Выбрать главу

Es hábil, pensó Escorpio. Del modo que lo decía Remontoire, era casi como si creyera que iba a ser así.

—¿Ayudarte?

—Creemos que un carguero lo rescató. No podemos estar seguros, pero parece que es el mismo que ya nos encontramos anteriormente, alrededor del volumen en disputa…; de hecho, justo antes de capturarte a ti. Clavain ayudó entonces a la piloto del carguero, y debió de contar con que ella le devolvería el favor. Esa nave acaba de realizar un desvío ilegal y no programado por la zona de guerra. Es posible que estuviera citada con Clavain y que lo recogiera en medio del espacio.

—Entonces derribad esa maldita cosa. No veo cuál es vuestro problema.

—Me temo que ya es tarde para eso. Cuando dedujimos todo esto, el carguero ya había regresado al espacio aéreo de la Convención de Ferrisville. —Remontoire señaló, por encima de su hombro, la línea de habitáis que salpicaban la cara cada vez más oscura de Yellowstone—. A estas alturas, Clavain ya habrá tomado tierra en el Cinturón Oxidado, y sucede que eso se encuentra más en tu territorio que en el mío. A juzgar por tu historial, lo conoces casi tan íntimamente como Ciudad Abismo. Y estoy seguro de que estás deseando hacerme de guía. —Remontoire sonrió y tamborileó un dedo con suavidad sobre su propia sien—. ¿Verdad que sí?

—Aun así, podría matarte. Siempre hay maneras.

—Pero tú también morirías, ¿y de qué te serviría eso? Estamos en posición de negociar, como puedes comprobar. Ayúdanos, ayuda a los combinados, y nos aseguraremos de que nunca llegues a estar bajo custodia de la convención. Les entregaremos un cuerpo, una réplica idéntica clonada a partir de ti, y les diremos que falleciste mientras te reteníamos. De ese modo no solo recuperarás tu libertad, sino que ya no tendrás un ejército de investigadores de la convención tras tus pasos. Podemos proporcionarte recursos económicos y documentación falsificada que resulte creíble. Escorpio estará muerto, pero no hay motivo para que tú no sigas adelante.

—¿Y por qué no lo habéis hecho ya? Si podéis suplantar mi cuerpo, ya podríais haberles entregado un cadáver.

—Pero habrá repercusiones, Escorpio, y muy graves. No es el camino que escogeríamos bajo condiciones normales. Pero en estos momentos nos es más necesario tener a Clavain de vuelta que seguir contando con la buena voluntad de la convención.

—Clavain debe de significar mucho para vosotros.

Remontoire volvió a ocuparse del panel de control y lo manipuló una vez más. Sus dedos tocaban un arpegio propio de un maestro.

—Significa mucho para nosotros, sí. Pero lo que guarda en su cabeza importa mucho más.

Escorpio evaluó su situación. Su instinto de supervivencia chocaba contra su habitual y despiadada eficacia, como siempre sucedía en momentos de crisis personal. Antaño fue Quail, y ahora se trataba de aquel combinado de aspecto delicado, pero con el poder de matarlo con solo pensarlo. Tenía motivos sobrados para admitir que Remontoire era sincero respecto a su amenaza, y que lo entregarían a la convención si no cooperaba. Sin la oportunidad de avisar a Lasher de su regreso, si lo entregaban estaba muerto. Tal vez Remontoire decía la verdad cuando aseguraba que le dejarían irse libre. Pero aunque los combinados mintieran respecto a eso (y Escorpio no lo creía), seguiría teniendo más oportunidades de contactar con Lasher y preparar su huida definitiva. Sonaba como algo que solo un tonto rechazaría. Incluso si eso suponía trabajar (aunque fuese solo por el momento) con alguien al que aún consideraba humano.

—Debes de estar desesperado —dijo.

—Tal vez lo esté —respondió Remontoire—. Pero en todo caso, no creo que sea asunto tuyo. Así pues, ¿vas a hacer lo que te he pedido?

—¿Y si digo que no…?

Remontoire sonrió.

—Entonces no habrá necesidad alguna de ese cadáver clonado.

Aproximadamente cada ocho horas, Antoinette abría la puerta lo suficiente para pasarle comida y agua. Clavain aceptó encantado lo que le ofrecían, y no se olvidó de agradecérselo y no dar la menor muestra de resentimiento porque aún lo mantuvieran encerrado. Ya era mucho que lo hubiera rescatado y lo estuvieran conduciendo hasta las autoridades. Supuso que, en su lugar, él se hubiera fiado todavía menos, en especial porque sabía lo que era capaz de hacer un combinado. No estaba ni mucho menos tan prisionero como ellos se creían.

Su confinamiento perduró durante un día. Notó que el suelo cabeceaba y se inclinaba bajo sus pies al cambiar la nave de patrón de impulso, y cuando Antoinette apareció en la puerta le confirmó, antes de pasarle a través de ella otro bulbo de agua y una barrita nutritiva, que se hallaban en ruta de regreso al Cinturón Oxidado.

—Esos cambios de propulsión —comentó él, mientras extraía el papel que cubría la barra—, ¿a qué obedecían? ¿Corríamos peligro de toparnos con actividad militar?

—No, no exactamente.

—¿Entonces qué?

—Banshees, Clavain. —Debió de detectar su mirada de incomprensión—. Son piratas, bandidos, forajidos, granujas, como quieras llamarlos. Auténticos cabronazos hijos de puta.

—Nunca he oído hablar de ellos.

—No tendrías por qué, salvo que fueses un mercader que trata de ganarse la vida honestamente.

Clavain masticó la barra.

—Ahora repite eso sin reírte.

—Eh, escucha. Infrinjo las normas de vez en cuando, eso es todo. Pero lo que hacen esos gilipollas… convierte lo más ilegal que he cometido yo en algo como… no sé, como una leve infracción de estacionamiento.

—Y estos banshees… ¿he de suponer que antes eran comerciantes?

Ella asintió.

—Hasta que comprendieron que les era más fácil robar cargamento a la gente como yo que transportarlo ellos mismos.

—¿Pero nunca antes habías tenido problemas con ellos?

—Algunos roces. A todo el que transporte algo en el Cinturón Oxidado o sus alrededores lo habrán seguido de cerca los banshees en una u otra ocasión. Por lo general nos dejan tranquilos. El Ave de Tormenta es bastante veloz, así que no constituye una presa fácil para un abordaje por las malas. Y bueno, contamos con otros métodos disuasorios.

Clavain asintió prudente, pensando que sabía exactamente a qué se refería.

—¿Y esta vez?

—Nos han seguido el rastro. Un par de banshees estuvieron pegados a nosotros durante una hora y se mantuvieron a una décima de segundo luz, treinta mil kilómetros. Aquí fuera eso es una porquería de distancia. Pero nos los hemos quitado de encima.

Clavain tomó un sorbo del bulbo con líquido.

—¿Volverán?

—Ni idea. No es normal encontrárselos tan lejos del Cinturón Oxidado. Casi diría…

Clavain arqueó una ceja.

—¿Qué? ¿Qué puede guardar alguna relación conmigo?

—Solo es una idea.

—Te daré otra. Estabais haciendo algo inusual y peligroso: atravesar espacio hostil. Desde el punto de vista de los banshees, podría significar que llevabais una carga valiosa, algo que mereciera su interés.

—Supongo que sí.

—Te prometo que no tengo nada que ver con eso.

—No he pensado que lo tuvieras, Clavain. Es decir, no intencionadamente. Pero en estos tiempos están pasando un montón de cosas raras.

Clavain echó otro trago del bulbo.

—A mí me lo vas a decir.

Le dejaron salir de la cámara estanca ocho horas después. Fue entonces cuando Clavain pudo ver bien por vez primera al hombre al que Antoinette había llamado Xavier. Era un individuo larguirucho, con un rostro agradable y alegre y una mata de pelo brillante y negro con forma de cuenco, que parecía azulado bajo la iluminación interior del Ave de Tormenta. Clavain calculó que debía de tener unos diez o quince años más que Antoinette, aunque estaba dispuesto a admitir que su estimación podía resultar totalmente incorrecta y que ella fuese la mayor de la pareja. En cualquier caso, estaba seguro de que ninguno de los dos había nacido más que unas pocas décadas atrás.