—Parece probable. Si los extremos han de formar un anillo, se encontrarán en algo menos de noventa días.
—¡Tres meses! Tienes razón, nosotros no podríamos hacer algo así. Nunca hubiéramos podido, ni siquiera durante la Belle Époque. Pero, ¿por qué? ¿Por qué trazan un anillo alrededor del gigante gaseoso?
—No lo sabemos… todavía. Pero hay más. —Irina hizo un gesto en dirección al ojo—. ¿Continuamos?
—Enseñádmelo —dijo Thorn—. Quiero verlo todo.
—No te va a gustar.
Le mostró el resto y le explicó cómo los tres ríos de materia individuales habían seguido trayectorias casi balísticas desde sus puntos de origen, como hileras de guijarros arrojados en precisa formación. Pero cerca del gigante gaseoso eran reorganizados de manera escrupulosa, conducidos y frenados por máquinas demasiado pequeñas como para poder verlas, pero que los obligaban a curvarse de manera brusca y dirigirse hacia el centro de construcción que les correspondiera. Un hilo se derramaba sobre la boca de la luna que estaba extrudiendo los bigotes, mientras que los otros dos se zambullían en estructuras similares, también con forma de fauces y situadas en otras dos lunas. Ambas habían descendido hasta órbitas situadas justo por encima de la capa de nubes, muy por debajo del radio en el cual ya deberían haberse hecho pedazos por efecto de las fuerzas de marea.
—¿Qué están haciendo en las otras dos lunas? —preguntó Thorn.
—Pues parece que otra cosa —dijo Irina—. Mira, echa un vistazo. A ver si tú eres capaz de sacar una interpretación mejor que la nuestra.
Era difícil adivinar qué estaba pasando con exactitud. Había un hilo de materia que emergía de cada una de las dos lunas bajas, eyectado hacia popa, en sentido contrario al movimiento orbital. Los bigotes parecían tener aproximadamente el mismo tamaño que el arco que construían desde la luna superior, pero estos seguían cada uno su propia curva sinuosa y serpenteante, que partía de una tangente al movimiento orbital y que los conducían hasta la propia atmósfera, como enormes cables de telégrafo que un barco fuera desenrollando sobre el fondo del mar. Justo detrás de cada punto de impacto de los tubos surgía una estela, de muchos miles de kilómetros de largo, en la que la atmósfera aparecía agitada y arremolinada.
—Por lo que hemos podido ver, no vuelven a salir —dijo Vuilleumier.
—¿A qué velocidad se hunden?
—No nos es posible saberlo. No existen puntos de referencia en los tubos en sí, por lo que no podemos calcular la velocidad a la que surgen de las lunas. Y no hay modo de obtener una medición Doppler, al menos no sin revelar nuestras intenciones. Pero sabemos que el flujo de materia que cae a cada una de las tres lunas es prácticamente el mismo, y que todos los tubos tienen más o menos el mismo grosor.
—Entonces es plausible pensar que lo están introduciendo en la atmósfera a la misma velocidad que crece el arco, ¿no es eso? Doscientos ochenta kilómetros por hora, o algo parecido. —Thorn miró a las dos mujeres, buscando pistas en sus rostros—. Y ahora, ¿alguna idea?
—No sabemos ni por dónde empezar a adivinarlo —dijo Irina.
—Pero no creéis que sean buenas noticias, ¿verdad?
—No, Thorn, no lo creemos. Lo que yo supongo, sinceramente, es que lo que está sucediendo ahí abajo es parte de algo aún más grande.
—¿Y ese algo implica que hemos de evacuar Resurgam?
Ella asintió.
—Todavía tenemos tiempo, Thorn. El arco exterior no estará terminado hasta dentro de ochenta días, y parece poco probable que suceda algo catastrófico inmediatamente después. Lo más seguro es que dé comienzo otro proceso, algo que podría tardar en completarse tanto como la construcción de los arcos. Puede que dispongamos de muchos meses antes de eso.
—Pero hablamos de meses, no de años.
—Solo necesitamos seis meses para evacuar Resurgam.
Thorn recordó los cálculos que le habían presentado, la árida aritmética de los vuelos en lanzadera y su capacidad de pasajeros. Se podía hacer en seis meses, sí, pero solo si se sacaba el factor humano de las ecuaciones. La gente no se comportaba como la carga de mercancías. En especial, no la gente que había sido intimidada y amenazada por un régimen opresor durante las cinco décadas previas.
—¿No me dijisteis antes que podíamos disponer de unos cuantos años para lograrlo?
Vuilleumier sonrió.
—Hemos contado unas cuantas mentiras piadosas, eso es todo.
Luego, tras lo que le pareció una ruta innecesariamente tortuosa para atravesar la nave, las mujeres condujeron a Thorn para que viera una profunda y oscura bodega de carga donde aguardaban numerosas naves de menor tamaño. Se trataba de lanzaderas transatmosféricas y de transportes internaves que colgaban de sus rejas de estacionamiento, similares a tiburones de piel muy lisa o a hinchados chiribicos con espinas. La mayor parte de las naves eran demasiado pequeñas para ser de utilidad alguna en el plan de evacuación propuesto, pero Thorn no podía negar que la vista era impresionante.
Hasta lo ayudaron a colocarse un traje espacial con un propulsor a la espalda para que pudiera acompañarlas en una visita guiada por la propia cámara, para inspeccionar las naves que sacarían a la gente de Resurgam y la trasladarían a través del espacio hasta la propia Nostalgia por el Infinito. Si albergaba aún alguna sospecha de que algo de todo aquello era una farsa, en esos momentos terminó de descartarla. La cruda vastedad de la sala y la imponente realidad de las naves aplastaba cualquier posible recelo que pudiera rondarle todavía, al menos en lo concerniente a la existencia de la Infinito.
Y pese a todo… Había visto la nave con sus propios ojos, había caminado por ella y había percibido la sutil diferencia de su gravedad artificial, generada por la rotación, respecto al peso que había conocido toda su vida sobre Resurgam. La nave no podía ser un engaño, y les hubiera supuesto un esfuerzo increíble fingir que la bodega estaba llena de naves más pequeñas. Pero, ¿y la amenaza en sí? Ahí se venía todo abajo. Le habían enseñado mucho, pero no lo suficiente. Todo lo concerniente a la amenaza sobre Resurgam se lo habían mostrado de segunda mano. No había visto nada con sus propios ojos.
Thorn era un hombre que necesitaba ver las cosas por sí mismo. Podría pedirle a cualquiera de las dos mujeres que le proporcionara más pruebas, pero eso no resolvería nada. Aunque lo sacaran de la nave y le permitieran mirar a través de un telescopio apuntado al gigante gaseoso, no tenía modo de estar seguro de que la escena no estuviera amañada de alguna forma. Aunque le dejaran mirar el gigante con sus propios ojos y le dijeran que el punto de luz que veía era de algún modo diferente por culpa de las actividades de las máquinas, seguiría teniendo que aceptarlo.
Y no era un hombre que aceptara las cosas tal como se las presentaban.
—¿Y bien, Thorn? —Dijo Vuilleumier, mientras lo ayudaba a quitarse el traje—. Supongo que ya has visto lo bastante como para aceptar que no estamos mintiendo. Cuanto antes te devolvamos a Resurgam, antes podremos poner en marcha el éxodo. El tiempo es oro, como ya dijimos.
Él asintió en dirección a aquella mujer pequeña y de aspecto peligroso, con ojos de color humo.
—Tienes razón, admito que me habéis mostrado muchas cosas. Lo suficiente para estar seguro de que no me mentís en todo esto.
—Estupendo, pues.
—Pero eso no es suficiente.
—¿No?
—Me pedís que arriesgue demasiado como para aceptar una parte de palabra, inquisidora.
Había hielo en su voz cuando respondió:
—Ya has visto tu dossier, Thorn. Hay bastante para enviarte a los amarantinos.