—Siempre habíamos sospechado algo así —añadió la otra mujer, Irina—. Evidentemente, había problemas bullendo justo bajo la superficie. Parece que lo que sucedió alrededor de Cerbero/Hades fue suficiente para hacer estallar un motín. La tripulación debió de matarse entre sí, y dejaron la nave a cargo de sí misma.
—Muy conveniente para nosotros —dijo Thorn.
Las mujeres intercambiaron miradas.
—Quizá debamos pasar al tema que nos interesa —dijo Vuilleumier.
Le pusieron una película. Era holográfica y se reprodujo en el gran ojo. Thorn supuso que era una síntesis informática preparada a partir de los datos que la nave había reunido en múltiples bandas sensoriales y puntos de vista. Lo que presentaba era una perspectiva divina, propia de un ser capaz de englobar planetas enteros y sus órbitas.
—Debo pedirte que aceptes algo —dijo Irina—. Es difícil, pero necesario.
—Dime de qué se trata —respondió Thorn.
—Toda la raza humana se halla al borde de una extinción repentina y catastrófica.
—Esa es toda una afirmación. Confío en que puedas apoyarla.
—Puedo y lo haré. El concepto esencial con el que debes quedarte es que la extinción, si ha de suceder, comenzará aquí y ahora, alrededor de Delta Pavonis. Pero esto no es más que el inicio de algo que será mucho mayor y descarnado.
Thorn no pudo evitar sonreír.
—Entonces Sylveste estaba en lo cierto, ¿es eso?
—Sylveste desconocía por completo los detalles y los riesgos que estaba asumiendo. Pero tenía razón en uno de sus postulados: creía que los amarantinos había sido aniquilados por una intervención externa, y que eso guardaba alguna relación con su repentino surgimiento como cultura que viajaba entre las estrellas.
—¿Y a nosotros nos va a suceder lo mismo?
Irina asintió.
—Parece que el mecanismo será distinto esta vez, pero los responsables son los mismos.
—¿Y de quién se trata?
—Máquinas —le explicó Irina—. Máquinas interestelares de una antigüedad inmensa. Durante millones de años se han ocultado entre las estrellas, a la espera de que una nueva cultura perturbara el gran silencio galáctico. Solo existen para detectar la aparición de la inteligencia y entonces extinguirla. Los llamamos inhibidores.
—¿Y ahora están aquí?
—Eso sugieren las pruebas.
Le enseñaron lo que había sucedido hasta el momento, cómo un escuadrón de máquinas inhibidoras había llegado hasta el sistema y se había dedicado a desmantelar tres mundos. Irina compartió con Thorn sus sospechas de que probablemente habían sido las actividades de Sylveste las que las habían atraído hasta allí, y que podían quedar todavía más oleadas que se abalanzaban sobre el sistema de Resurgam procedentes de lugares aún más lejanos, alertadas por el frente de onda expansiva de la señal, fuese cual fuese, que había activado a las primeras máquinas.
Thorn vio morir los tres planetas. Uno era un mundo metálico; los otros dos, lunas rocosas. Las máquinas se apiñaban y se multiplicaban en las superficies de las lunas, al tiempo que las cubrían con una placa de formas industriales especializadas. Desde los ecuadores, unos penachos de materia extraída eran escupidos al espacio. Las lunas estaban siendo ahuecadas como una manzana. Los penachos de material se dirigían a las fauces de tres colosales plantas de procesado que orbitaban alrededor de los cuerpos agonizantes. Desde allí brotaban unos riachuelos de materia refinada, separada según las distintas menas, isótopos y granulosidades, que avanzaban en dirección al espacio interplanetario mediante lentas parábolas arqueadas.
—Eso solo fue el principio —dijo Vuilleumier.
Le mostraron entonces cómo los ríos de materia provenientes de las tres lunas desmanteladas convergían sobre un punto común del espacio. Era un lugar situado en la órbita del mayor gigante gaseoso del sistema, el cual llegaría allí justo en el mismo momento exacto que las tres corrientes de materia.
—Fue entonces cuando nuestro interés pasó al gigante —dijo Irina.
Las máquinas inhibidoras eran terriblemente difíciles de detectar. Solo con un gran esfuerzo habían logrado distinguir la presencia de otro enjambre de máquinas alrededor del gigante, en este caso más reducido. Durante mucho tiempo no habían hecho otra cosa que esperar, preparadas para la llegada de los hilos de masa, los cien trillones de toneladas de material sin tratar.
—No lo comprendo —dijo Thorn—. Ya hay un montón de lunas alrededor del gigante gaseoso. ¿Por qué tenían que complicarse en desmantelar satélites de otros sitios, si luego los iban a necesitar allí?
—Esos satélites no son del tipo adecuado —dijo Irina—. La mayoría de las lunas alrededor del gigante no son más que pelotas de hielo, minúsculos núcleos rocosos rodeados de volátiles congelados o en estado líquido. Necesitaban desgajar núcleos metálicos, y eso significaba buscar un poco más lejos.
—¿Y ahora qué van a hacer?
—Pues parece que fabricar otra cosa —dijo Irina—. Algo muy grande. Algo que necesita cien trillones de toneladas de materia prima. Thorn devolvió su atención al ojo.
—¿Cuándo comenzó esto? ¿Cuánto hace que los hilos de materia alcanzaron Roc?
—Hace tres semanas. La cosa, sea lo que sea, está comenzando a tomar forma. —Irina tecleó en un brazalete que llevaba en la muñeca, lo que hizo que el ojo realizara un zoom sobre la vecindad del gigante.
La mayor parte del planeta permanecía en sombra. Por encima de la zona iluminada (un creciente de color hueso atravesado por pálidas franjas de ocre y beige) colgaba algo, un filamento con forma de arco que debía de cubrir muchos miles de kilómetros de un extremo al otro. Irina se aproximó más, hacia el centro del arco.
—Por lo que podemos deducir, se trata de un objeto sólido —explicó Vuilleumier—. Un arco de círculo de cien mil kilómetros de radio. Está en órbita ecuatorial alrededor del planeta, y sus extremos siguen creciendo.
Irina volvió a acercar la imagen y enfocó justo en el punto medio del arco, cada vez mayor. Aparecía allí una hinchazón, que con aquella resolución apenas era una mancha de forma romboidal. Tocó unos cuantos controles más desde su brazalete, y el borrón se aclaró y expandió hasta ocupar todo el volumen de visualización.
—Era, de hecho, una antigua luna —explicó Irina—, una bola de hielo de unos cuantos cientos de kilómetros de punta a punta. Circundaron la órbita por encima del ecuador en pocos días, sin que la luna se desgajara por culpa de las tensiones dinámicas. Entonces las máquinas construyeron unas estructuras dentro; debemos suponer que se trata de un equipo adicional de procesamiento. Uno de los hilos de materia cae sobre la luna aquí, por esta estructura con forma de boca. Me temo que no podemos hacer conjeturas sobre lo que sucede en el interior. Todo lo que sabemos es que dos estructuras tubulares están brotando de cada extremo de la luna, a proa y a popa de su movimiento orbital. A esta escala parecen bigotes, pero en realidad los tubos tienen sus buenos quince kilómetros de grosor. Ahora mismo se extienden setenta mil kilómetros a cada lado de la luna, y crecen en longitud a un ritmo de doscientos ochenta kilómetros cada hora.
Irina asintió, sin dejar de fijarse en la evidente incredulidad de Thorn.
—Sí, los datos son correctos. Lo que ves aquí ha sido construido en los últimos diez días estándares. Nos enfrentamos a una capacidad industrial que no se parece a nada conocido, Thorn. Nuestras máquinas pueden convertir un pequeño asteroide metalífero en una nave espacial en pocos días, pero hasta eso parece increíblemente lento en comparación con los procesos de los inhibidores.
—Diez días para crear ese arco. —A Thorn se le erizaban los pelillos de la nuca, para su vergüenza—. ¿Creéis que seguirán incrementándolo hasta que los extremos se junten?