Y eso todavía no era nada comparado con la inminente Guerra del Amanecer.
Pues la galaxia (en cuanto a que era una máquina de fabricar metales y por lo tanto una química compleja, ya partir de esta la vida) se podría considerar también una máquina de provocar guerras. No había nichos estables en el disco galáctico, y en la escala temporal relevante para las superculturas galácticas, el entorno estaba cambiando constantemente. La rueda de la historia galáctica las empujaba a un conflicto constante contra otras culturas, tanto nuevas como antiguas.
Así pues, llegó la guerra que acabaría con todas las guerras, la guerra que puso fin a la primera fase de la historia galáctica y que, con el tiempo, llegaría a ser conocida como la Guerra del Amanecer, porque había sucedido en el pasado distante.
Los inhibidores recordaban poca cosa de la guerra en sí. Su propia historia resultaba caótica, embarullada y casi con toda seguridad había estado sujeta a burdas manipulaciones retroactivas. No podían estar seguros de qué datos estaban documentados y cuáles eran pura ficción que alguna encarnación previa de sí mismos había fabricado con el objetivo de la propaganda interespecies. Era probable que en el pasado fueran animales terrestres orgánicos, con médula espinal y sangre caliente, y con mentes bicamerales. La tenue sombra de ese posible pasado podía distinguirse aún en sus arquitecturas cibernéticas.
Durante largo tiempo se habían aferrado a lo orgánico. Pero a partir de cierto punto, su parte mecánica había pasado a ser dominante y se habían deshecho de sus antiguas formas. Como máquinas inteligentes surcaron la galaxia. El recuerdo de haber morado en planetas se hizo cada vez más débil y después fue borrado del todo, pues no tenía más relevancia que la memoria de vivir en los árboles.
Lo único que importaba era la gran misión.
Después de asegurarse de que Remontoire y Felka eran conscientes de que se había alcanzado el objetivo de la misión, Skade regresó a sus dependencias e hizo que la armadura devolviera su cabeza al pedestal. Descubrió que sus pensamientos adoptaban una textura distinta cuando estaba sésil. Tenía algo que ver con las ligeras diferencias entre los sistemas de recirculación sanguínea, en los sutiles matices de los neuroquímicos. Sobre el pedestal se sentía tranquila y concentrada hacia su propio interior, abierta a la presencia que siempre llevaba consigo.
[¿Skade?]. La voz del Consejo Nocturno era aguda, casi infantil, pero era imposible no prestarle atención. Skade había llegado a saberlo bien.
Aquí estoy.
[¿Consideras que has tenido éxito, Skade?].
Así es.
[Cuéntanos, Skade].
Clavain ha muerto. Nuestros misiles lo alcanzaron. Aún falta por confirmar su fallecimiento… pero estoy segura de ello.
[¿Murió bien, en el sentido romano?].
No se rindió. Siguió huyendo todo el tiempo, aunque debería haber sabido que no iba a llegar muy lejos con los motores dañados.
[No pensábamos que fuera a rendirse en ningún momento, Skade. Aun así, ha sido rápido. Has actuado bien, Skade. Estamos satisfechos. Más que eso].
Skade hubiera deseado asentir, pero el pedestal se lo impedía.
Gracias.
El Consejo Nocturno le concedió un rato para reorganizar sus pensamientos. Nunca se olvidaba de ella y siempre se mostraba paciente. En más de una ocasión, la voz le había indicado a Skade que la tenían en tan alta estima como a cualquiera de los pocos miembros de la élite, quizá incluso más. La relación, al menos desde el punto de vista de Skade, se parecía a la que pudiera existir entre un profesor y una pupila dotada, entusiasta e inquisitiva.
Skade no solía preguntarse de dónde provenía la voz o a quién representaba exactamente. El Consejo Nocturno le había advertido contra profundizar en tales temas, por miedo a que sus pensamientos fueran interceptados por otros.
Skade acabó por recordar cuando el Consejo Nocturno se había dado a conocer a ella por vez primera y le había revelado parte de su naturaleza.
[Somos un grupo selecto de combinados], le había contado, [un Consejo Cerrado tan secreto y superseguro que nuestra existencia no es conocida, y ni siquiera sospechada, por los miembros más ancianos y ortodoxos del consejo. Estamos por encima del Sanctasanctórum, aunque este es, a veces, nuestro agente involuntario, nuestra marioneta en los asuntos más amplios de los combinados. Pero no estamos dentro de él; nuestra relación con esos otros comités solo se puede expresar mediante el lenguaje matemático de la intersección de grupos. Los detalles no deberían preocuparte, Skade].
La voz había proseguido explicándole que había sido seleccionada. Se había comportado de manera excelente en la operación más peligrosa que habían llevado a cabo los combinados en épocas recientes, una misión encubierta de incursión en Ciudad Abismo para recuperar unos elementos clave, esenciales para el programa tecnológico de supresión de la inercia. Nadie había logrado salir vivo, salvo Skade.
[Actuaste bien. Nuestra mirada colectiva ya te había seguido durante cierto tiempo, Skade, pero esa fue tu oportunidad de destacar, y no escapó a nuestra atención. Por eso nos hemos revelado ante ti, porque eres de la clase de combinada capaz de medirse a la difícil tarea que nos aguarda. No es una lisonja, Skade, sino la simple constatación de los hechos].
Era cierto que ella había sido la única superviviente de la operación de Ciudad Abismo. Inevitablemente, le habían borrado de la memoria los detalles exactos del trabajo, pero sabía que había sido una peligrosa aventura de alto riesgo que no se había desarrollado según los planes del Consejo Cerrado.
A menudo surgía una paradoja en las operaciones combinadas. No se podía permitir que las tropas que podían ser desplegadas en los frentes de batalla, dentro de los volúmenes en disputa, poseyeran información delicada en sus cabezas. Pero los reconocimientos profundos, las incursiones encubiertas en espacio enemigo eran un asunto bien distinto. Se trataba de operaciones muy delicadas que exigían combinados expertos. Más aún, requerían el uso de agentes que estuviera bien preparados para tolerar quedar aislados de sus compañeros. Los individuos que pudieran trabajar solos y muy por detrás de las líneas enemigas eran escasos, y los demás los trataban con ambivalencia. Clavain era uno de ellos.
Skade, otra.
Después de regresar al Nido Madre, la voz entró en su cráneo por primera vez. Le había avisado de que no debía hablar con nadie de la materia.
[Valoramos nuestro secreto, Skade. Lo protegeremos a cualquier coste. Sírvenos y contribuirás al mayor bien del Nido Madre. Pero traiciónanos, aunque sea de modo involuntario, y nos veremos obligados a silenciarte. No nos gustará, pero se hará].
¿Soy la primera?
[No, Skade, hay otros como tú. Pero nunca sabrás quiénes son. Esa es nuestra voluntad].
¿Qué queréis de mí?
[Nada, Skade. Por ahora. Pero tendrás noticias nuestras cuando te necesitemos].
Y así había sido. Con los meses (y después con los años) que vinieron a continuación, llegó a asumir que la voz había sido ilusoria, sin importar lo real que le había parecido en su momento. Pero el Consejo Nocturno había regresado en un momento de tranquilidad y había comenzado su orientación. Al principio la voz no le pidió gran cosa; básicamente acción por omisión. Pareció que el ascenso de Skade al Consejo Cerrado obedecía a sus propios méritos, y no a la intervención de la voz. Y, después, lo mismo se pudo decir de su admisión en el Sanctasanctórum.