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—Reproduce el resto —indicó.

—No hay más mensajes —le respondió la corbeta.

Clavain estaba estudiando los canales de noticias cuando la corbeta le anunció la recepción de una nueva serie de mensajes. Analizó la información adicional y se fijó en que esta vez no había nada de Skade.

—Reprodúcelos —dijo con cautela.

El primer mensaje era de Remontoire. Su cabeza apareció, calva y angelical. Se movía más que Skade y en su voz había mucha más emoción. Se inclinaba hacia la lente con ojos suplicantes.

—Clavain, espero que oigas esto y reflexiones sobre ello. Si has escuchado a Skade sabrás que podemos alcanzarte. No es un truco. Me matará por lo que estoy a punto de decir, pero si te conozco algo sé que habrás dispuesto que estos mensajes sean eliminados en cuanto los reproduzcas, así que no existe peligro real de que esta información llegue a manos enemigas. Así que ahí va. Hay una maquinaria experimental en la Sombra Nocturna. Ya sabíamos que Skade estaba probando algo, pero no sabíamos el qué. Bueno, pues te lo diré. Es una máquina que suprime la masa inercial. No fingiré comprender cómo actúa, pero he visto con mis propios ojos la prueba de que funciona. Hasta la he sentido. Ya hemos subido hasta cuatro gravedades, aunque eso podrás verificarlo por tu cuenta. Antes de que pase mucho tiempo tendrás confirmación de paralaje sobre el origen de estas señales, si es que todavía no te has convencido. Lo único que digo es que es cierto, y según Skade podemos seguir suprimiendo más y más masa. —Miró fijamente a la cámara, se detuvo y prosiguió—. Podemos distinguir la llama de tu motor y estamos siguiéndola. No puedes escapar, Clavain, así que deja de correr. Como amigo tuyo, te ruego que pares. Quiero volver a verte, para charlar y reírnos juntos.

—Pasa al siguiente mensaje —interrumpió Clavain.

La corbeta le obedeció, y la imagen de Felka sustituyó a la de Remontoire. Clavain experimentó un sobresalto de sorpresa. No había tenido del todo claro quiénes lo perseguían, pero podía contar con Skade: ella se aseguraría de estar presente cuando lanzaran el misil homicida, y haría todo lo que estuviese en su mano por ser quien diera la orden. Remontoire la acompañaría por su sentido del deber hacia el Nido Madre, envalentonado por la convicción de que estaban desempeñando una tarea solemne y que solo él estaba realmente capacitado para perseguir a Clavain.

Pero, ¿y Felka? No se esperaba en absoluto verla.

—Clavain —dijo ella, con una voz que reflejaba el esfuerzo de hablar bajo cuatro gravedades—. Clavain… por favor. Van a matarte. Skade no se complicará gran cosa para capturarte con vida, por mucho que diga. Quiere enfrentarse a ti, pasarte por la cara lo que has hecho…

—¿Qué he hecho? —preguntó él a la grabación.

—… y aunque te capturará si puede, no creo que te mantenga vivo mucho tiempo. Pero si das media vuelta y te rindes, y permites que el Nido Madre sepa lo que estás haciendo, creo que puede quedar alguna esperanza. ¿Me estás escuchando, Clavain? —Se inclinó y trazó formas sobre la lente que había entre ellos, igual si estuviera cartografiando su rostro, reaprendiendo sus rasgos por milésima vez—. Quiero que vuelvas a casa sano y salvo, eso es todo. Ni siquiera me opongo a lo que has hecho. Yo también tengo mis dudas respecto a muchas cosas, Clavain, y no puedo decir que no haría… —Perdió el hilo de lo que decía y se quedó mirando a la nada, antes de que sus ojos volvieran a enfocarse—. Clavain… hay algo que debo decirte, algo que quizá podría cambiarlo todo. Nunca te he hablado antes de ello, pero creo que ahora es el momento adecuado. ¿Estoy siendo cínica? Sí, y confesa. Lo hago porque creo que podría convencerte de regresar, y no por otro motivo que ese. Espero que sepas perdonarme.

Clavain apretó un dedo contra la pared de la corbeta, lo que hizo que bajara el volumen de la música. Durante un sobrecogedor instante reinó un silencio casi absoluto. El rostro de Felka se cernía sobre él. Siguió hablando:

—Sucedió en Marte, Clavain, cuando fuiste prisionero de Galiana por primera vez. Te mantuvo allí durante meses y después te liberó. Seguro que recuerdas cómo eran entonces las cosas.

Él asintió. Desde luego que lo recordaba. ¿Qué podían suponer cuatrocientos años?

—El nido de Galiana estaba asediado por todas partes. Pero ella no pensaba rendirse. Tenía planes para el futuro, grandes planes que implicaban aumentar el número de sus discípulos. Pero el nido carecía de diversidad genética. En cuanto un ADN nuevo se ponía a su alcance, ella lo aprovechaba. Galiana y tú no hicisteis el amor en Marte, Clavain, pero a ella le fue muy fácil obtener una muestra de células sin tu conocimiento.

—¿Y entonces? —susurró él.

El mensaje de Felka prosiguió sin fisuras.

—Después de que regresaras a tu bando, Galiana recombinó tu ADN con el suyo y cosió ambas muestras. Entonces me creó a partir de esa misma información genética. Nací en un útero artificial, Clavain, pero pese a todo soy la hija de Galiana. Y también la tuya.

—Pasa al siguiente mensaje —dijo él, antes de que Felka pudiera pronunciar otra palabra. Era excesivo, demasiado intenso. No podía procesar toda la información de una sola pasada, aunque lo que le había contado no era más que lo que él siempre había sospechado y deseado.

Pero no había más mensajes.

Con temor, Clavain pidió a la corbeta que rebobinara y reprodujera la transmisión de Felka. Pero había sido demasiado concienzudo; la nave había borrado con diligencia el mensaje, y ahora todo lo que quedaba era lo que conservaba en sus recuerdos.

Se sentó en silencio. Estaba lejos de casa, lejos de sus amigos, embarcado en algo en lo que ni siquiera él estaba seguro de creer. Era muy probable que muriera pronto, sin conmemoraciones y considerado un traidor. Ni siquiera el enemigo le concedería la dignidad de recordarlo con más afecto que ese. Y ahora, encima, esto. Un mensaje que atravesaba el espacio para clavarse en sus sentimientos. Al despedirse de Felka había logrado realizar un excelente ejercicio de autoengaño: convencerse de que ya no pensaba en ella como su hija. También se lo había creído cuando llegó la hora de abandonar el Nido.

Pero ahora ella le revelaba que todo el tiempo había estado en lo cierto. Y que, si no daba media vuelta, nunca volvería a verla.

Pero no podía regresar.

Clavain lloró. No podía hacer otra cosa.

16

Thorn dio sus primeros pasos vacilantes a bordo de la Nostalgia por el Infinito. Miró a su alrededor con los ojos como platos, en un desesperado intento de no perderse ni un detalle o matiz que pudiera delatar un artificio o incluso la más mínima pista de que las cosas no eran exactamente lo que parecían. Le daba miedo hasta parpadear. ¿Y si algún error fundamental que hubiese evidenciado todo aquello como una farsa ocurría cuando tenía cerrados los ojos? ¿Y si aquellas dos mujeres esperaban a que pestañeara, como los prestidigitadores que juegan con la atención de la audiencia?

Pero no parecía haber allí engaño alguno. Aun si el trayecto en la lanzadera no lo hubiera convencido de ello (y era difícil imaginarse cómo podían haber apañado algo así), tenía la evidencia definitiva ante sus ojos.

Había viajado por el espacio. Ya no se encontraba en Resurgam, sino dentro de una colosal nave espacial, la abrazadora lumínica de la triunviro, largo tiempo perdida. Hasta la gravedad se notaba diferente.

—No podríais haber falsificado algo así… —dijo, mientras caminaba junto a sus dos compañeras—. Ni en un centenar de años. Para empezar, no viviríais lo suficiente salvo que fueseis ultras. Y en ese caso, ¿por qué ibais a necesitar fingirlo?

—Entonces, ¿estás dispuesto a creer nuestra historia? —le preguntó la inquisidora.