Escorpio recordaba muy poco de su vida antes de conocer a Quail, y era consciente de que casi todo lo que recordaba eran memorias de segunda mano pues, aunque solo había logrado reconstruir los detalles principales de su existencia previa (su vida a bordo del yate), su subconsciente no había tardado nada en llenar los dolorosos huecos que quedaban con todo el entusiasmo de un gas que se expande en el vacío. Y cuando rememoraba esos recuerdos, que no eran en sí mismos del todo reales, no podía evitar añadirles aún más detalles sensoriales. Era posible que las memorias concordaran con precisión con lo que realmente había ocurrido, pero Escorpio no tenía modo de saberlo con seguridad. Y, de todos modos, no suponía ninguna diferencia en lo que a él concernía. Ya nadie podría contradecirlo. Los que hubieran podido hacerlo estaban todos muertos, masacrados a manos de Quail y sus amigos.
El primer recuerdo claro que tenía Escorpio de Quail se contaba entre los más escalofriantes. Había recuperado la consciencia tras un largo período de sueño, o algo más profundo que el sueño. Se encontraba en una sala acorazada y fría, junto a otros once cerdos, desorientados y temblorosos, casi como él cuando había despertado a bordo de la nave de Remontoire. Llevaban ropas confeccionadas de modo rudimentario, cosidas a partir de rígidos remiendos de tela oscura y manchada. Quail estaba allí con ellos, un humano alto y mejorado asimétricamente al que Escorpio identificó como miembro de los ultras o quizá de alguna de las otras facciones que a veces se dejaban llevar por el quimerismo, como los skyjacks o los dragadores de atmósferas. También había otros humanos mejorados, media docena que se apelotonaban detrás de Quail. Todos llevaban armas, que iban desde cuchillos a pistolas de raíles de baja velocidad y amplio calibre, y todos contemplaban a los cerdos reunidos con indisimuladas ganas. Quail, cuyo idioma Escorpio comprendió sin esfuerzo, les explicó que los doce cerdos habían sido trasladados al interior de la nave (pues la sala se encontraba en un navío mucho mayor) para entretener a su tripulación tras una serie de negocios poco lucrativos.
Y en cierto sentido, aunque quizá no en el que Quail pretendía, así había sido. La tripulación pensaba en una cacería, y durante un rato fue eso lo que tuvieron. Las reglas eran bastante sencillas: se permitía a los cerdos correr libremente por la nave de Quail y esconderse allí donde desearan, así como improvisar herramientas y armas con lo que tuvieran a mano. Tras cinco días se declararía una amnistía para los cerdos supervivientes, o al menos eso era lo que había prometido Quail. Correspondía a los cerdos decidir si se esconderían todos juntos o se separarían en equipos de menor tamaño. Contaban con seis horas de ventaja sobre los humanos.
Aquello demostró no suponer una gran diferencia. Cuando terminó el primer día de caza, la mitad de los cerdos ya habían muerto. Habían aceptado los términos sin cuestionarlos, y hasta Escorpio había sentido el extraño pero imperioso impulso de hacer lo que le pidieran, la sensación de que su deber era cumplir aquello que Quail (o cualquier otro ser humano) le ordenara. Aunque tenía miedo y un deseo innato de proteger su propia vida, hubieron de pasar casi tres días antes de que empezara a plantearse un contraataque, e incluso entonces la idea solo penetró en su mente tras vencer una gran resistencia, como si violara algún sacrosanto principio personal.
Al principio, Escorpio había buscado escondite junto a otros dos cerdos, uno de ellos mudo y el otro solo capaz de formar frases partidas, pero habían funcionado bastante bien como equipo, anticipándose a las acciones de sus compañeros con extraña facilidad. Incluso en esos momentos, Escorpio ya sabía que los doce cerdos habían trabajado juntos antes, aunque todavía no podía componer un solo recuerdo claro de su vida antes de despertar en la cámara de Quail. Pero a pesar de que el equipo funcionaba bien, Escorpio decidió seguir por su cuenta tras las primeras dieciocho horas. Los otros dos querían seguir escondidos en el cuchitril que habían encontrado, pero Escorpio estaba convencido de que la única esperanza de sobrevivir radicaba en ascender continuamente, moviéndose sin parar hacia arriba a lo largo del eje de propulsión de la nave.
Fue entonces cuando hizo el primero de una serie de tres descubrimientos. Mientras se arrastraba por un conducto, se rasgó parte de la tela de su ropa, lo cual reveló el borde de una figura de brillante color verde que cubría gran parte de su hombro derecho. Se arrancó más tela, pero hasta que no encontró un panel espejado no pudo examinar de forma adecuada toda la figura y comprender que se trataba de un escorpión verde muy estilizado. Al tocar el tatuaje de color esmeralda, seguir la línea curvada de su cola y casi sentir la púa de su aguijón, se sintió imbuido de poder, una fuerza personal que solo él era capaz de canalizar y redirigir. Sintió que su identidad estaba estrechamente ligada al escorpión, que todo lo relevante respecto a su persona estaba encerrado en el tatuaje. Aquella comprensión supuso un extraordinario instante de autorrevelación, ya que al fin intuyó que tenía un nombre, o al menos que podía darse uno que guardara alguna conexión significativa con su pasado.
Alrededor de medio día después, hizo el segundo descubrimiento: a través de una ventanilla divisó una segunda nave, mucho más pequeña. Al inspeccionarla con más detenimiento, Escorpio reconoció las delgadas y eficientes líneas de un yate intrasistema. El casco reluciente era de aleación de color verde pálido, y tenía una forma de manta raya cautivadoramente aerodinámica, con unas tomas de aire cubiertas como bocas de pez ángel. Al mirar el yate, Escorpio casi podía distinguir el plano marcado bajo la superficie. Sabía que podría colarse a bordo de ese yate y hacerlo volar casi sin pensar, y que sería capaz de reparar o corregir cualquier fallo o imperfección técnica, y notó el impulso casi irresistible de hacer justo eso, presintiendo que solo en la panza de ese yate, rodeado de máquinas y herramientas, sería verdaderamente feliz.
Preparó una hipótesis provisionaclass="underline" los doce cerdos debían de haber formado la tripulación de ese yate, pero Quail había capturado la nave. Habían tomado el yate como botín y habían situado en hibernación a los tripulantes hasta que se los necesitó para alegrar la monótona existencia a bordo de la nave de Quail. Eso, al menos, explicaba la amnesia. Se deleitó al descubrir un vínculo con su pasado. Esa sensación todavía lo acompañaba cuando hizo el tercer descubrimiento.
Encontró a los dos cerdos que había dejado atrás en el cuchitril. Los habían atrapado y asesinado, justo como él se había temido. Los cazadores de Quail los habían colgado mediante cadenas de las barras perforadas que salvaban un pasillo. Los habían destripado y despellejado, y Escorpio estaba seguro de que, hasta cierta fase del proceso, habían permanecido con vida. También estaba convencido de que las ropas que habían llevado (y que él seguía vistiendo) estaban hechas con la piel de otros cerdos. Ellos doce no eran las primeras víctimas, sino simplemente los últimos en un juego que llevaba desarrollándose mucho más tiempo de lo que había sospechado al principio. Comenzó a sentir una rabia que superaba cualquier cosa que hubiese conocido antes. Algo estalló en su interior y de pronto fue capaz de plantearse, al menos como posibilidad teórica, lo que antes resultaba impensable: podía imaginarse lo que sería hacer daño a un humano y, de hecho, de modo muy doloroso. E incluso podía pensar maneras de lograrlo.