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[¿Y qué pasa si decidimos no ayudarte?].

Me ayudaréis. Os he cuidado durante tanto tiempo, me he ocupado de vosotras, os he mantenido a salvo de todo mal… Sé que me ayudaréis.

El arma la mantuvo en suspenso mientras acariciaba juguetona su mente. Ilia supo lo que padecía el ratón después de que el gato lo atrapara. Se sentía como si solo faltara un instante antes de que le partieran la columna en dos.

Pero tan bruscamente como había llegado, la parálisis se desvaneció. El arma seguía reteniéndola, pero Ilia estaba recuperando parte del control voluntario de sus propios músculos.

[Tal vez, Ilia. Pero no finjamos que no hay factores que lo dificulten].

Nada que no se pueda arreglar…

[Para nosotras será muy difícil hacer algo sin la cooperación del otro, Ilia. Aunque queramos].

¿El otro?

[La otra… presencia que sigue ejerciendo cierto grado de control sobre nosotras].

El pensamiento de Ilia se demoró en las diferentes posibilidades antes de comprender de qué estaba hablando el arma.

Te refieres al capitán.

[Nuestra autonomía no es tan amplia como para actuar sin el permiso de la otra presencia, Ilia. Por muy astutamente que logres persuadirnos].

El capitán solo necesita que lo convenzan, eso es todo. Estoy segura de que al final atenderá a razones.

[Siempre has sido una optimista, ¿eh, Ilia?].

No, nada de eso. Pero tengo fe en el capitán.

[Entonces confiemos en que tu poder de elocuencia esté a la altura de las circunstancias, Ilia].

También yo.

Jadeó de pronto, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Su cabeza volvía a estar vacía y la terrible sensación de que había algo agazapado justo detrás de ella había desaparecido, con tanta brusquedad como una puerta que se cierra de golpe. Ni siquiera quedaba rastro de la presencia en su visión periférica. Flotaba sola y, aunque seguía aprisionada dentro del arma, la impresión de que algo la acechaba había desaparecido.

Volyova recuperó el aliento y la compostura, maravillada ante lo ocurrido. Durante todos los años que había trabajado con las armas, no había sospechado en ningún momento que cualquiera de ellas albergara una subpersona guardiana, y mucho menos una inteligencia artificial de al menos un nivel gamma alto (incluso quizá de nivel beta bajo o medio).

El arma la había asustado hasta el tuétano. Lo cual, supuso, era sin lugar a dudas el efecto que pretendía conseguir.

Hubo un ajetreo a su alrededor. El panel de acceso (situado en una zona de la pared que no era en absoluto la que ella recordaba) se abrió un par de centímetros, y por la rendija se coló una árida luz azul. A través de ella, entrecerrando los ojos, Volyova logró discernir la silueta de otro traje espacial.

—¿Khouri?

—Gracias a Dios que aún sigues viva. ¿Qué ha pasado?

—Digamos que mis esfuerzos por reprogramar el arma no han alcanzado el éxito absoluto, y dejémoslo ahí. —Odiaba hablar de los fracasos casi tanto como el propio fallo en sí.

—¿Pero qué pasa, es que le has dado el comando erróneo o algo así?

—No, le di el comando correcto, pero para un intérprete distinto al que estaba accediendo en ese momento.

—Pero eso sigue convirtiéndolo en el comando equivocado, ¿no?

Volyova se giró hasta que su casco quedó alineado con la rendija de luz.

—Es más técnico que eso. ¿Cómo has logrado abrir el panel?

—Recurriendo a la fuerza bruta. ¿O acaso no es lo bastante técnico?

Khouri había incrustado una barra del juego de herramientas de su traje en lo que debía de ser una ranura fina como un cabello, en la piel del arma, y había hecho palanca hasta abrir el panel.

—¿Y cuánto te ha llevado conseguirlo?

—He estado tratando de abrirlo desde que te metiste dentro, pero no ha cedido hasta ahora, justo hace un minuto.

Volyova asintió, casi segura de que no había avanzado nada hasta que el arma decidió que era hora de soltarla.

—Buen trabajo, Khouri. ¿Y cuánto tiempo crees que tardarás en abrirlo del todo?

Khouri ajustó su postura y se volvió a apoyar sobre el arma para poder aplicar más momento a la barra.

—Te sacaré de ahí en un segundo. Pero mientras te tengo ahí, por así decirlo, ¿podemos llegar a algún acuerdo en el tema de Thorn?

—Escúchame, Khouri: Thorn apenas confía en nosotras. Muéstrale esta nave, dale la más mínima razón para empezar a sospechar quién soy en realidad, y no le volverás a ver el pelo. Lo habremos perdido, y con él el único sistema viable para evacuar ese planeta de un modo mínimamente humanitario.

—Pero todavía es menos probable que confíe en nosotras si seguimos poniendo excusas para que no suba a bordo…

—Pues tendrá que acostumbrarse a ello.

Volyova aguardó una respuesta, y aguardó, y después comprendió que ya no parecía haber nadie al otro lado de la rendija. La fría luz azul que provenía del traje de Khouri había desaparecido, y ninguna mano movía la palanca.

—¿Khouri…? —dijo, al tiempo que comenzaba a perderla calma una vez más.

—Ilia… —La voz de Khouri llegó débil, como si le costara respirar—. Creo que tengo un ligero problema.

—Mierda. —Volyova alcanzó el extremo de la palanca y tiró de ella desde su lado de la abertura. Se apuntaló y trató de agrandar la rendija hasta que fue lo bastante ancha como para poder pasar el caso a su través. En destellos intermitentes logró ver a Khouri, que caía en la oscuridad. Su arnés daba volteretas lejos de ella. Vio también las agresivas líneas de un servidor de construcción pesada, acurrucado en el lateral del arma. La máquina, parecida a una mantis, debía de estar bajo control directo del capitán.

—¡Asqueroso cabrón! He sido yo la que se ha colado en el arma, no ella…

Khouri estaba ya muy lejos, quizás a medio camino de la pared opuesta. ¿A qué velocidad se movía? Tres o cuatro metros por segundo, tal vez. No era rápido, pero la armadura de su traje no estaba diseñada para protegerla contra un impacto. Si golpeaba con fuerza…

Volyova trabajó con nuevo ímpetu y forzó la escotilla para abrirla centímetro a centímetro. Desanimada, comprendió que no iba a lograrlo a tiempo. Estaba tardando demasiado; Khouri alcanzaría la pared mucho antes de que ella quedara libre.

—Capitán… esta vez se ha pasado de verdad.

Aplicó más fuerza. La palanca se le escapó de las manos, chocó con el lateral de su casco y se perdió dando vueltas en las oscuras profundidades de la máquina. Volyova siseó de rabia, pues sabía que no tenía tiempo para ir a buscar la herramienta que acababa de perder. La escotilla ya era lo bastante ancha como para escurrirse a través de ella, pero para eso tendría que dejar atrás su arnés y su equipo de soporte vital. Podría sobrevivir lo suficiente para arreglárselas sola, pero no había modo de salvar a Khouri.

—Mierda —dijo—. Mierda… mierda… mierda.

La escotilla se abrió.

Volyova trepó por el hueco y saltó del costado del arma, dejando atrás al servidor. No había tiempo para reflexionar sobre lo que acababa de suceder, salvo para admitir que solo Diecisiete o el capitán podían haber hecho que la escotilla se abriera.

Ordenó a su casco que dibujara el radar superpuesto en su visera. Volyova rotó hasta que obtuvo un eco de Khouri. Su caída la conducía por el eje mayor de la cámara, a través de un pasillo de amenazadoras armas amontonadas. A juzgar por su trayectoria, ya debía de haber rebotado contra una de las pistas del monorraíl que enhebraban la cámara.

—Khouri… ¿sigues viva?

—Todavía estoy aquí, Ilia… —Pero sonaba como si estuviera herida—. No puedo frenar.