—No tienes necesidad, estoy de camino.
Volyova fue a chorro tras ella. Pasó a toda velocidad entre armas que le resultaban familiares pero aún profundamente misteriosas. El eco del radar incrementó su definición y forma, hasta convertirse en una figura humana que daba vueltas. Detrás de ella, pero cerniéndose más y más cerca, estaba la pared opuesta. Volyova comprobó su propia velocidad respecto al muro: seis metros por segundo. Khouri no podía estar moviéndose mucho más lenta.
Volyova exigió más propulsión a su arnés. Diez… veinte metros por segundo. Ya podía ver a Khouri, gris y con forma de muñeco, con un brazo caído sin fuerzas hacia el espacio. La figura aumentó. Volyova aplicó un impulso inverso en andanadas cada vez mayores, mientras sentía los crujidos del armazón ante la carga inusual que se le pedía que distribuyera. A cincuenta metros de Khouri… cuarenta. Tenía mala pinta. Decididamente, un brazo humano no estaba pensado para doblarse de ese modo.
—Ilia… Esa pared se acerca a gran velocidad.
—También yo. Aguanta, puede haber un ligero… —chocaron entre sí— impacto.
Por suerte, la colisión no envió a Khouri en otra trayectoria. Volyova la agarró por su bazo indemne el tiempo suficiente para soltar un cable, amarrarlo al cinturón de Ana y dejarla ir. La pared ya resultaba visible, a no más de cincuenta metros de distancia.
Volyova clavó los frenos, con el pulgar firmemente apretado sobre el interruptor del propulsor, sin hacer caso de las protestas de la subpersona del traje. La cuerda que ataba a Khouri se extendió hasta su máxima tensión, y su cuerpo colgó entre Ilia y la pared. Pero estaban frenando. El muro ya no se acercaba a ellas a toda velocidad, ni con la misma sensación ineludible.
—¿Estás bien? —preguntó Volyova.
—Me parece que me he roto algo. ¿Cómo has logrado salir del arma? Cuando la máquina me soltó, la escotilla seguía cerrada.
—Logré abrirla un poco más. Pero creo que he contado con un poco de ayuda.
—¿El capitán?
—Posiblemente. Pero no sé si eso significa que está al fin en nuestro bando, después de todo. —Se concentró durante unos momentos en el vuelo, y mantuvo tirante la amarra mientras se balanceaba a un lado y a otro. Los fantasmas de color verde pálido correspondientes a las treinta y tres armas del alijo se cernían en su radar. Dibujó un curso entre ellas que las llevara de regreso a la cámara estanca.
—Aún no sé por qué ha enviado al servidor contra ti —dijo Volyova—. Puede que quisiera advertirnos, no acabar con nosotras. Como mencionaste, ya podría habernos matado, así que posiblemente prefiera tenernos cerca.
—Estás deduciendo muchas cosas de una escotilla.
—Por eso no creo que debamos contar con la ayuda del capitán, Khouri.
—¿No?
—Hay otra persona a la que podríamos pedir ayuda —dijo Volyova—. Cabe la posibilidad de recurrir a Sylveste.
—Oh, no.
—Ya te encontraste con él, dentro de Hades.
—Ilia, tuve que morir para entrar en esa maldita cosa. No es algo que me plantee repetir.
—Sylveste tiene acceso al conocimiento preservado de los amarantinos. Podría saber cuál es la respuesta adecuada a la amenaza de los inhibidores, o al menos tener alguna idea de cuánto tiempo nos queda para hallar una. Su información podría ser vital, Ana, incluso si no puede ayudarnos en un sentido material.
—Olvídalo, Ilia.
—En realidad no recuerdas lo que fue morir, ¿verdad? Y ahora estás perfectamente. No hubo efectos colaterales.
La voz de Khouri era muy débil, como alguien que murmulla al borde del sueño.
—Pues si es tan fácil, hazlo tú.
En ese momento (justo a tiempo) Volyova vio el rectángulo claro que marcaba la esclusa. Se aproximó a esta lentamente, recogiendo la cuerda de Khouri, a quien depositó primero en la compuerta. Para entonces, la herida ya estaba inconsciente.
Volyova se aupó sola al interior, cerró la puerta tras de sí y esperó a que la cámara se presurizara. Cuando la presión atmosférica alcanzó los nueve décimos de bar se arrancó el casco. Se le destaponaron los oídos y tuvo que apartarse de los ojos el pelo empapado de sudor. Todas las lecturas biomédicas del traje de Khouri estaban en verde: nada de lo que preocuparse. Lo único que quedaba por hacer era arrastrarla hasta algún sitio donde pudiera recibir atención médica.
La puerta que conducía al resto de la nave se abrió como un iris. Ilia la atravesó, confiando en contar con las fuerzas suficientes para cargar tras de sí con el peso muerto de Khouri.
—Aguarda.
La voz era tranquila y sonaba familiar, aunque no la había escuchado en largo tiempo. Le recordó un frío indescriptible, un lugar donde todos los miembros de la tripulación temían adentrarse. Provenía de la pared de la cámara y resonaba en el vacío.
—¿Capitán? —dijo.
—Sí, Ilia, soy yo. Ya estoy listo para hablar.
Skade condujo a Felka y Remontoire hasta las entrañas de la Sombra Nocturna, en el ámbito de influencia de su maquinaria. De manera sucesiva, Remontoire comenzó a sentirse mareado y febril. Al principio pensó que era su imaginación, pero después su pulso comenzó a acelerarse y el corazón le retumbaba en el pecho. La sensación empeoraba con cada nivel que descendían, como si estuvieran adentrándose en una bruma invisible de gas psicotrópico.
Algo sucede.
La cabeza giró ciento ochenta grados para mirarlo, mientras su servidor negro seguía avanzando a zancadas.
[Sí, ya hemos penetrado bastante en el campo. No sería seguro descender mucho más, no sin soporte médico. Los efectos fisiológicos llegan a ser bastante sobrecogedores. Otros diez metros verticales y podremos dejarlo].
¿Qué está pasando?
[Es un poco difícil de explicar, Remontoire. Nos encontramos dentro de la influencia de la maquinaria, y aquí las propiedades generales de la materia, de toda la materia, incluida la de vuestros cuerpos, ha cambiado. El campo que genera la maquinaria está suprimiendo la inercia. ¿Qué crees que sabes sobre la inercia, Remontoire?].
Él respondió diplomáticamente.
Tanto como cualquiera, supongo. No es una cosa en la que haya necesitado pensar nunca. No es más que algo con lo que convivimos.
[No tiene por qué ser así. Ya no].
¿Qué habéis hecho, habéis aprendido a apagarla?
[No del todo, pero desde luego hemos aprendido a quitarle el aguijón]. La cabeza de Skade volvió a girar. Sonreía con indulgencia y unas ondas de color ópalo y guinda oscilaban adelante y atrás por su cresta, lo cual representaba, imaginó Remontoire, el esfuerzo necesario para trasladar conceptos que para ella eran evidentes a términos que un simple genio pudiera asimilar. [La inercia es más misteriosa de lo que podrías pensar, Remontoire].
No lo pongo en duda.
[Es engañosamente fácil de definir. La notamos a cada instante de nuestras vidas, desde que nacemos. Empujamos un guijarro y se mueve, empujamos una roca y no, o al menos no mucho. Por la misma regla de tres, si una roca cae sobre ti no vas a poder pararla con facilidad. La materia es perezosa, Remontoire. Se resiste al cambio. Desea seguir con lo que estuviera haciendo antes, tanto si eso supone estar quieta como moviéndose. Llamamos inercia a esa pereza, pero eso no significa que la entendamos. Durante un millar de años la hemos etiquetado, medido, la hemos encerrado en ecuaciones, pero apenas hemos rascado la superficie de lo que realmente es].
¿Y ahora?
[Tenemos por dónde agarrarla, y más que eso. En fechas recientes, el Nido Madre ha alcanzado un control fiable de la inercia a escala microscópica].
—¿Y el Exordio os proporcionó todo eso? —preguntó Felka, hablando en voz alta.