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Cuando se abrió la esclusa, comprobó que Xavier y Antoinette seguían llevando los trajes, con los cascos atados al cinto. Xavier se quedó entre las jambas de la puerta y señaló hacia Clavain.

—Quítate el traje. Entonces podrás pasar al resto de la nave.

Clavain asintió e hizo lo que le indicaban. Fue incómodo quitarse el traje en el reducido espacio de la esclusa (en realidad no era cómodo en ningún sitio), pero logró terminar en menos de cinco minutos y se quedó con la capa térmica pegada a la piel.

—Supongo que ya os vale.

—Sí.

Xavier se hizo a un lado y le permitió acceder al volumen principal de la nave. Estaban bajo propulsión, así que pudo andar. Sus pies con calcetines caminaban sin hacer ruido sobre el revestimiento de metal antideslizante del suelo.

—Gracias —dijo Clavain.

—No me lo agradezcas a mí, sino a ella.

Antoinette añadió:

—Xavier opina que deberías quedarte en la esclusa hasta que alcancemos el Cinturón Oxidado.

—No lo culpo por ello.

—Pero si intentas algo… —comenzó a decir Xavier.

—Comprendo. Despresurizaréis toda la nave y moriré, ya que yo no llevo puesto el traje. Tiene mucha lógica, Xavier, es justo lo que yo habría hecho en tu situación. Pero, ¿puedo mostraros algo?

Ellos se miraron dubitativos.

—¿Mostrarnos el qué? —preguntó Antoinette.

—Devolvedme a la cámara estanca y cerrad la puerta.

Hicieron lo que les pedía. Clavain aguardó hasta que sus rostros reaparecieron por la ventanilla y luego él mismo se acercó furtivamente a la puerta, hasta que su cabeza quedó a solo unos cuantos centímetros del mecanismo de cierre y su panel de control asociado. Entrecerró los ojos y se concentró, sacando a la superficie rutinas neuronales que no usaba desde hacía muchos años. Sus implantes detectaron el campo eléctrico generado por la circuitería del cerrojo, y sobre la parte visible del panel superpusieron un laberinto fosforescente de senderos y flujos. Dedujo la lógica del cerrojo y comprendió dónde necesitaba tocar. Los implantes comenzaron a crear por sí mismos un campo más potente, suprimiendo ciertos flujos de corriente y reforzando otros. Habló con el cerrojo y formó una interfaz con el sistema de control.

Le faltaba práctica, pero aun así fue un juego de niños lograr lo que pretendía. El cerrojo hizo un chasquido y la puerta se deslizó a un lado, descubriendo a Antoinette y Xavier, que se quedaron allí con expresión aterrada.

—Échalo al espacio —dijo Xavier—. Échalo ya.

—Esperad —intervino Clavain, alzando las manos—. Solo he hecho esto por un motivo, que es demostraros lo fácil que me hubiera sido salir antes. Podría haber escapado en cualquier momento, pero no lo he hecho. Eso significa que podéis confiar en mí.

—Lo que significa es que deberíamos matarte ya, antes de que intentes algo peor —replicó Xavier.

—Si me matáis estaréis cometiendo un terrible error, os lo aseguro. Esto no me afecta solo a mí.

—¿Y esa es la mejor defensa que puedes ofrecer? —preguntó Xavier.

—Si realmente consideráis que no podéis fiaros de mí, metedme en una caja y soldadla —propuso Clavain en tono razonable—. Dadme un medio de respirar y algo de agua, y sobreviviré hasta que lleguemos al Cinturón Oxidado. Pero por favor, no me matéis.

—Suena como si lo dijera en serio, Xave —comentó Antoinette.

Xavier respiraba con pesadez. Clavain comprendió que aquel hombre seguía teniendo un miedo atroz por lo que él fuera capaz de hacer.

—No puedes trastear con nuestras cabezas, ya lo sabes. Ninguno tenemos implantes.

—No es algo que me haya planteado.

—Ni tampoco con la nave —añadió Antoinette—. Has sido afortunado con esa esclusa, pero la mayoría de los sistemas críticos de la nave son optoelectrónicos.

—Tienes razón —dijo él, ofreciendo las palmas de sus manos—. No puedo tocarlos.

—Creo que tenemos que confiar en él —dijo Antoinette.

—Sí, pero solo con que… —Xavier se interrumpió y miró a Antoinette. Había oído algo.

Clavain también lo había escuchado: una campanilla en otra parte de la nave, seca y repetitiva.

—Alerta de proximidad —musitó Antoinette. —Banshees —dijo Xavier.

Clavain los siguió a través de las traqueteantes entrañas metálicas de la nave hasta que llegaron a una cubierta de vuelo. Las dos figuras con traje entraron por delante de él y se amarraron a unos enormes asientos de aceleración de aspecto anticuado. Mientras Clavain buscaba algún lugar para sujetarse él también, echó una ojeada al puente, la cubierta o como lo llamara Antoinette. Aunque en términos de potencia, funcionamiento y elegancia tecnológica estaba tan alejado de una corbeta o de la Sombra Nocturna como era posible en una nave espacial, no tuvo problemas para orientarse. Era fácil tras haber presenciado tantos siglos de diseño de naves y haber vivido tantos ciclos de descubrimientos y abandonos tecnológicos. Era, simplemente, cuestión de desempolvar el juego de recuerdos adecuado.

—Allí —dijo Antoinette, clavando un dedo en la esfera del radar—. Dos de esos cabrones, igual que antes. —Hablaba en voz baja, sin duda para que solo Xavier lo oyera.

—Veintiocho mil kilómetros —replicó él con el mismo tono, casi un susurro, mientras estudiaba por encima del hombro de la chica los dígitos descendentes del indicador de distancia—. Acercándose a… quince kilómetros por segundo, en una trayectoria de intercepción casi perfecta. Empezarán a frenar pronto, listos para la aproximación final y el abordaje.

—Entonces estarán aquí en… ¿cuánto? —Clavain hizo algunos cálculos en su cabeza—. ¿Treinta, cuarenta minutos?

Xavier lo miró fijamente, con una extraña expresión en el rostro.

—¿Quién te ha preguntado?

—Creía que podríais valorar mi opinión sobre el tema.

—¿Te has enfrentado antes a los banshees, Clavain? —preguntó Xavier.

—Hasta hace unas horas, no creo ni haber oído hablar de ellos.

—En tal caso no creo que vayas a ser de gran utilidad, ¿no te parece?

Antoinette volvió a hablar en voz baja:

—Xave… ¿cuánto calculas tú que nos queda antes de que tenerlos encima?

—Suponiendo el esquema de aproximación habitual y las tolerancias de deceleración…, treinta…, treinta y cinco minutos.

—Así que Clavain no iba tan desencaminado.

—Pura chiripa —dijo Xavier.

—En realidad no ha habido nada de chiripa —replicó Clavain, mientras desplegaba un faldón de la pared y se envolvía con él—. Puede que no haya tratado antes con banshees, pero sí que me he enfrentado a escenarios de aproximación y abordaje hostil. —Decidió que sería mejor que no supieran que normalmente había sido él quien hacía el abordaje hostil.

—Bestia —dijo Antoinette, alzando la voz—, ¿están listos esos patrones de evasión que ya hemos lanzado antes?

—Las rutinas relevantes están cargadas y dispuestas para su ejecución inmediata, señorita. No obstante, existe un problema nada desdeñable.

Antoinette suspiró.

—Suéltalo, Bestia.

—Nuestros márgenes de consumo de combustible ya son exiguos, señorita. Y un patrón evasivo devorará de manera importante nuestras reservas.

—¿Nos queda lo bastante como para lanzar otro patrón y aun así alcanzar el cinturón antes de que el infierno se congele?

—Sí, señorita, pero con muy poco…