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Pero no lo desarrollasteis por eso. Remontoire se puso en pie. Aún mareado, se apoyó contra la pared. Era lo más cerca que había estado de la ebriedad en muchísimo tiempo. Aquella excursión había sido muy interesante, pero ya estaba más que dispuesto a regresar nave arriba, allí donde la sangre de su cuerpo se comportase como la naturaleza había planeado.

[No sé si te entiendo, Remontoire].

Lo queréis para cuando lleguen los lobos, el mismo motivo por el que habéis construido aquella flota de evacuación.

[¿Perdona?].

Aunque no podamos enfrentarnos a ellos, al menos nos habéis proporcionado un medio de escapar muy, muy rápido.

Clavain abrió los ojos tras otro turno de sueño forzado. Durante unos momentos, los dulces sueños en los que caminaba bajo la lluvia a través de los bosques escoceses lo sedujeron peligrosamente. Era tan tentador regresar a la inconsciencia… Pero sus viejos instintos de soldado lo obligaron a permanecer alerta, aunque fuese a regañadientes. Debía de existir algún problema. Había indicado a la corbeta que no lo despertara hasta que tuviese algo importante o grave que contar, y una rápida valoración de la situación le indicó que, decididamente, se trataba de lo segundo.

Algo lo estaba siguiendo. Los detalles estaban a su disposición.

Clavain bostezó y se rascó la barba que lucía, ya frondosa. Contempló su propio reflejo en la ventanilla de la cabina y se asustó un poco de lo que vio. Tenía ojos de loco y pinta de maníaco, como si acabara de emerger de las profundidades de una cueva. Ordenó a la corbeta que dejara de acelerar durante unos minutos y recogió un poco de agua del grifo entre sus manos, con las palmas ahuecadas para retener las gotas como amebas, y a continuación trató de echársela sobre la cara y el pelo, para alisar y peinarse cabello y barba. Volvió a fijarse en su reflejo. El resultado no constituía una gran mejora, pero al menos ya no parecía bestial.

Clavain se soltó del arnés y se dispuso a prepararse un café y algo de comer. Según su experiencia, las crisis en el espacio se podían clasificar en dos categorías: las que te mataban de inmediato, normalmente sin previo aviso, y las que te daban cantidad de tiempo para cavilar sobre el problema, aunque no existiese ninguna solución factible. Aquella, en base a la evidencia, parecía de las que se podían analizar tras saciar primero su apetito.

Llenó la cabina de música: una de las sinfonías inacabadas de Quirrenbach. Tomó unos sorbos de café y, mientras lo hacía, hojeó las entradas del diario automático de la corbeta. Se sintió complacido, aunque no sorprendido, de ver que la nave había funcionado sin fallos desde su huida del cometa de Skade. Todavía quedaba el combustible suficiente para cubrir toda la distancia hasta el espacio que circundaba Yellowstone, incluyendo los procedimientos de inserción orbital necesarios una vez llegara. La corbeta no era el problema.

Se habían recibido transmisiones procedentes del Nido Madre en cuanto habían descubierto su huida. Se los habían mandado mediante un haz estrecho y con la máxima encriptación. La corbeta había descomprimido los mensajes y los había guardado ordenados por fecha.

Clavain mordió una tostada.

—Reprodúcelos, por orden de antigüedad. Después bórralos de inmediato.

Ya había adivinado cómo serían los primeros mensajes: frenéticas órdenes del Nido Madre de dar media vuelta y regresar a casa. Al principio le concedían el beneficio de la duda, suponiendo (o fingiendo suponer) que tenía una estupenda explicación para lo que parecía un intento de deserción. Pero eran poco entusiastas. Después los mensajes abandonaron ese enfoque y simplemente comenzaron a amenazarlo.

Los misiles habían partido desde el Nido Madre, pero Clavain cambió de curso y los perdió, y supuso que eso sería todo. Una corbeta era rápida y no había nada más capaz de atraparla, a no ser que cometiera el error de adentrarse en el espacio interestelar.

Pero la siguiente serie de mensajes no provenían ni muchísimo menos del Nido Madre, sino de un ángulo ligera, pero sensiblemente apartado de su posición en unos cuantos segundos de arco, y estaban desplazados al azul de modo firme, como si se originaran en una fuente en movimiento.

Calculó su ritmo de aceleración: uno punto cinco gravedades. Introdujo los datos en su simulador táctico pero, tal como él preveía, ninguna nave con esa aceleración podría atraparlo en el espacio local. Durante unos minutos se permitió sentir alivio, mientras seguía ponderando los objetivos del perseguidor. ¿No era más que un gesto psicológico? Parecía improbable; los combinados no eran demasiado aficionados a las simples demostraciones.

—Abre los mensajes —dijo.

El formato era audiovisual. Skade apareció de pronto en la cabina, rodeada por un óvalo de fondo emborronado. La comunicación era verbal. Sabía que Clavain nunca volvería a permitirle insertar nada en su cabeza.

—Hola, Clavain —comenzó diciendo—. Por favor, escucha y presta atención. Como ya habrás deducido, te estamos persiguiendo en la Sombra Nocturna. Supondrás que no podemos atraparte ni llegar al alcance de los misiles o de un arma de haz. Esas suposiciones son incorrectas. Estamos acelerando y seguiremos aumentando nuestra aceleración a intervalos regulares. Estudia cuidadosamente la desviación Doppler de estas transmisiones, si dudas de mis palabras. La cabeza incorpórea se detuvo y desapareció.

Escaneó el siguiente mensaje que provenía de la misma fuente. Su cabecera indicaba que había sido transmitido noventa minutos después del primero. La aceleración implícita era ya de dos punto cinco gravedades.

—Clavain, ríndete ahora y te garantizo un juicio justo. No puedes vencer.

La calidad de la transmisión era mala. La acústica de su voz resultaba extraña y mecánica, y el algoritmo de compresión que estuviera usando hacía que su cabeza apareciera fija e inmóvil, y solo se movían sus ojos y su boca.

Siguiente mensaje: tres gravedades.

—Hemos vuelto a detectar el rastro de tu escape, Clavain. La temperatura y la desviación al azul de tu llama indican que estás acelerando a tu límite operativo. Quiero que sepas que nosotros ni siquiera nos aproximamos al nuestro. Esta no es la nave que conociste, Clavain, sino algo más rápido y letal. Es perfectamente capaz de interceptarte.

Aquel rostro como una máscara se contorsionó para adoptar una rígida sonrisa macabra.

—Pero todavía hay tiempo para negociar. Te dejaré escoger un punto de reunión, Clavain. No tienes más que pedirlo, y nos reuniremos bajo tus condiciones. Un planeta pequeño, un cometa, espacio abierto… me da exactamente igual.

Clavain borró el mensaje. Estaba seguro de que Skade mentía respecto a haber detectado su llama. La última parte de su declaración, la invitación a responder, no era más que un intento de que traicionara su posición al transmitir.

—Astuta, Skade —dijo—. Pero por desgracia, yo soy mucho más astuto.

A pesar de todo, se sentía preocupado. La otra nave aceleraba demasiado rápido y, aunque la desviación al azul podía ser falsa (aplicada al mensaje antes de transmitirlo), Clavain intuía que al menos a ese respecto no había ningún farol.

Iban en su busca con una nave mucho más rápida de lo que él había creído disponible, y le ganaban terreno segundo a segundo.

Clavain mordió la tostada y escuchó un rato más a Quirrenbach.