen ni lo uno ni lo otro. Toda ella estaba enfundada en una apagada aleación abollada que parecía verde o broncínea, dependiendo de la inclinación con que la barrieran sus focos. Las pestañas de refrigeración y los alerones le proporcionaban un desenfadado aire art déco.
—Si puedes hablar con ella —planteó Khouri—, ¿no podemos limitarnos a decirle que salga de la nave, y entonces usarla contra los inhibidores?
—Sería estupendo, ¿verdad? —El sarcasmo de Volyova hubiese podido agujerear el metal—. El problema es que el capitán también puede controlar las armas y, por el momento, sus instrucciones vetarán cualquiera que yo envíe, ya que las suyas entran por el raíz.
—Umm. ¿Y de quién fue esa brillante idea?
—Pues ahora que lo mencionas, fue mía. En aquel entonces, cuando quería poder controlar todas las armas desde el puesto de artillería, parecía una innovación bastante buena.
—Ese es el problema de las buenas ideas, que pueden acabar siendo un auténtico grano en el culo.
—Eso estoy viendo. De acuerdo, entonces. —El tono de Volyova pasó a ser un serio susurro—. Quiero que me sigas y mantengas los ojos bien abiertos. Primero comprobaré mi arnés de control.
—Voy detrás de ti, Ilia.
Orbitaron alrededor del arma y sus trajes las llevaron a través de los intersticios del sistema del monorraíl.
El arnés era un armazón que Volyova había soldado alrededor del arma y que estaba equipado con propulsores e interfaces de control. Había tenido escaso éxito a la hora de comunicarse con las armas, y las que le había sido más fácil controlar se contaban entre las ahora perdidas. En cierta ocasión había tratado de dirigirse a todas las armas mediante un único nodo de control, un ser humano mejorado con implantes y conectado a un puesto de artillería. Aunque la idea tenía lógica, la artillería les había causado un sinfín de problemas. De manera indirecta, todo el lío en que andaban ahora metidas se podía rastrear hasta aquellos experimentos.
—El arnés parece seguro —dijo Volyova—. Creo que voy a ejecutar una revisión de sistemas a bajo nivel.
—¿Te refieres a despertar al arma?
—No, no…, solo susurrarle unas cuantas naderías, eso es todo. —Tecleó unos comandos en el grueso brazalete que rodeaba el antebrazo de su traje espacial y observó las trazas de diagnóstico que recorrían su visera—. Voy a estar absorta mientras lo hago, así que te toca a ti mantener un ojo abierto por si surgen problemas. ¿Comprendido?
—Comprendido. Er, Ilia…
—¿Qué?
—Tenemos que tomar una decisión sobre Thorn.
A Volyova no le gustaba que la distrajeran, y menos durante una operación tal peligrosa como esa.
—¿Thorn?
—Ya oíste lo que dijo. Quiere subir a bordo.
—Y yo le respondí que no podía. Está fuera de discusión.
—Entonces no creo que podamos contar con su ayuda, Ilia.
—Nos ayudará. Obligaremos a ese cabrón a ayudarnos.
Oyó a Khouri suspirar.
—Ilia, no es una pieza de maquinaria que podamos retorcer o adaptar hasta lograr cierta respuesta. No tiene un «nivel raíz», es un ser humano inteligente, completamente capaz de abrigar dudas y miedos. Se preocupa muchísimo por su causa y no la pondrá en peligro si cree que estamos ocultándole algo. Ahora bien, si estuviéramos contándole la verdad, no habría motivo para negarle la visita que ha solicitado. Al fin y al cabo, sabe que disponemos de un modo de acceder a la nave. Resulta razonable que desee ver la Tierra Prometida a la que está conduciendo a su gente, y la razón por la que Resurgam ha de ser evacuado.
Volyova avanzaba por la primera capa de protocolos de armas, escarbando en su propia estructura de software hasta alcanzar el sistema operativo nativo de la máquina. Hasta el momento, nada de lo que probaba había provocado una respuesta hostil por parte del arma o de la nave. Se mordió la lengua. A partir de ahí todo se volvía peliagudo.
—No creo que sea algo razonable, ni lo más mínimo —replicó.
—Entonces no comprendes la naturaleza humana. Mira, confía en mí en esto. Thorn debe ver la nave o no colaborará con nosotras.
—Si ve esta nave, Khouri, hará lo que cualquier persona cuerda bajo las mismas circunstancias: poner tierra de por medio.
—Pero si lo mantenemos alejado de las peores áreas, las zonas que han sufrido las transformaciones más serias, creo que podría decidirse a ayudarnos.
Volyova suspiró, sin dejar de concentrar su atención en la tarea que tenía entre manos. Empezaba a experimentar esa sensación tremendamente familiar y terrible de que Khouri ya había considerado aquel asunto, lo bastante como para refutar sus objeciones más evidentes.
—Seguiría sospechando algo —contraatacó.
—No si jugamos bien nuestras cartas. Podríamos disimular las transformaciones en una zona pequeña de la nave y mantenerlo dentro de ella. Lo justo para que parezca que le ofrecemos una visita guiada, sin dar la impresión de estar guardándonos nada en la manga.
—¿Y los inhibidores?
—Al final tendrá que enterarse de su existencia, todo el mundo habrá de hacerlo. Así pues, ¿qué problema hay en que Thorn lo descubra antes o después?
—Hará demasiadas preguntas. Antes de que pase mucho tiempo, sumará dos y dos y deducirá para quién está trabajando.
—Ilia, sabes que tenemos que ser más abiertas con él…
—¿De veras? —Ya estaba enfadada, y no solo porque el arma se hubiese negado a analizar sintácticamente su último comando—. ¿O es solo que queremos tenerlo cerca porque nos gusta? Piénsalo con sumo cuidado antes de responder, Khouri. Nuestra amistad puede depender de ello.
—Thorn no significa nada para mí. Solo nos resulta conveniente.
Volyova probó otra combinación de sintaxis y contuvo el aliento hasta que el arma respondió. La experiencia previa le había enseñado que uno no podía cometer demasiados errores cuando hablaba con un arma, o de lo contrario esta se bloquearía o comenzaría a adoptar medidas defensivas. Pero esa vez logró pasar. En un costado del arma, lo que hasta entonces parecía una aleación sin costuras se abrió para revelar un profundo pozo de inspección, recubierto de máquinas que brillaban con una insípida luz verdosa.
—Voy adentro. Vigila mi espalda.
Volyova se impulsó con el traje a lo largo de la extensión rebordeada del arma hasta llegar a la escotilla. Frenó y se introdujo con un único eructo del propulsor. Paró su movimiento con los pies y se detuvo dentro del pozo. Era lo bastante grande como para poder girar y avanzar por su interior sin que ninguna parte del traje entrara en contacto con la maquinaria.
Pensó, y no por primera vez, en la siniestra ascendencia de aquellos treinta y tres monstruos. Las armas eran de fabricación humana, sin duda, pero su potencial destructivo estaba mucho más avanzado que cualquier otra cosa que se hubiera inventado. Siglos atrás, mucho antes de que ella se uniera a la nave, la Nostalgia por el Infinito había encontrado el alijo oculto dentro de un asteroide fortificado, un trozo de roca sin nombre que orbitaba alrededor de una estrella también anónima. Quizá un intenso examen forense del planetoide hubiera revelado alguna pista sobre quién habría construido las armas, o al menos quién había sido su dueño hasta entonces, pero la tripulación no estaba en posición de perder el tiempo. Las armas habían sido trasladadas a bordo de la nave, que abandonó la escena del crimen a toda prisa, antes de que las aturdidas defensas del asteroide se despertaran.