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Volyova, desde luego, tenía sus propias teorías. Posiblemente la más verosímil era que las armas fuesen de fabricación combinada. Las arañas llevaban el tiempo suficiente sobre el tablero. Pero si las armas les pertenecían, ¿por qué habían permitido que se las quitaran de las manos? ¿Y por qué nunca habían intentado recuperar lo que era suyo?

Aunque eso era irrelevante. El alijo llevaba siglos a bordo de la nave. Nadie iba a venir y pedir que se lo devolvieran justo en ese momento.

Miró a su alrededor e inspeccionó el pozo. Estaba rodeada de maquinaria desnuda: paneles de control, lecturas, circuitos, relés y artilugios de cometido menos obvio. Ya notaba una sensación de aprensión en el fondo de su mente. El arma estaba concentrando un campo magnético sobre una parte de su cerebro, para inculcarle una sensación de terror fóbico.

Ya había estado allí antes, estaba acostumbrada a ello.

Desenganchó varios módulos situados alrededor del armazón propulsor de su traje y los sujetó al interior del pozo mediante almohadillas impregnadas de resina epoxídica. A partir de esos módulos (que ella misma había diseñado) extendió varias decenas de cables, codificados por colores, que conectó o empalmó a las máquinas al descubierto.

—Ilia… —dijo Khouri—. ¿Cómo te va?

—Bien. No le gusta mucho que esté aquí dentro, pero no puede echarme. Le he dado todos los códigos de autorización correctos.

—¿Ha empezado a hacer eso del miedo?

—Pues sí, lo cierto es que sí. —Experimentó un instante de absoluto terror histérico, como si alguien tanteara su cerebro con un electrodo y sacara a la luz sus miedos y angustias más primitivos—. ¿Te importa que continuemos esta conversación más tarde, Khouri? Me gustaría… acabar con esto… lo antes posible.

—Todavía tenemos que tomar una decisión sobre lo de Thorn.

—Muy bien. Pero más tarde, ¿de acuerdo?

—Tendrá que subir hasta aquí.

—Khouri, hazme un favor: cierra la boca en lo concerniente a Thorn y mantente atenta a tu trabajo, ¿queda claro?

Volyova hizo una pausa y se obligó a concentrarse. Hasta el momento, y a pesar del miedo, todo había salido tan bien como había esperado. Solo en una ocasión anterior se había adentrado tanto en la arquitectura de control del arma, y fue cuando dio prioridad a los comandos provenientes de la nave. Como ahora estaba a ese mismo nivel, en teoría podría, mediante la sintaxis de comandos adecuada, desconectar al capitán para siempre. Solo era un arma; había treinta y dos más y algunas le resultaban del todo desconocidas. Pero seguramente no necesitaba todo el alijo para influir en el resultado. Si podía hacerse con el control de una docena de armas, aproximadamente, con suerte bastarían para imponer un buen retraso en los planes de los inhibidores…

Y no iba a lograrlo andándose con rodeos.

—Khouri, escúchame. Hay un pequeño cambio de planes.

—Oh, oh.

—Voy a seguir adelante, para ver si logro que esta arma se entregue por completo a mi control.

—¿Y llamas a eso un pequeño cambio de planes?

—No hay absolutamente nada de lo que preocuparse.

Antes de poder echarse atrás, antes de que el miedo se volviera incontrolable, conectó los cables restantes. Las luces de estado parpadearon y latieron, las pantallas ondearon con un caos alfanumérico. El miedo se agudizó. La máquina deseaba evitar con todas sus fuerzas que tratara con ella a ese nivel.

—Mala suerte —dijo—. Ahora veamos… —Y con unos cuantos tecleos discretos en el brazalete, liberó redes de sintaxis de comandos complejas hasta un grado increíble. La lógica ternaria con la que funcionaba el sistema operativo del arma era característica de la programación de los combinados, pero también resultaba terriblemente complicada de depurar.

Se sentó inmóvil y aguardó.

En las profundidades del arma, decenas de módulos de interpretación debían de estar descuartizando y repasando la validez de su orden. Solo cuando hubiese satisfecho todos los criterios, sería ejecutada. Si eso sucedía, y el comando hacía lo que ella pensaba, el arma eliminaría de inmediato al capitán de la lista de usuarios autenticados. A partir de entonces solo habría un modo válido de operar el arma, que sería mediante su arnés de control, un equipo de hardware desconectado de la infraestructura de la nave controlada por el capitán.

Era una teoría muy sólida.

La primera señal de que la sintaxis del comando era errónea le llegó un instante antes de que la escotilla se cerrara sobre ella. Su brazalete destelló en rojo e Ilia comenzó a componer una secuencia especialmente poética de tacos en rusiano…, y entonces el arma la encerró dentro. A continuación las luces se apagaron, pero el miedo persistió. En realidad se había hecho mucho más fuerte, aunque quizá era en parte su propia respuesta natural a la situación.

—Maldición… —dijo Volyova—. Khouri… ¿puedes oírme?

Pero no hubo respuesta.

Sin previo aviso, la maquinaria se transformó a su alrededor. La cámara se había hecho más grande, y ahora revelaba unas criptas que resplandecían tenuemente y que se adentraban en las profundidades del arma. Enormes mecanismos de formas fluidas flotaban bajo una iluminación de color rojo sangre. Unas frías luces azules oscilaban sobre esas siluetas o trazaban las líneas de flujo de los cables de alimentación interna, que no paraban de retorcerse. Todo el interior del arma parecía estar reorganizándose por su cuenta.

Y entonces Ilia casi se muere de miedo. Sintió algo más dentro del arma, una presencia que se aproximaba, que se arrastraba entre los componentes en transformación con una lentitud fantasmal.

Volyova golpeó la escotilla que tenía encima.

—¡Khouri…!

Pero la entidad ya había llegado hasta ella. No la había visto acercarse, pero notó su repentina proximidad. Carecía de forma y estaba acurrucada detrás de ella. Pensó que casi podía distinguirla con la visión periférica, pero cuando giró la cabeza, la presencia fluyó hasta su punto ciego.

De repente le dolió mucho la cabeza, un sufrimiento cegador que la obligó a chillar con fuerza.

Remontoire apretó su delgado cuerpo contra una de las burbujas de observación de la Sombra Nocturna y pudo confirmar a simple vista que los motores se habían detenido. Había activado la secuencia correcta de órdenes neuronales y al instante había notado la transición a la ingravidez, cuando la nave dejó de acelerar, pero aun así quiso cerciorarse de manera adicional de que se había seguido su indicación. Con todo lo que había sucedido ya, no le hubiera sorprendido demasiado ver que el resplandor azulado de luz dispersada seguía presente.

Pero solo distinguió oscuridad. Los motores se habían parado de verdad y la nave derivaba a una velocidad constante, aún cayendo hacia Épsilon Eridani, pero demasiado lenta como para poder atrapar algún día a Clavain.

—¿Y ahora qué? —preguntó Felka en voz baja. Flotaba cerca de él, con una mano anclada a un asa blanda que la nave le había proporcionado amablemente.

—Ahora esperaremos —dijo él—. Si estoy en lo cierto, Skade no tardará mucho.

—No le va a gustar.