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Remontoire asintió.

—Y yo volveré a conectar la propulsión en cuanto me explique qué está pasando. Pero antes de eso me gustaría conseguir algunas respuestas.

El cangrejo llegó unos instantes después, dejándose caer por un agujero del tamaño de un puño situado en la pared.

—Esto es inaceptable. ¿Por qué has…?

—Los motores son mi responsabilidad —replicó Remontoire con placidez, pues había ensayado lo que iba a decir—. Se trata de una tecnología extremadamente delicada y peligrosa, aún más dada la naturaleza experimental de los nuevos diseños. Cualquier desviación del rendimiento esperado podría indicar un serio problema, posiblemente catastrófico.

El cangrejo agitó sus manipuladores.

—Sabes perfectamente bien que a los motores no les pasa nada malo. Exijo que los reenciendas de inmediato. La ventaja de Clavain aumenta con cada segundo que pasamos a la deriva.

—¿De veras? —dijo Felka.

—Solo en un sentido muy amplio. Si nos retrasamos más, nuestra única opción realista será eliminarlo a distancia, en lugar de capturarlo con vida.

—Pero eso nunca se ha planteado seriamente, ¿verdad? —preguntó Felka.

—Nunca se sabe, si Remontoire persiste con esta… insubordinación.

—¿Insubordinación? —se mofó Felka—. Casi suenas como una demarquista.

—No os andéis con jueguecitos, ninguno de los dos. —El cangrejo pivotó sobre sus patas con ventosas—. Vuelve a conectar los motores, Remontoire, o encontraré el modo de hacerlo sin ti.

Sonaba a farol, pero Remontoire estaba dispuesto a creer que, dentro de las habilidades de un miembro del Sanctasanctórum, se contaba la de cancelar sus comandos. No sería fácil, y desde luego no tan sencillo como lograr que él siguiera sus instrucciones, pero no dudaba que Skade fuese capaz de conseguirlo.

—Lo haré… cuando nos enseñes qué es lo que hace tu maquinaria.

—¿Mi maquinaria?

Remontoire se adelantó y arrancó al cangrejo de la pared. Cada una de las patas con ventosas se soltó con un sonido de suave succión que resultó hasta gracioso. Sostuvo el cangrejo a la altura de sus ojos y miró fijamente su densa colección de sensores y abigarradas armas, desafiando a Skade a atacarlo. Las patitas se agitaban ridículas.

—Sabes de sobra a qué me refiero —dijo—. Quiero saber qué es, Skade. Quiero saber qué has aprendido a hacer.

Siguieron al proxy a través de la Sombra Nocturna y recorrieron enroscados pasillos grises y ascensores verticales entre cubiertas, alejándose a buen ritmo de la proa del barco, siempre hacia «abajo», por lo que podía juzgar el oído interno de Remontoire. La aceleración era ya de una gravedad y tres cuartos, pues había accedido a volver a conectar los motores a un bajo nivel de potencia. La información que le llegaba a la cabeza mostraba que los otros ocupantes seguían embutidos en la zona de la nave situada justo debajo de la proa, y que Felka y él eran los únicos que se encontraban tan al fondo. Todavía no había descubierto dónde descansaba el verdadero cuerpo de Skade, la cual aún no se había comunicado con él mediante otro sistema que no fuera el altavoz del cangrejo, y su habitual conocimiento absoluto de la distribución de la nave se había visto sustituido por un plano mental lleno de agujeros cuidadosamente censurados, como el texto cortado de un documento clasificado.

—Esta maquinaria… sea lo que sea…

Skade lo interrumpió.

—Lo habríais sabido antes o después. Como el resto del Nido Madre.

—¿Es algo que aprendisteis del Exordio?

—El Exordio nos mostró el camino a seguir, eso es todo. No nos llegó nada servido en bandeja. —El cangrejo correteó por delante de ellos y alcanzó un mamparo sellado, una de las puertas mecánicas que se había cerrado antes del incremento en la aceleración—. Tenemos que ir por aquí hasta la parte de la nave que he sellado. Debería advertiros que al otro lado las cosas se notan un poco diferentes. No es algo inmediato, pero esta barricada marca aproximadamente el punto en que los efectos de la maquinaria se elevan por encima del umbral de sensibilidad humana. Puede que lo encontréis incómodo. ¿Estáis seguros de que deseáis continuar?

Remontoire miró a Felka, quien a su vez le devolvió el gesto y asintió.

—Guíanos, Skade —dijo Remontoire.

—Muy bien.

La barricada se abrió con un sonido sibilante y reveló tras de sí una zona aún más oscura y muerta. Atravesaron el umbral y descendieron varios niveles más por ascensores verticales, a bordo de discos con forma de pistones.

Remontoire examinó sus sensaciones, pero no había nada fuera de lo normal. Arqueó una ceja burlona en dirección a Felka, la cual le respondió con una breve sacudida de la cabeza. Ella tampoco notaba nada inusual, y estaba mucho más acostumbrada a esos temas que él.

Prosiguieron por corredores normales, en los que tenían que detenerse de vez en cuando hasta recuperar la energía necesaria para continuar. Al fin alcanzaron un tramo llano, cuyos tabiques estaban desprovistos de toda indicación (ya fuera real, holográfica o entóptica) que lo señalara como fuera de lo normal. Pero el cangrejo se detuvo en cierto punto y, tras unos instantes, se abrió un agujero en la pared a la altura del pecho, que se extendió para formar una abertura con forma de pupila felina. Por el tajo invertido se derramaba una luz roja.

—Aquí es donde vivo —les dijo el cangrejo—. Pasad, por favor.

Siguieron al cangrejo hasta un amplio y cálido espacio. Remontoire miró a su alrededor y, al hacerlo, comprendió que nada de lo que veía satisfacía sus expectativas. Se encontraba, sencillamente, en una sala casi vacía. Había algunos elementos de maquinaria en ella, pero solo le costaba reconocer uno, que recordaba a una pequeña escultura un tanto macabra. El cuarto estaba dominado por el suave ronroneo de los equipos pero, una vez más, el sonido no tenía nada de desacostumbrado.

Lo primero que llamó su atención fue el objeto de mayor tamaño. Era una vaina negra con forma de huevo, que descansaba sobre un pesado pedestal con óxido rojizo y que tenía incrustados unos cuadrantes analógicos que no paraban de temblar. El tanque poseía ese aspecto anticuado propio de gran parte de la tecnología espacial moderna, como si fuera una reliquia de los primeros días de exploración en las cercanías de la Tierra. Remontoire lo reconoció como una vaina de escape de diseño demarquista, sencilla y robusta. Las naves combinadas nunca llevaban vainas de escape.

En la unidad aparecían escritas las instrucciones de seguridad en todos los idiomas comunes (norte, rusiano, canasiano), junto a iconos y diagramas en brillantes colores primarios. Había rayas negras y amarillas y propulsores cruciformes, bultos grisáceos que correspondían a los sistemas sensores y de comunicaciones, alas solares plegadas y paracaídas. Había cerrojos explosivos alrededor de una portezuela, y en esta una pequeña ventanilla triangular.

Dentro de la vaina había algo. Remontoire vio a través del vidrio una curva de piel pálida, apenas discernible ya que estaba embebida en una matriz de gel acolchado de color ámbar, o quizá se trataba de algún empalagoso nutriente médico. La piel se movió: respiraba lentamente.

—¿Skade…? —dijo Remontoire, pensando en las heridas que había visto al visitarla antes de su partida.

—Adelante —los invitó el cangrejo—. Echad un vistazo. Estoy segura de que os sorprenderá.

Remontoire y Felka se acercaron a la vaina. Había una figura aprisionada dentro, rosa y en posición fetal. Remontoire vio cables y catéteres, y se fijó en que la figura se movía de manera imperceptible, no más de una vez por minuto. Respiraba.

No era Skade, y tampoco lo que había quedado de ella. Decididamente, no era humano.

—¿Qué es? —preguntó Felka, con una voz que apenas era un susurro.