Siguió con la mirada los chorros hasta su extremo. Cerca del gigante gaseoso, las suaves curvas geométricas, los arcos que describían esas trayectorias orbitales, se desviaban en bruscas horquillas y codos. Los meandros eran redirigidos hacia unas lunas específicas, como si el artista que pintaba esas elegantes franjas se hubiera sobresaltado en el último momento. La orientación de las lunas respecto a los flujos de llegada cambiaba a cada momento, desde luego, así que la geometría de los chorros estaba sujeta a continuas revisiones. De vez en cuando uno de los ríos tenía que frenarse, y el flujo se detenía mientras otro se cruzaba con él. O quizá lo hacían mediante una asombrosa sincronización, de modo que los chorros pasaban uno a través del otro sin que ninguna de las masas que los constituían llegaran a colisionar.
—No sabemos cómo los controlan de esa manera —le dijo Vuilleumier, en voz baja y con tono confidencial—. Esos chorros tienen un momento enorme, son flujos de materia de miles de millones de toneladas por segundo. Y, pese a todo, modifican fácilmente su dirección. Puede que tengan instalados ahí pequeños agujeros negros, para poder girar los chorros a su alrededor. En todo caso, eso es lo que cree Irina. Te puedo asegurar que a mime pone los pelos de punta. Aunque también le he oído decir que tal vez sean capaces de desactivar la inercia cuando lo necesitan, para poder reconducir los chorros de esa forma.
—Eso no suena mucho más alentador que la primera idea.
—No, en efecto. Pero aunque puedan hacer algo así con la inercia o fabricar agujeros negros a voluntad, obviamente no les es posible realizarlo a gran escala o de lo contrario ya estaríamos muertos. Tienen sus limitaciones. Debemos creer en ello.
Las lunas, de unas cuantas decenas de kilómetros de diámetro, eran visibles como prietos bultos de luz, púas al extremo de los chorros que caían. La materia se vertía sobre cada satélite a través de una abertura con forma de boca, perpendicular al plano de movimiento orbital. Por lógica, un flujo así de masa sin contrarrestar tendría que haber arrojado cada luna a una nueva órbita. Pero no sucedía nada parecido, lo que sugería, una vez más, que las leyes habituales de conservación del momento estaban siendo suprimidas, ignoradas o frenadas hasta una fase posterior.
La luna más externa tendía el arco que finalmente rodearía el gigante gaseoso. Cuando Thorn lo había contemplado en la Nostalgia por el Infinito, era todavía posible creer que no tenían pensado cerrarlo, pero ya no cabía albergar esa esperanza. Los extremos seguían alejándose de la luna y el tubo era extrudido a un ritmo de mil kilómetros cada cuatro horas. Surgía a tanta velocidad como un tren expreso, una avalancha de materia superorganizada.
No era magia, solo tecnología. Thorn se recordó a sí mismo que así era, por muy difícil de creer que le resultase. Dentro de la luna, unos mecanismos ocultos bajo la corteza helada procesaban la materia entrante a velocidad diabólica, forjando los impensables componentes que formaban aquel tubo de trece kilómetros de ancho. Las dos mujeres no habían hecho conjeturas (al menos no delante de él) referentes a si el tubo era sólido, hueco o lleno de veloces mecanismos alienígenas.
Pero no era magia. Puede que las leyes físicas, tal como Thorn las entendía, se deshicieran como golosinas en la vecindad de las máquinas inhibidoras, pero eso solo se debía a que no eran unas leyes tan definitivas como daba la impresión, sino meras normas o regulaciones que se seguían la mayor parte del tiempo pero que podían romperse bajo coacción. Y a pesar de todo, los inhibidores estaban hasta cierto punto limitados. Podían hacer maravillas, pero no lo imposible. Por ejemplo, necesitaban materia. Podían trabajar a una velocidad asombrosa pero, a juzgar por las evidencias recopiladas hasta el momento, no eran capaces de sacarla de la nada. Había sido necesario hacer añicos tres mundos enteros para poner en marcha aquel averno de creatividad.
Y fuese lo que fuese lo que estaban haciendo, a pesar de lo vasto que resultaba, obviamente era también lento. El arco tenía que crecer alrededor del planeta a unos «simples» doscientos ochenta metros por segundo, no lo podían crear al instante. Las máquinas eran poderosas, pero no omnipotentes.
Thorn llegó a la conclusión de que ese era todo el consuelo que iban a obtener.
Devolvió su atención a las dos lunas inferiores. Los inhibidores las habían desplazado hasta órbitas perfectamente circulares situadas justo por encima de la capa de nubes. Sus órbitas se intersectaban de forma periódica, pero el lento y diligente despliegue del cable no cesaba.
Aquella parte del proceso resultaba mucho más clara desde allí. Thorn podía ver las elegantes curvas de los tubos extrudidos, que brotaban rectos de la cara posterior de cada luna antes de doblarse hacia abajo rumbo a la cubierta de nubes. Varios miles de kilómetros por detrás de cada luna, los conductos se zambullían en la atmósfera como jeringuillas. Los tubos se movían a velocidad orbital (muchos kilómetros por segundo) cuando tocaban el aire, y dejaban grabadas furiosas marcas de zarpas en la atmósfera. Justo debajo del rastro de cada luna se extendía una estrecha franja de color rojo orín que daba dos o tres vueltas alrededor del planeta, cada pasada separada de las anteriores por culpa de la rotación del gigante gaseoso. Las dos lunas grababan un complejo diagrama geométrico sobre las cambiantes nubes, un patrón que recordaba a un extravagante floreo caligráfico. En cierto sentido, Thorn apreciaba su belleza, aunque era al tiempo nauseabundo. Sin duda, al planeta le iba a suceder algo atroz y definitivo. Aquellos mensajes manuscritos eran complejos ritos funerarios para un mundo que agonizaba.
—Asumo que ya nos crees —dijo Vuilleumier.
—Me siento inclinado a ello —respondió Thorn. Tamborileó en la ventanilla—. Supongo que esto podría no ser cristal, como parece, sino una pantalla tridimensional… pero no creo que deba presumir tanta inventiva por vuestra parte. Aunque saliera al exterior y lo viera por mí mismo, tampoco estaría seguro de que la visera fuese de cristal.
—Eres un hombre muy desconfiado.
—He aprendido que es útil para salvar el pellejo. —Thorn regresó a su asiento, ya había visto suficiente por el momento—. De acuerdo, siguiente pregunta. ¿Qué está pasando ahí abajo? ¿Qué tienen planeado?
—No es necesario que lo sepamos, Thorn. El hecho de que va a ocurrir algo malo ya es información suficiente.
—No para mí.
—Esas máquinas… —Vuilleumier hizo un gesto en dirección a la ventanilla—. Sabemos lo que hacen, pero no cómo. Aniquilan culturas de forma lenta y meticulosa. Sylveste las atrajo hasta aquí, quizá involuntariamente, aunque yo no daría nada por hecho en lo que concierne a ese cabrón, y han venido a cumplir su trabajo. Eso es todo lo que necesitamos saber, tú incluido. Tenemos que sacar a todo el mundo de Resurgam lo antes posible.
—Si esas máquinas son tan eficientes como decís, eso no nos servirá de gran cosa, ¿verdad?
—Ganaremos tiempo —respondió ella—. Y no solo eso. Las máquinas son eficientes, pero no tanto como antaño.
—Pero si me has contado que son máquinas autorreplicantes. ¿Por qué iban a volverse menos eficientes? Si acaso, deberían ser cada vez más listas y rápidas, gracias a todo lo que van aprendiendo.
—Su hipotético creador no quería que se volvieran demasiado listas. Los inhibidores construyeron las máquinas para aniquilar la inteligencia emergente. No tendría mucho sentido que las máquinas ocuparan el nicho que estaban destinadas a mantener vacío.
—Supongo que no… —Thorn no iba a dejar el tema así como así—. Creo que tienes más cosas que contarme. Pero mientras tanto me gustaría acercarme más.
—¿Cuánto más? —preguntó ella, a la defensiva.
—Esta nave es aerodinámica. Apuesto a que puede entrar en una atmósfera.