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– Vamos, don Juan, usted tiene que estar bromeando. ¿Quién podría verificar lo que sucedió hace tantos miles de años?

– Muy sencillo, uno de los brujos antiguos de los cuales hemos estado hablando. El mismo que yo conocí. Él es quien me dijo todo lo que sé acerca de los brujos de la antigüedad. Espero que siempre recuerdes lo que te voy a contar acerca de ese hombre. Él es alguien a quien estás obligado a conocer, porque es la clave de muchos de nuestros asuntos.

Don Juan me escudriñó por largo rato, y luego me acusó de no haberle creído una sola palabra de lo que me había dicho acerca de los brujos antiguos. Admití que en mi estado cotidiano de conciencia, naturalmente, no le había creído una sola palabra. Sus historias me parecían historias descabelladas. En la segunda atención, tampoco le creí, aunque ahí debería haber tenido una reacción diferente.

– Se vuelven historias descabelladas, únicamente cuando te pones a examinarlas como si fueran eventos del mundo diario -remarcó-. Si no involucraras tu sentido común, todo esto sería estrictamente una cuestión de energía.

– ¿Por qué dijo usted, don Juan, que estoy obligado a conocer a uno de esos antiguos?

– Porque es imperativo; es vital que los conozcas algún día. Por ahora, simplemente déjame que te cuente otra historia traída de los cabellos acerca de uno de los naguales de mi línea, el nagual Sebastián.

Don Juan dijo que a principios del siglo dieciocho, el nagual Sebastián era el sacristán en una iglesia del sur de México. Recalcó cómo los brujos, del pasado o del presente, han buscado y han encontrado refugio en instituciones establecidas, tal como la Iglesia. Explicó que el soberbio sentido de disciplina que los brujos poseen los convierte en empleados dignos de confianza, codiciados por instituciones que constantemente tienen extrema necesidad de tales personas; y siempre y cuando nadie se entere de que son brujos, sus prácticas mismas los hacen aparecer como trabajadores modelo.

Una tarde mientras Sebastián estaba cumpliendo con sus tareas de sacristán, un indio de aspecto raro entró en la iglesia; era viejo y parecía estar enfermo. Con voz débil, le pidió ayuda a Sebastián. El nagual pensó que el hombre debería hablar con el cura de la parroquia. Haciendo un gran esfuerzo, el hombre se dirigió al nagual y en un tono áspero y directo le dijo que sabía que Sebastián era no solamente un brujo, sino un nagual.

Sebastián, bastante alarmado por el repentino giro de los acontecimientos, llevó al indio hacia un lado, más privado, y lo recriminó por su osadía. El hombre le contestó que estaba ahí para obtener ayuda, no para dar o pedir disculpas. Necesitaba la energía del nagual para mantener su vida, la cual, le aseguró a Sebastián, había durado miles de años, pero en ese momento se desvanecía.

Sebastián, quien era un hombre muy inteligente, no se encontraba dispuesto a escuchar tales disparates; instigó al viejo indio a que se dejara de tonterías. El indio se enojó y lo amenazó con delatarlo a él y a su grupo a las autoridades eclesiásticas, a menos que accediera a su pedido.

Don Juan me recordó que en esos tiempos, las autoridades eclesiásticas erradicaban brutal y sistemáticamente las prácticas religiosas autóctonas de los indios del Nuevo Mundo. La amenaza del indio no era algo que Sebastián pudiera tomar a la ligera; el nagual y su grupo realmente se hallaban en peligro mortal. Sebastián le preguntó al indio cómo podría darle energía. El hombre explicó que los naguales almacenan en sus cuerpos una peculiar energía producto de su disciplina, y que él era capaz de sacarla a través de un centro energético que todos nosotros tenemos en la región umbilical. Le aseguró a Sebastián que no sentiría dolor alguno y que, a cambio de su energía, podría no sólo continuar sano y salvo con sus actividades, sino que también obtendría un regalo de poder.

Al nagual Sebastián no le cayó nada bien el haber entrado en tratos con ese indio, pero el hombre fue inflexible y no le dejó otra salida más que cumplir con sus deseos. Don Juan comentó que el indio no estaba en lo absoluto exagerando acerca de lo que afirmó. Verdaderamente era uno de los brujos de la antigüedad, conocidos como los desafiantes de la muerte. Aparentemente, había sobrevivido hasta el presente, por medio de maniobras que sólo él podía realizar.

Lo que aconteció entre Sebastián y aquel hombre se convirtió en la base de un acuerdo que ligó a los seis naguales que siguieron a Sebastián. El desafiante de la muerte mantuvo su palabra: a cambio de la energía que obtuvo de cada uno de esos hombres, les hizo a cada uno de ellos una donación, un regalo de poder. Sebastián fue el primero en recibirlo aunque con desagrado. Todos los demás naguales, por el contrario, aceptaron gustosamente sus regalos.

Don Juan concluyó su historia diciendo que los naguales de su línea cumplieron con ese convenio por más de doscientos años, creando así una relación simbiótica que cambió el curso y el objetivo final de su linaje, y que, con el transcurso del tiempo, el desafiante de la muerte llegó a ser conocido como el inquilino.

Don Juan no explicó nada más acerca de esta historia, pero me quedé con una extraña sensación de veracidad que me molestó más de lo que yo pudiera haber imaginado.

– ¿Cómo pudo ese hombre sobrevivir por tanto tiempo? -le pregunté.

– Nadie lo sabe -contestó-. Todo lo que sabemos de él, por generaciones, es lo que él nos dice. El desafiante de la muerte es a quien le pregunté sobre los brujos de la antigüedad, y es él quien me dijo que llegaron a su final hace tres mil años.

– ¿Está usted seguro de que le estaba diciendo la verdad? -le pregunté.

Don Juan me miró con ojos de asombro.

– Cuando uno está allí frente a ese inconcebible desconocido -dijo, señalando a su alrededor-, uno no se sale con mentiras pinches. Esas mentiras son para la gente que no sabe, lo que está allá esperándonos.

– ¿Qué es lo que nos está esperando, don Juan?

Su respuesta, al parecer una frase inofensiva, se me hizo más aterrorizante que una descripción de algo horrendo.

– Lo enteramente impersonal -dijo.

Se debe de haber dado cuenta de mi estado de ánimo y me hizo cambiar de niveles de conciencia, para que mi miedo se desvaneciera.

Unos meses más tarde, mi práctica de ensueño tomó un giro inusitado. En mis ensueños, empecé a obtener respuestas a preguntas que estaba planeando hacerle a don Juan. Lo más raro de esta extraña situación fue que en un santiamén me empezó a ocurrir lo mismo cuando estaba despierto. Un día recibí respuesta a una pregunta acerca de la realidad de los seres inorgánicos. Los había ensoñado tantas veces que empecé a creer que realmente existían. Tenía muy en cuenta el haber tocado a uno de ellos, en ese estado de conciencia seminormal, en el desierto de Sonora. Además, en mis ensueños periódicamente entraba en mundos que yo seriamente dudaba fueran producto de mi imaginación. Por ello, quería hacerle a don Juan una pregunta concisa. La formulé en mi mente: ¿si los seres inorgánicos son reales, en qué parte del universo está el reino donde ellos existen?

Después de repetir la pregunta en mi mente, escuché una risa extraña, igual a la que había escuchado el día que forcejeé con el ser inorgánico. Luego, una voz de hombre me contestó:

– Ese reino existe en una posición particular del punto de encaje. De la misma forma en que tu mundo existe en la posición habitual del punto de encaje.

Lo que menos quería era entablar un diálogo con una voz incorpórea. Me levanté de un salto de donde estaba sentado y salí corriendo fuera de la casa. Pensé que me estaba volviendo loco. Una preocupación más que añadir a mi colección de preocupaciones.

La voz fue tan clara y autoritaria, que no solamente me intrigó sino que me aterrorizó. Esperé con nerviosismo total el próximo asalto de esa voz, pero eso nunca se repitió. En la primera oportunidad que tuve, consulté con don Juan.