—Deducirá lo que has hecho —zanjó Antoinette.
Clavain volvió a asentir.
—Pero ya he tenido eso en cuenta. A Skade le llevará un tiempo realizar una búsqueda concienzuda. Todavía tenéis la posibilidad de regresar a espacio neutral, pero solo si ponéis rumbo a casa de inmediato.
—¿Tan ansioso estás de llegar al Cinturón Oxidado, Clavain? —preguntó Antoinette—. Te van a comer vivo, tanto la convención como los zombis.
—Nadie dijo que desertar fuera una actividad exenta de riesgos.
—Ya desertaste una vez, ¿verdad? —preguntó Antoinette.
Clavain agarró su casco a la deriva y lo ató a su cinto mediante el lazo de la barbilla.
—Una vez. Fue hace mucho tiempo, probablemente un poco antes de que tú vinieras al mundo.
—Como unos cuatrocientos años antes de que yo viniera al mundo.
Clavain se rascó la barba.
—Más o menos.
—Entonces sí eres tú. O tú eres él.
—¿Él?
—El Clavain. El histórico, el que todo el mundo dice que ya tendría que estar muerto. El Carnicero de Tarsis.
Clavain sonrió.
—Por mis pecados.
18
Thorn flotaba sobre un planeta que estaba siendo dispuesto para morir. Habían cubierto el trayecto desde la Nostalgia por el Infinito en una de las naves más pequeñas y ágiles que las dos mujeres le habían mostrado en el enorme hangar. La nave era una lanzadera entre superficie y órbita para dos ocupantes, con forma de cabeza de cobra y un ala parecida a una capucha que se curvaba suavemente hasta fusionarse con el fuselaje. Las ventanillas panorámicas de la cabina se situaban a cada lado del casco, como ojos de serpiente. La curva de la panza estaba llena de una especie de sarpullidos y verrugas; eran sensores y vainas adheridas que Thorn tomó por diversos tipos de armas. Dos bocas de haces de partículas asomaban por la parte delantera como colmillos venenosos girados, y toda la piel de la nave estaba recorrida por un mosaico de escamas irregulares de armadura cerámica que brillaba con tonos verdes y negros.
—¿Esto nos servirá para ir hasta allí y volver? —había preguntado él.
—Lo hará —fue la respuesta de Vuilleumier—. Es la nave más rápida de las que hay aquí, y probablemente la que deje la menor huella en los sensores. Pero la armadura es ligera y las armas están más para fardar que otra cosa. Si quieres algo mejor protegido, dilo. Pero luego no te quejes si es lento y lo rastrean con facilidad.
—Dejaré que escojáis vosotras.
—Esto es una insensatez, Thorn. Todavía hay tiempo de echarse atrás.
—No es cuestión de ser insensatos o no, inquisidora. —No podía librarse de la costumbre de dirigirse a ella de ese modo—. Sencillamente, no cooperaré hasta que sepa que la amenaza es real. Hasta que sea capaz de comprobarlo por mi cuenta, con mis propios ojos, y no a través de una pantalla, no podré confiar en vosotras.
—¿Por qué íbamos a mentirte?
—No lo sé, pero me parece que lo estáis haciendo. —La estudió cuidadosamente. Sus ojos se encontraron y él sostuvo su mirada durante unos instantes más de lo que resultaba cómodo—. Acerca de algo. No estoy seguro de qué, pero ninguna de las dos está siendo por completo sincera conmigo. Aunque a veces sí lo sois, y esa es la parte que no acabo de comprender.
—Todo lo que queremos es salvar a la gente de Resurgam.
—Lo sé. Esa parte me la creo, de veras.
Tomaron la nave con cabeza de ofidio y dejaron a Irina atrás, a bordo de la nave nodriza. La partida había sido rápida y, aunque lo intentó, Thorn no pudo echar una mirada atrás. Todavía no había visto la Nostalgia por el Infinito desde fuera, ni siguiera cuando se habían aproximado desde Resurgam. Se preguntaba por qué aquellas dos iban a tomarse tantas molestias en ocultar la parte exterior de su nave. Quizá solo era su imaginación, y disfrutaría de esa vista a su regreso.
—Puedes llevar tú mismo la nave —le había dicho Irina—. No necesita pilotaje. Podemos programar la trayectoria hasta allí y dejar que el automático maneje cualquier contingencia. Solo dinos cuánto quieres acercarte a los inhibidores.
—No tiene por qué ser demasiado. Unas cuantas decenas de miles de kilómetros debería resultar suficiente. A esa distancia podré ver el arco, si es lo bastante brillante, y probablemente los tubos que están volcándose sobre la atmósfera. Pero no voy a ir solo ahí fuera. Si me necesitáis tanto, una de vosotras puede acompañarme. Así sabré de verdad que no se trata de una trampa, ¿no creéis?
—Yo iré con él —se ofreció Vuilleumier.
Irina se encogió de hombros.
—Ha sido bonito conoceros.
El viaje de ida había transcurrido sin incidentes. Al igual que en el trayecto desde Resurgam, se habían pasado la parte aburrida dormidos (no en sueño frigorífico, sino en un coma sin sueños inducido mediante drogas).
Vuilleumier no hizo que se despertaran hasta encontrarse a menos de medio segundo luz del gigante. Thorn se desperezó con una vaga sensación de irritación, un mal sabor de boca y diversos dolores y molestias en lugares donde antes no notaba nada.
—Bueno, Thorn, la buena noticia es que todavía seguimos vivos. O bien los inhibidores no saben que estamos aquí, o sencillamente les da igual.
—¿Por qué les iba a dar igual?
—Por experiencia, ya deben de saber que no podemos ofrecer ninguna auténtica resistencia. En poco tiempo estaremos todos muertos, así que, ¿por qué iban a preocuparse en estos momentos de una o dos personas?
Él frunció el ceño.
—¿Experiencia?
—Está en su memoria colectiva, Thorn. No somos la primera especie a la que le hacen esto. Su índice de éxito debe de ser bastante alto, o de lo contrario habrían cambiado de estrategia.
Estaban en caída libre. Thorn se desenganchó del asiento, apartó a un lado la red de aceleración y se impulsó con las piernas hasta una de las ventanas con forma de arpilleras. Ya se sentía un poco mejor. Podía ver con mucha claridad el gigante gaseoso, y no parecía en absoluto un planeta con buena salud.
Lo primero en lo que se fijó fueron los tres grandes chorros de materia, que se curvaban provenientes de otra región del sistema. Centelleaban débilmente bajo la luz de Delta Pavonis, delgados lazos de gris traslúcido como enormes pinceladas fantasmagóricas pintarrajeadas en el cielo, planas respecto a la eclíptica y que se alejaban hasta el infinito. El flujo de materia en los chorros resultaba tangible cuando alguno de los pedruscos atrapaba durante un instante el brillo del sol. Era un gusano finamente granulado que a Thorn le recordó a las mansas corrientes de un río a punto de congelarse. La materia viajaba a cientos de kilómetros por segundo, pero la absoluta inmensidad de la escena lograba que incluso esa velocidad resultara lenta. Los propios chorros tenían muchos, muchos kilómetros de ancho. Eran, imaginó, como anillos planetarios que hubieran acabado por desenrollarse.