—Eso no entraba en el pacto.
—Pues denúnciame. —Thorn sonrió—. Soy una persona de naturaleza curiosa, igual que tú.
Escorpio recobró la consciencia en un entorno frío y húmedo. Temblaba sin poder evitarlo. Se toqueteó a sí mismo y se quitó de la piel una reluciente capa de gel grasiento. Salía en repulsivas costras semitranslúcidas que hacían un ruido de succión al soltarse de la piel de debajo. Tuvo especial cuidado con la zona alrededor de la cicatriz de una quemadura que llevaba en su hombro derecho, y tanteó su perímetro con vacilante fascinación. No existía un centímetro de la quemadura que no conociera ya a la perfección, pero al tocarla, al reseguir la arrugada orografía de su costa, donde la suave piel de cerdo pasaba a ser algo con la textura correosa de la carne curada, se recordaba el deber que lo atañía a él y solo a él, el deber que se había impuesto desde que lograra escapar de Quail. No debía olvidar nunca a Quail, ni tampoco que Quail (por cambiado que estuviera) era completamente humano en el sentido genético, y que eran los humanos los que debían cargar con lo peor de la venganza de Escorpio.
No le dolía nada, ni siquiera la quemadura, pero sí que sufría cierta incomodidad y desorientación. Los oídos le rugían sin cesar, como si le hubieran metido la cabeza en un conducto de ventilación. Tenía la vista borrosa, y apenas lograba identificar más que vagas siluetas amorfas. Escorpio alzó las manos y se quitó de la cara más de ese gel transparente. Parpadeó. Las cosas ya parecían más claras, pero el rugido persistía. Miró a su alrededor, aún tembloroso y helado, pero lo bastante alerta como para tomar nota de dónde estaba y qué le estaba sucediendo.
Se había despertado dentro de lo que parecía medio huevo de metal roto, encogido en una posición fetal antinatural, con la mitad inferior del cuerpo aún inmersa en el repugnante gel mucoso. Unos tubos de plástico y otros conectores descansaban a su alrededor. Tenía irritada la garganta y también los conductos nasales, como si hasta hacía poco hubiese tenido esos tubos metidos dentro. Y no daba la impresión de que los hubieran extraído con sumo cuidado. El resto del huevo de metal yacía a un lado, como si acabara de soltarse de la otra mitad. Más allá, se extendía por doquier el interior de una nave espacial, identificable al instante: metal azul muy pulido y puntales curvados y perforados que le recordaron a costillas. El rugido de sus oídos era el sonido de los propulsores; la nave estaba yendo a alguna parte, y el hecho de que pudiera oír los motores apuntaba a que la nave podía ser pequeña, no lo bastante grande como para tener los motores encastrados en andamios de fuerza. Una lanzadera, entonces, o algo similar. Decididamente intrasistema.
Escorpio sintió un escalofrío. Se había abierto una puerta al otro extremo de la cabina estriada, revelando una pequeña sala con una escalera dentro que conducía hacia lo alto. Un hombre bajaba del último peldaño. Se agachó para atravesar la abertura y caminó tranquilamente hacia Escorpio. Era evidente que no lo sorprendía verlo despierto.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó el hombre.
Escorpio trató de obligar a sus ojos a obedecerlo y enfocar. Aquel hombre le resultaba conocido, aunque había cambiado desde su último encuentro. Sus ropas eran tan discretas y oscuras como antes, pero ahora no era reconocible su procedencia combinada. Tenía el cráneo cubierto de una capa muy fina de pelo negro, cuando antes la llevaba afeitada. Su aspecto era, hasta cierto punto, menos cadavérico.
—Remontoire —dijo Escorpio mientras escupía inmundos trozos de gel por la boca.
—Sí, soy yo. ¿Estás bien? Los monitores indican que no has sufrido ningún efecto serio.
—¿Dónde estamos?
—En una nave, cerca del Cinturón Oxidado.
—Entonces has venido a torturarme una vez más.
Remontoire no terminó de mirarlo a los ojos.
—No era tortura, Escorpio… sino reeducación.
—¿Cuándo me entregaréis a la convención?
—Eso ya no aparece en el programa. Al menos, no necesariamente.
Escorpio calculó que la nave era pequeña, quizá una lanzadera. Era muy posible que Remontoire y él fueran los únicos ocupantes. Incluso era lo más probable. Se preguntó qué tal se le daría pilotar una nave de diseño combinado. Quizá no muy bien, pero estaba dispuesto a intentarlo. Aunque se estampara y ardiera todo, sería mucho mejor que una sentencia de muerte.
Embistió contra Remontoire, emergiendo del cuenco en un estallido de gel. Los tubos y los conductos salieron volando. En un instante sus manos deformes buscaban las zonas de presión que dejarían a quien fuera, incluso a un combinado, inconsciente y después muerto.
Escorpio volvió en sí. Se encontraba en otro lugar de la nave, atado a una silla. Remontoire se sentaba frente a él, con las manos apoyadas tranquilamente en el regazo. Detrás se alzaba la impresionante curva de un panel de control, cuya superficie estaba cubierta de numerosos indicadores, sistemas de mando y visualizadores hemisféricos de navegación. Estaba tan lleno de luces como un casino. Escorpio sabía un par de cosas sobre diseño de naves, y una interfaz de control combinada hubiese sido minimalista hasta resultar casi invisible, como algo diseñado por los Nuevos Cuáqueros.
—Yo no volvería a intentar eso —dijo Remontoire.
Escorpio lo miró desafiante.
—¿Intentar el qué?
—Trataste de estrangularme. No te ha funcionado, y me temo que nunca lo lograrás. Hemos puesto un implante en tu cráneo, Escorpio. Un implante realmente pequeño, situado alrededor de la arteria carótida. Su única función es constreñir la arteria en respuesta a una señal de otro implante que hay en mi cabeza. Puedo enviar esa señal de forma voluntaria si me amenazas, pero no es necesario. El implante enviará un código de emergencia si muero o quedo de pronto inconsciente. Tú morirías poco después.
—Pues no he muerto.
—Eso es porque he sido tan amable de dejarlo pasar con una simple advertencia.
Escorpio estaba vestido y seco. Se sentía mejor que cuando había aparecido en el huevo.
—¿Y qué más me da, Remontoire? Me acabas de proporcionar el medio perfecto para matarme, en lugar de permitir que la convención lo haga por mí.
—No te voy a entregar a la convención.
—Un poco de justicia privada, entonces. ¿Se trata de eso?
—Tampoco.
Remontoire hizo girar su asiento hasta quedar frente al extravagante cuadro de mandos. Lo tocó como un pianista, con las manos extendidas, sin necesidad de mirar lo que hacían sus dedos. Por encima del panel, y a cada lado de la cabina, se abrieron unas ventanillas en lo que hasta entonces era acero azul. La iluminación de la cabina cayó bruscamente. Escorpio oyó que se modificaba el agudo tono del rugido de los propulsores y su estómago registró un cambio del eje de gravedad. Un enorme creciente ocre se alzaba por detrás de la escena. Era Yellowstone, y la mayor parte de lo que se veía del planeta estaba envuelto en la noche. La nave de Remontoire se encontraba aproximadamente en el mismo plano que el Cinturón Oxidado. La ristra de hábitat apenas resultaba visible sobre la parte iluminada por el sol (solo era un espolvoreo oscuro, como una fina línea de canela), pero por detrás del terminador formaba una hebra enjoyada que brillaba y destellaba cuando los hábitat precesionaban o adelantaban sus inmensos espejos y focos. Resultaba impresionante, pero Escorpio sabía que no era más que una sombra de lo que fue antaño. Antes de la plaga había diez mil hábitats, y ya solo quedaban unos cuantos cientos que de verdad se utilizaran. Pero en la noche, los naufragios se desvanecían y solo perduraba el rastro de polvo de hada de las ciudades iluminadas, y casi era como si la rueda del tiempo nunca hubiera girado.
Detrás del cinturón, Yellowstone parecía dolorosamente cercano. Casi se podía oír el murmullo urbano de Ciudad Abismo que se elevaba zumbón a través de las nubes, como un seductor canto de sirena. Escorpio pensó en las guaridas y las fortalezas que los cerdos y sus aliados mantenían en las zonas más profundas del Mantillo de la ciudad, un purulento imperio al margen de la ley, compuesto por numerosos feudos criminales interconectados. Tras escapar de Quail, Escorpio había ingresado en ese imperio en el nivel más bajo, como un inmigrante lleno de cicatrices, sin apenas un recuerdo intacto en su cabeza aparte de cómo permanecer vivo hora tras hora en un peligroso entorno desconocido y, lo que era igual de importante, cómo volver en su favor el aparato de ese entorno. Esa era al menos una cosa que le debía a Quail. Pero eso no significaba que le estuviera agradecido.