Выбрать главу

Estaba solo, casi en el sentido más absoluto que podía alcanzar la palabra.

Por veloz que fuese en ese momento la aceleración de la corbeta, no era nada que la nave no pudiera mantener. En pocas horas la combustión la llevaría hasta un punto del espacio que sería consistente con su última posición registrada, y con una velocidad acorde, tal como determinaría la Sombra Nocturna. Entonces el motor reduciría la potencia y retomaría un nivel de empuje compatible con la idea de que llevaba a bordo un pasajero humano. Skade volvería a detectar la llama de la corbeta, pero también vería que parpadeaba con cierta irregularidad, indicando una combustión de fusión inestable. Eso, al menos, era lo que Clavain esperaba que pensara.

Durante las últimas quince horas de vuelo, había espoleado los motores de la corbeta al máximo que podía, ignorando deliberadamente los límites de seguridad. Con todo el exceso de masa a bordo de la nave (armas, combustible, mecanismos de soporte de vida), el techo de aceleración eficaz no quedaba muy por encima de su propio límite de tolerancia fisiológica. Desde el principio, lo más sabio había consistido en acelerar todo lo que pudiera soportar, desde luego. Pero Clavain quería además que Skade creyera que estaba forzando las cosas por encima de lo aconsejable.

Sabía que debía de estar vigilando su llama, estudiándola en busca de cualquier minúsculo error por su parte. Así que había trasteado con el sistema de control del motor, y había introducido pistas de un inminente fallo. Había obligado al motor a funcionar de manera errática, cambiando de temperatura y permitiendo que las impurezas coagularan el escape, mostrando todas las señales de que estaba a punto de reventar.

Tras quince horas, había simulado una brusca parada a trompicones del motor. Skade reconocería el modo de fallo, era casi de libro de texto. Sin duda pensaría que Clavain había tenido la mala suerte de no morir en un estallido instantáneo e indoloro. Ahora tendría la oportunidad de alcanzarlo y su agonía sería mucho más prolongada. Si Skade reconocía el tipo de fallo que Clavain había tratado de simular, llegaría a la conclusión de que los mecanismos de autorreparación de la nave tardarían unas diez horas en arreglarlo. Y pese a todo, para ese modo de fallo en particular solo era posible una reparación parcial. Quizá Clavain lograra encender de nuevo la antorcha de fusión, catalizada mediante antimateria, pero el motor no volvería a funcionar a máxima potencia. En el mejor de los casos, podría exprimir seis gravedades de la corbeta, y no le sería posible mantener esa aceleración durante mucho tiempo.

En cuanto viera la llamarada de la corbeta, en cuanto reconociera el titubeo delator, Skade sabría que el éxito era suyo. Nunca deduciría que él había dedicado las diez horas de gracia no a reparar el motor defectuoso, sino a soltarse en un lugar completamente diferente. Por lo menos, Clavain confiaba en que nunca lo adivinara.

Su último movimiento había consistido en enviar un mensaje a Antoinette Bax, asegurándose de que la señal no pudiera ser interceptada por Skade ni por ninguna otra fuerza hostil. Había avisado a Antoinette de dónde estaría flotando, y le había explicado cuánto tiempo era razonable esperar que sobreviviera, equipado únicamente con un traje espacial de baja resistencia, sin sistemas sofisticados de reciclaje. Según sus propios cálculos, Antoinette podría alcanzarlo a tiempo y arrastrarlo lejos de la zona de guerra antes de que Skade tuviera la oportunidad de darse cuenta de lo que sucedía. Todo lo que Antoinette tenía que hacer era acercarse al volumen aproximado de espacio que él le había indicado y barrerlo con su radar, y antes o después se toparía con su silueta.

Pero solo disponía de una ventana de oportunidad. Solo tenía una posibilidad de convencerla, y ella habría de ponerse en marcha de inmediato. Si optaba por pedirle una confirmación o aguardaba un par de días sin decidir qué hacer, Clavain estaba muerto.

Se encontraba por completo en sus manos.

Clavain hizo lo que pudo por ampliar la autonomía del traje. Activó unas rutinas neuronales raramente usadas que le permitían ralentizar su propio metabolismo, de modo que usara tan poco aire y energía como fuera posible. No había ningún motivo para permanecer consciente; no le proporcionaba otra cosa que la oportunidad de reflexionar de modo inacabable sobre si iba a vivir o a morir.

A la deriva y solo en el espacio, Clavain se dispuso a hundirse en la inconsciencia. Pensó en Felka, a la que no creía probable volver a ver nunca, y caviló sobre su mensaje. No sabía si prefería que fuese cierto o que no. Confió además en que Felka encontrara algún modo de perdonarle la deserción, que no lo odiara por ello y que no la molestara el hecho de que siguiera adelante a pesar de su súplica.

Mucho tiempo atrás también había desertado para pasarse al bando de los combinados, porque había considerado que era lo más adecuado bajo aquellas circunstancias. Casi no había tenido tiempo para planear su deserción ni valorar si era correcta o no. El momento en que tenía que tomar la decisión se había presentado de pronto, y supo que no tenía vuelta atrás.

En la actualidad ocurría lo mismo. El momento se había presentado solo… y lo había aprovechado, plenamente consciente de las consecuencias y a sabiendas de que podía estar equivocándose, que sus miedos resultaran carecer de fundamento o ser fruto de la imaginación paranoica de un hombre viejo, muy viejo. Pero sabía que debía hacerlo.

Sospechaba que para él las cosas siempre habían sido así.

Recordó cuando yacía bajo los cascotes derruidos, en una bolsa de aire bajo un edificio derrumbado de Marte. Sucedió unos cuatro meses estándares después de la campaña de la elevación de Tarsis. Se acordó del gato con la columna rota al que había mantenido con vida, y cómo había compartido sus raciones con el animal herido incluso cuando la sed parecía un ácido que le deshacía la boca y la garganta, hasta cuando el hambre había sido peor, mucho peor que el dolor de sus heridas. Recordó que el gato había muerto poco después de que los rescataran a ambos de los escombros, y se preguntó si no habría sido para él más bondadoso morir antes, y no ver prolongada su dolorosa existencia unos cuantos días más. Y aun así, sabía que si le ocurriera otra vez lo mismo, volvería a mantener vivo al gato, sin importar lo vano que fuese el gesto. No se debía solo a que mantener con vida al gato le había proporcionado algo en lo que concentrarse aparte de su propia incomodidad y su miedo. Había algo más, aunque no le era fácil decir qué. Pero tenía la sensación de que era el mismo impulso que lo empujaba hacia Yellowstone, el mismo impulso que le había hecho buscar la ayuda de Antoinette Bax.

Solo y asustado, lejos de cualquier mundo, Nevil Clavain cayó en la inconsciencia.

17

Las dos mujeres condujeron a Thorn hasta una sala del interior de la Nostalgia por el Infinito. La pieza central de la habitación era un enorme aparato visualizador, colocado en medio de la cámara como un solitario y grotesco globo ocular. Thorn tuvo la irremediable sensación de ser analizado intensamente, como si no solo el ojo, sino toda la esencia de la nave lo estudiara con enorme interés, como un búho, y no poca malicia. Entonces comenzó a asimilar los detalles de lo que tenía delante. Por todas partes había señales de daños. Hasta el propio aparato visualizador daba la impresión de haber sido objeto de reparaciones recientes y apresuradas.

—¿Qué ha pasado aquí? —Preguntó Thorn—. Parece como si se hubiera desarrollado un tiroteo o algo así.

—Nunca lo sabremos con seguridad —respondió la inquisidora Vuilleumier—. Resulta obvio que la tripulación no permaneció tan unida como pensábamos durante la crisis Sylveste. Por las evidencias internas, parece como si se hubiese producido alguna clase de disputa entre facciones a bordo de la nave.