– No he llegado a eso todavía, ¿verdad?
– No, tú estás solamente empezando. Y al empezar todo ensoñador tiene que seguir los pasos de los brujos antiguos. Después de todo, ellos fueron quienes inventaron el arte del ensueño.
"A ti todavía te queda mucho pan por rebanar. Además, tengo que ser extremadamente cuidadoso contigo, porque tu carácter está totalmente ligado al de los brujos antiguos. Ya te he dicho esto muchas veces, pero siempre te las ingenias para descartarlo. A veces hasta pienso que una energía de otro mundo te guía y te aconseja, pero luego dejo a un lado esa idea, porque eso sí que es algo descabellado.
– ¿De qué está usted hablando, don Juan?
– Inconscientemente has hecho dos cosas que me preocuparon sin medida. La primera vez que te presté mi energía para que ensoñaras viajaste con tu cuerpo energético a un lugar fuera de este mundo. ¡Y ahí caminaste! Y luego, volviste a viajar con tu cuerpo energético, a través del mezquite, a otro sitio fuera de este mundo; las dos veces, partiendo desde la conciencia del mundo diario.
– ¿Por qué lo preocupa esto?
– Ensoñar es demasiado fácil para ti. Y si no tenemos cuidado, esa puede ser tu perdición. Ensoñar así conduce a lo desconocido que aún es cuestión humana. Como te dije, los brujos de hoy se esfuerzan por alcanzar lo desconocido que ya no es cuestión humana.
– ¿Qué puede ser lo desconocido que no es cuestión humana?
– Mundos inconcebibles que están fuera de la banda del hombre, pero que aún podemos percibir. La predilección de los brujos de hoy en día es entrar en mundos fuera del dominio humano; mundos completamente inclusivos, no meramente entrar en el reino de los pájaros, o en el reino de los animales, o en el reino de los seres humanos, aunque éste fuese el reino del hombre desconocido. Te estoy hablando de mundos como en el que vivimos; mundos completos, con un sinfín de reinos.
– ¿Dónde están esos mundos, don Juan? ¿En las diferentes posiciones del punto de encaje?
– Efectivamente, en las diferentes posiciones del punto de encaje. Digamos que los brujos llegan a esos mundos usando los movimientos del punto de encaje, no simplemente los cambios. Entrar en esos mundos requiere del tipo de ensueño que solamente los brujos de ahora practican. Los brujos antiguos se mantuvieron alejados de él, porque requiere un gran desapego y absoluta ausencia de importancia personal. Un precio que no estuvieron dispuestos a pagar.
"Para los brujos que ensueñan hoy en día, ensoñar es la libertad de percibir mundos más allá de todo lo imaginable.
– ¿Pero cuál es el sentido de percibir todo eso?
– Ya me hiciste hoy la misma pregunta. Hablas como un verdadero mercachifle. ¿Me va a dar buen resultado? ¿Cuál es el riesgo o la ganancia de mi inversión?
"No hay manera de responder a esas preguntas. La mente del mercachifle está hecha para el comercio. Pero la libertad no puede ser una inversión. La libertad es una aventura sin fin, en la cual arriesgamos nuestras vidas y mucho más, por unos momentos que no se pueden medir con palabras o pensamientos.
– No fue mi intención hablar como mercachifle al hacerle esa pregunta, don Juan. Lo que quiero saber es, ¿cuál podría ser la fuerza que impulse a un perfecto haragán como yo para que hiciera todo esto?
– La búsqueda de la libertad es la única fuerza que yo conozco. Libertad de volar en ese infinito. Libertad de disolverse, de elevarse, de ser como la llama de una vela, que aun al enfrentarse a la luz de un billón de estrellas permanece intacta, porque nunca pretendió ser más de lo que es: la llama de una vela
5 EL MUNDO DE LOS SERES INORGÁNICOS
A pesar de que don Juan parecía no sólo desinteresado en hablar sobre el tema del ensueño sino hasta molesto, yo aún solicitaba su consejo, pero únicamente en casos de extrema necesidad. Cada vez que hablábamos de mis prácticas de ensueño, él minimizaba la importancia de cualquier cosa que hubiese logrado. Yo consideré esa reacción suya como una confirmación de su perenne desapruebo.
En ese entonces, mi interés en los seres inorgánicos se había convertido en la parte crucial de mis prácticas de ensueño. Después de encontrar a seres inorgánicos en mis sueños y, especialmente, después de mi encuentro con ellos en el desierto, debería haber estado más predispuesto a tomar en serio su existencia. Pero esos eventos tuvieron más bien el efecto contrario. Mi objetivo se tornó en probar que no existían.
Entretuve entonces la idea de una investigación objetiva. El método de esta investigación iba a consistir en compilar una meticulosa crónica de todo lo que aconteciera durante mis sesiones de ensueño; y luego, usar esa crónica como base para averiguar si mi ensueño confirmaba o refutaba lo que don Juan decía de los seres inorgánicos. Escribí cientos de páginas de minuciosas anotaciones sobre detalles que yo consideraba importantes, cuando debería haberme sido claro que había obtenido la evidencia de su existencia casi desde el comienzo de mi investigación.
Después de unas cuantas sesiones, descubrí que lo que había creído ser una recomendación casual de don Juan: suspender todo juicio y dejar que los seres inorgánicos se manifestaran por su propia cuenta, era en realidad el procedimiento usado por los brujos antiguos para atraerlos. Don Juan estaba simplemente siguiendo su tradición al dejarme que lo descubriera por mí mismo. La advertencia que me hizo una y otra vez fue que es muy difícil hacer que el yo quite sus barreras, excepto bajo una disciplina implacable. Decía que ciertamente nuestra razón es la línea de defensa más fuerte del yo; y cuando se trata de la brujería, la más amenazada. Don Juan consideraba que la existencia de los seres inorgánicos es el más temible asaltante de nuestra racionalidad.
Algo más que quedó aclarado en el curso de mi investigación fue la rutina que me había impuesto don Juan. Al parecer algo muy simple. Primero, observaba cada objeto de mis sueños, y luego, cambiaba de sueños. Puedo sinceramente decir que siguiendo tal rutina observé universos de detalles en sueño tras sueño. Inevitablemente, en un momento dado, mi atención de ensueño empezaba a disminuir y mis sesiones de ensueño terminaban ya fuera quedándome dormido y teniendo sueños normales de los que no tenía ninguna atención de ensueño, o quedándome despierto sin poder conciliar el sueño.
Sin embargo, de vez en cuando, tal como don Juan lo había descrito, una corriente de energía forastera, lo que él llamaba un explorador, se introducía a mis sueños. Saber de antemano que esto iba a suceder me ayudó a ajustar mi atención de ensueño y a estar alerta. La primera vez que noté energía foránea, estaba yo soñando que andaba de compras en un gran almacén. Iba yo de mostrador en mostrador buscando objetos antiguos de arte. Finalmente encontré uno. La ridiculez de buscarlos en un almacén era tan obvia que me causó risa, pero encontrar lo que buscaba borró la incongruencia. La pieza era el puño de un bastón. El vendedor me aseguró que estaba hecho de iridio, y dijo que era una de las sustancias más duras en el mundo. Era una pieza tallada: la cabeza y el hombro de un simio. A mi me parecía como de jade. El vendedor se sintió insultado cuando le insinué que quizá era jade, y para probar mi error, arrojó el objeto contra el piso de cemento con gran fuerza. No se rompió, rebotó como una pelota y salió del almacén girando como si fuera un frisbee. Lo seguí. Desapareció detrás de unos árboles. Corrí a buscarlo, y lo encontré hundido en el suelo. Se había transformado en un bastón largo, extraordinariamente bello, de color verde profundo con negro.
Lo codicié al punto de aferrarlo con toda mi fuerza. Forcejeé para arrancarlo del suelo, antes de que alguien más viniese. Pero por más que hice, no pude sacarlo. Tenía miedo de romperlo si trataba de extraerlo moviéndolo para adelante y para atrás. Empecé a cavar a su alrededor con mis manos. A medida que continuaba cavando, el bastón comenzó a derretirse, hasta que quedó únicamente un charco de agua verdusca en su lugar. Me quedé mirando fijamente el agua, la cual, de repente, pareció explotar; se convirtió en una burbuja blanca y desapareció. Mi sueño continuó con otras imágenes y otros detalles que aunque eran cristalinamente claros, no eran sobresalientes.