– ¿Qué quieres decir con familiares? -pregunté.
– Cuando se comparte energía, se crea un parentesco -contestó-. La energía es como la sangre.
No fui capaz de decir nada más. Sentí de un modo muy vago lejanas punzadas de terror.
– El miedo es algo que no existe en este mundo -dijo el emisario. Y esa fue su única aseveración no cierta.
Mi ensueño terminó ahí. La impresionante intensidad y claridad de mi ensueño, y la continuidad de las aseveraciones del emisario me impresionaron de tal manera, que estaba más que ansioso por contárselo a don Juan. Me sentí terriblemente perturbado y sorprendido cuando don Juan no quiso escuchar mi relato. No dijo nada, pero tuve la clara impresión de que creía que todo había sido el resultado de mis exageraciones.
– ¿Por qué se comporta usted así conmigo? -le recriminé-. ¿Está usted molesto conmigo?
– No. No estoy molesto contigo de ninguna manera -dijo-. El problema es que no puedo hablar de esta parte de tu ensueño. Estás completamente solo en este asunto. Te he dicho que los seres inorgánicos son reales. Ahora te estás dando cuenta de lo reales que son. Pero lo que hagas con tus descubrimientos es asunto tuyo, únicamente tuyo. Algún día te darás cuenta de la razón por la cual tienes que estar solo.
– ¿Pero no hay nada que usted me pueda decir acerca de ese ensueño? -insistí.
– Lo que te puedo decir es que no fue solamente un ensueño. Fue un viaje a lo desconocido. Un viaje necesario, y extremadamente personal.
Inmediatamente cambió de tema, y empezó a hablar sobre otros aspectos de sus enseñanzas. Pero a partir de ese día, a pesar de mi miedo y la falta de consejos, me convertí en un viajero diario a ese mundo esponjoso. Comprobé que cuanto más intensa era mi capacidad de observar los detalles de mis ensueños, más fácil era aislar a los exploradores. Si admitía que los exploradores eran una energía foránea, se mantenían dentro de mi campo de percepción por un rato. Si los tomaba como objetos casi conocidos, se quedaban por un rato aún más largo, cambiando de forma erráticamente. Pero si los seguía, expresando en voz alta mi intento de ir con ellos, los exploradores transportaban mi atención de ensueño a un mundo más allá de lo que puedo normalmente imaginar.
Don Juan me había dicho que los seres inorgánicos están siempre dispuestos a enseñar. Pero no me había dicho que lo que están dispuestos a enseñar es ensoñar. Me aseguró que el emisario de ensueño, siendo una voz, es un perfecto puente entre ese mundo y el nuestro. Lo que descubrí fue que la voz del emisario no era solamente la voz de un maestro sino la voz del más sutil de los vendedores. Repetía una y otra vez, en la ocasión y el momento precisos, las ventajas que su mundo ofrecía. Sin embargo, también me enseñó cosas de incalculable valor sobre diferentes aspectos del ensueño.
– Para que el ensueño sea perfecto, lo primero es parar el diálogo interno -me dijo en una ocasión-. A fin de pararlo, pon entre tus dedos dos cristales de cuarzo que midan entre seis y nueve centímetros de largo, o un par de piedras de río pulidas, del largo y del ancho de tus dedos. Dobla un poco tus dedos, y presiona los cristales o piedras con ellos.
El emisario añadió que pedazos de metal pulido, siempre y cuando fueran de la misma medida que los dedos, eran igualmente efectivos. El procedimiento consistía en presionar dos o hasta tres objetos delgados entre los dedos de cada mano, creando de esta manera una presión casi dolorosa en las manos. Una presión que tenía la extraña propiedad de parar el diálogo interno. El emisario expresó su preferencia por los cristales de cuarzo; dijo que daban los mejores resultados, aunque con práctica cualquier cosa era adecuada.
– Quedarse dormido en un momento de silencio total garantiza una perfecta entrada al ensueño -dijo la voz del emisario-, y también garantiza el incremento de la atención de ensueño.
– Los ensoñadores deberían usar un anillo de oro -me dijo el emisario en otra ocasión-, y es preferible que les quede un poco apretado.
Su explicación fue que un anillo sirve a los ensoñadores como puente para emerger del ensueño y regresar al mundo cotidiano, o para sumergirse, desde nuestra conciencia cotidiana, en el reino de los seres inorgánicos.
– ¿Cómo funciona ese puente? -pregunté. No había comprendido lo que esto implicaba.
– El contacto de los dedos con el anillo tiende el puente -dijo el emisario-. Si un ensoñador ensueña con un anillo puesto, ese anillo atrae la energía de mi mundo, y la guarda; y cuando es necesario, el anillo libera esa energía en los dedos del ensoñador, y eso lo transporta de regreso a este mundo.
"La presión que ese anillo ejerce alrededor del dedo, sirve igualmente para asegurar que el ensoñador regrese a su mundo, al crear en su dedo una sensación familiar y constante.
Durante otra sesión de ensueño, el emisario dijo que nuestra piel es el órgano perfecto para transformar ondas energéticas de la forma del mundo cotidiano a la forma del mundo de los seres inorgánicos, o viceversa. Recomendó mantener la piel fresca y libre de aceites o pigmentos. También recomendó que los ensoñadores usaran un cinturón apretado, o una cinta en la frente, o un collar, para así crear un punto de presión, el cual sirve como un centro de intercambio energético en la piel.
Explicó que la piel automáticamente filtra energía, y lo que se necesita para que la piel no sólo la filtre sino también la intercambie de una forma a la otra es expresar nuestro intento en voz alta durante el ensueño.
La voz del emisario me hizo un día un maravilloso obsequio. Dijo que para poder asegurar la agudeza y precisión de nuestra atención de ensueño debemos sustraerla de atrás de nuestro paladar, donde se localiza un enorme depósito de atención en todos los seres humanos. Las direcciones específicas del emisario fueron emplear disciplina y control para presionar la punta de la lengua contra el paladar, mientras se ensueña. La caracterizó como una tarea tan difícil y desgastante como encontrarse las manos en un sueño, pero que una vez perfeccionada da asombrosos resultados en el control de la atención de ensueño.
Recibí del emisario instrucciones en todos los temas concebibles, instrucciones que rápidamente olvidaba si no me eran repetidas infinidad de veces. Le pedí consejo a don Juan acerca de este problema de no poder retener las informaciones que me daba el emisario.
Su comentario fue tan breve como me lo esperaba.
– Enfócate solamente en lo que el emisario dice acerca del ensueño -dijo.
Fiel a esa recomendación, únicamente seguí sus instrucciones cuando trataban sobre el ensueño, y corroboré personalmente su valor. Lo más vital para mí fue que la atención de ensueño está localizada atrás del paladar. Tuve que llevar a cabo un tremendo esfuerzo para sentir que estaba presionando el paladar con la punta de mi lengua mientras ensoñaba. Una vez que lo logré, mi atención de ensueño tomó su propio curso, y se volvió quizá más aguda que mi percepción normal del mundo cotidiano.
No me costó trabajo deducir cuán profundo debe de haber sido el trato y compromiso de los brujos antiguos con los seres inorgánicos. Los comentarios y advertencias de don Juan, sobre los peligros de tal relación, se volvieron para mí más apremiantes que nunca. Hice lo mejor que pude para vivir de acuerdo a su criterio de una autoexaminación de misericordia. Solamente así el emisario se pudo convertir en un reto para mí: el reto de no sucumbir a la tentación de sus promesas de conocimiento y poder ilimitado, logrados con sólo expresar el deseo de vivir en ese mundo.
– Me debería usted dar por lo menos una idea sobre lo que debo hacer -insistí en una ocasión en la que hablamos del ensueño.
– No puedo -dijo de modo concluyente-. Y no me lo pidas otra vez. Te dije que en esta situación los ensoñadores tienen que estar solos.
– Pero ni siquiera sabe usted lo que quiero preguntarle.