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Don Juan señaló que para existir, dicho sistema, precisa de una leva general; todos nosotros los seres humanos, al nacer, somos reclutados en él. Y nos pasamos una vida entera ajustando imperiosamente nuestra percepción para que concuerde con las demandas de este sistema. Por ello, tenían razón los brujos antiguos al sostener que el acto de revocarlo y percibir energía directamente es lo que transforma a una persona en brujo.

Don Juan expresó su admiración, una y otra vez, por lo que llamó el mayor logro de nuestra socialización básica como seres humanos: inmovilizar nuestro punto de encaje en su posición habitual. Explicó que una vez que su posición es fija, nuestra percepción puede ser entrenada y dirigida a interpretar lo que percibimos. Nuestro proceso de socialización empieza entonces a guiarnos a percibir más en términos de nuestro sistema que en términos de nuestros sentidos. Don Juan aseguraba que la percepción humana es universalmente homogénea debido a que el punto de encaje de toda la raza humana está fijo en el mismo sitio.

Don Juan dijo que los brujos prueban todo esto al comprobar que lo que se percibe no tiene sentido alguno cuando el punto de encaje se ha desplazado fuera de cierto nivel y nuevos filamentos energéticos universales empiezan a ser percibidos. La razón de ello es que los nuevos filamentos traen nuevos datos sensoriales, que no son parte de dicho sistema.

– Percibir sin nuestro sistema es, por supuesto, algo caótico -don Juan continuó-. Pero por más extraño que parezca, cuando nos creemos realmente perdidos, nuestro sistema se recupera y viene a nuestro rescate, transformando nuestra nueva e incomprensible percepción, en un mundo totalmente comprensible. Exactamente como te sucedió cuando fijaste tu mirada en las hojas del árbol de mezquite. Tu percepción fue caótica. Por un momento todo se te vino encima y tu sistema de interpretación no funcionó. Después, el caos se aclaró, y ahí estabas: frente a un mundo nuevo.

– Nos encontramos otra vez en el mismo atascadero de antes. ¿Existe realmente ese mundo? ¿O es una mera elaboración de mi mente?

– Ciertamente regresamos a lo mismo y la respuesta es aún la misma. Ese mundo realmente existe en la precisa posición en que se encontraba tu punto de encaje en ese momento. Para percibirlo claramente, necesitaste cohesión; necesitaste mantener tu punto de encaje fijo en esa nueva posición; lo cual hiciste. El resultado fue que por un rato fuiste capaz de percibir un mundo totalmente nuevo.

– ¿Pero, podrían otros percibir ese mismo mundo?

– Sí, si tuvieran la uniformidad y cohesión que tenías tú en ese momento. Uniformidad es mantener al unísono la misma posición del punto de encaje. Acechar la percepción era como los brujos antiguos llamaban al acto de adquirir uniformidad y cohesión fuera del mundo normal.

"El arte del acecho -continuó-, como ya lo dije antes, tiene que ver con la fijación del punto de encaje. A través de la práctica, los brujos antiguos descubrieron que como es importante desplazar el punto de encaje, es aún de mayor importancia hacer que se quede fijo en su nueva posición, cualquiera que ésta fuere.

Explicó que si el punto de encaje no se logra estabilizar, no hay forma posible de que podamos percibir coherentemente. Lo que entonces percibiríamos sería un caleidoscopio de imágenes disociadas. Dijo que esta fue la razón por la cual los brujos antiguos pusieron tanto énfasis en el ensueño como en el acecho, y que un arte no puede existir sin el otro, especialmente en la clase de actividades en las cuales los brujos antiguos estaban envueltos.

– ¿Cuáles eran esas actividades, don Juan? -pregunté.

Don Juan dijo que eran actividades complejísimas derivadas de los desplazamientos del punto de encaje. Los brujos antiguos al aprender a desplazar sus puntos de encaje a miles de posiciones en la superficie, o adentro de sus masas energéticas, también aprendieron a fijar su punto de encaje en esas posiciones, para así retener su cohesión indefinidamente.

– Los brujos antiguos llamaban a eso las marañas de la segunda atención, o la gran aventura de lo desconocido -añadió.

– ¿Cuál era el beneficio de todo esto, don Juan?

– No podemos hablar aquí de beneficios. Aquí podemos únicamente hablar de resultados finales.

Dijo que la cohesión de los brujos antiguos era tal que les permitió llegar a ser, perceptual y físicamente, todo lo que sus puntos de encaje dictaban. Podían transformarse en cualquier cosa dentro del inventario especifico que cada uno de ellos poseía. Don Juan llamaba un inventario a todos los detalles perceptibles necesarios para convertirse, por ejemplo, en jaguares, pájaros, insectos, etcétera, etcétera.

– Para mi es muy difícil creer que esa transformación pueda ser posible -le dije.

– Es posible -aseguró-. No tanto para ti o para mi, pero si para ellos. Para ellos eso no era nada.

Dijo que los brujos antiguos tenían tan espléndida fluidez que todo lo que necesitaban era un ligero desplazamiento de su punto de encaje, una mínima señal en su ensueño para instantáneamente acechar su percepción; es decir, para arreglar su cohesión y hacerla encajar en su nuevo estado de conciencia, sea ésta la de un animal, otra persona, un pájaro, o lo que fuera.

– ¿Pero, no es eso lo que los enfermos mentales hacen? ¿Crear su propia realidad? -pregunté.

– No, no es lo mismo -dijo-. Los dementes imaginan su propia realidad, porque no tienen, en lo absoluto, un propósito preconcebido. Los dementes añaden caos al caos. Los brujos, por el contrario, traen orden al caos. Su propósito preconcebido y trascendental es liberar su percepción. Los brujos no inventan los mundos que perciben; ellos perciben energía directamente y luego descubren que lo que están percibiendo es un mundo nuevo y desconocido; un mundo que se los puede tragar enteros, porque es tan real como cualquier cosa en nuestro mundo diario.

Don Juan me dio entonces una nueva versión de lo que me sucedió en el árbol de mezquite. Dijo que empecé por percibir directamente la energía del árbol. En mi nivel subjetivo, sin embargo, yo creí que estaba ensoñando ya que utilicé el ensueño para percibir energía. Aseveró que usar el ensueño en el mundo de la vida diaria es una de las estratagemas más efectivas de los brujos. Hace que el percibir energía directamente sea como un ensueño, en lugar de ser una experiencia totalmente caótica. Luego, cuando la percepción se arregla, los brujos se encuentran frente a un mundo nuevo. Exactamente lo que a mí me sucedió.

Le conté acerca del pensamiento que casi no me atrevía a pensar: que el panorama que vi no era un ensueño, ni tampoco nuestro mundo cotidiano.

– No lo era -dijo-. Te lo he dicho una y otra vez, pero tú crees que estoy senil y me repito sin ton ni son. Sé cuán difícil es para la mente aceptar que todo esto no es una idiotez de locos. ¡Créeme, existen mundos nuevos! Están envueltos los unos en los otros, como las capas de una cebolla. El mundo en el cual existimos no es más que una de esas capas.

– ¿Quiere usted decir, don Juan, que el propósito de sus enseñanzas es prepararme para ir a esos mundos?

– No. No quise decir eso. Vamos a esos mundos solamente como un ejercicio. Esos viajes son los antecedentes de los brujos de ahora. Hacemos el mismo tipo de ensueño que los brujos antiguos solían hacer, pero en cierto momento, nos desviamos a un nuevo terreno. Los brujos antiguos preferían los cambios del punto de encaje, por lo tanto siempre se encontraban en territorios más o menos conocidos o predecibles. Nosotros preferimos los movimientos del punto de encaje. Los brujos antiguos iban en pos de lo humanamente desconocido. Nosotros buscamos lo desconocido que está fuera de lo humano.