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Fredric Brown

El Asesinato Como Diversión

Título originaclass="underline" Murder Can Be Fun

Traducción: Celia Filipetto

© 1948 Fredric Brown

LA PESADILLA DEL PEÓN

Al lector de El asesinato como diversión le puede sobrevenir, a medida que recorre las páginas, un par de sorpresas. La primera estaría relacionada con la intermitente presencia del humor en el estilo narrativo y en diversos acontecimientos del relato. La segunda vendría dada por la progresión,de la historia según procedimientos típicos de las novelas basadas en el planteamiento y la investigación de un enigma. El lector sorprendido desde uno y otro punto de vista pensaría probablemente que esta obra de Fredric Brown se alejaba de las características clásicas de la novela negra.

Acaso no resulte necesario justificar lo que aparentemente desvía del roman noir por excelencia a El asesinato como diversión. Una vez que el lector se adentra en la novela, advierte que ni el humor ni el esquema enigmático impiden la confluencia de la misma en el ámbito de la narrativa que surgiera durante los años veinte en la revista Black Mask. Pero conviene, de todas formas, precisar que el recurso al juego deductivo se encuentra en muchas novelas negras de alto fuste, aunque, eso sí, con el hecho diferencial, ante la tradicional narrativa de enigma, de que allí no constituye el objetivo hegemónico, determinante de arquitectura y lenguaje, sino tan sólo un cañamazo para la creatividad literaria propiamente dicha. Y recordar que, a lo largo de la evolución de la novela negra, las formas humorísticas han revestido, en abundantes casos, contenidos notablemente dramáticos.

Precisamente uno de los méritos que individualizan los métodos expresivos de Fredric Brown reside en el sentido del humor. El asesinato como diversión es ejemplar al respecto, sobre todo en cuanto las ironías del autor no acostumbran a incurrir en recreos gratuitos, sino que, por el contrario, se insertan en los significados profundos de la acción. Así lo ilustra el siguiente dialogo entre Barkey y el protagonista Bill Tracy. El primero comenta: «Uno de los muchachos me contó que trabajabas en una casa de putas.» Tracy responde: «Algunos la llaman radio.» Y ocurre que el personaje principal, periodista de vocación, se siente prostituido por su dedicación laboral a escribir seriales radiofónicos con motivo de que así gana mucho más dinero que trabajando para un periódico; los eventos de la trama repercutirán paulatinamente en su definitiva liberación, como si limpiaran la mente y la conciencia de un individuo cuyos guiones están patrocinados, ironía feroz, por un fabricante de jabones.

En otro momento de la novela se lee: «Aquellos sueños no debían habérsele presentado a un perro. Y no lo hicieron. Se le presentaron a Tracy.» Brown ha elegido un rumbo creativo para sugerir el grado alcanzado por la pesadilla que se abate sobre el protagonista, y tales frases se inscriben en un relato que, de principio a fin, supone, más allá de la posible cotidianidad de los hechos, una pesadilla. El drama no sólo subsiste, sino que se magnifica por debajo de palabras destinadas al efecto humorístico.

Hay, además, un entramado subterráneo que refiere El asesinato como diversión al mundo de los cómics. El título original, Murder Can Be Fun (que es el título de una serie de programas radiofónicos de tema criminal que Tracy intenta materializar como alternativa al melodramático serial a su cargo), enlaza con otra denominación norteamericana de los cómics, funnies. El protagonista subraya esta relación entre novela y cómics cuando proclama: «Yo soy Bill Tracy, y no Dick Tracy.» Y las siglas, KRBY, de la emisora radiofónica, obligan a pensar en Rip Kirby, otro famoso héroe de los cómics de género criminal. Tales connotaciones de la novela contribuyen a acentuar la propuesta de un sistema de narración en que el humor pueda formar lógica parte de un desarrollo dramático.

En el saldo positivo de Fredric Brown se debe colocar una postura ciertamente innovadora, ya que ni en la serie del detective BiIl Crane llevada a cabo por Jonathan Latimer durante los años treinta el humor adquiría tal sustancialidad con relación a la estructura narrativa. Lo que El asesinato como diversión alcanza en este punto es lo que conseguirán determinadas novelas de Donald E. Westlake en la segunda mitad de los años sesenta, aunque estas últimas se decanten a derivaciones bufas que entrañan un diverso nivel de equilibrio entre la jocosidad y la emoción. Pudiérase prolongar la cita de Westlake mediante la señalización de una coincidencia: ¿La repentina incapacidad de Tracy para seguir adelante con sus guiones para Los millones de Millie no se avanza también al repentino bloqueo del protagonista de Adiós, Scheherezade (obra westlakiana de 1970) que le impide desarrollar un nuevo relato erótico?

La tentativa de Tracy para huir de Los millones de Millie se plasma en el proyecto de la ya mencionada serie de programas con tema criminal, pero, con malévola ironía de Fredric Brown, los primeros esbozos sugieren a un asesino sucesivos crímenes; del humor, ya negro en esta zona narrativa, se pasa a la esfera donde el autor manifiesta mejor sus habilidades fabuladoras: la interconexión entre lo real y lo que tiene porte de fantástico, nutrida con astucia por otro tema recurrente de Brown, el del alcoholismo y sus efectos en una turbia conciencia de la realidad. Como anticipo, muy oportuno, de una novela posterior de Brown, La noche a través del espejo, empiezan a asomar las referencias a Lewis Carroll y el universo maravilloso de Alicia, al tiempo que la implacable objetividad del ajedrez introduce sus piezas corpóreas en un mundo que parece conducir al onirismo. Por si fuera poco, a la Millie Mereton del serial, obligado objeto de los esfuerzos imaginativos del guionista, se contrapone la Millie Wheeler vecina del protagonista, una Millie tan de hueso y carne que trabaja como modelo de ropa interior.

Brilla tanto la esencialidad de cuanto compone El asesinato como diversión, que la novela da la sensación de una obra de artesanía, amorosamente pergeñada. De hecho, el origen de la misma se remonta a seis años antes, en 1942, cuando Fredric Brown publicó un relato corto que se titulaba The Santa Claus Murders; canibalizada una idea de aquella narración, El asesinato como diversión fue editada en 1948 por Dutton, en tapa dura, con el nombre de Murder Can Be Fun, y al año siguiente una reedición en rústica la presentó bajo la denominación A Plot for Murder. La presencia de ingredientes que, con otras formas y significaciones, reaparecerían en la obra maestra del novelista, La noche a través del espejo, en 1950, abona la creencia en que Fredric Brown había extremado los cuidados en la elaboración de una novela que era la tercera de su carrera y la primera sin el protagonismo de Ed Hunter y su tío Am.

El ambiente de incomprensible pesadilla bajo hipotéticas alucinaciones a causa del constante recurso al alcohol trascendentaliza las definitivamente lúcidas reflexiones de Bill Tracy en torno a la pregunta que le había dirigido el jugador de ajedrez con relación a los peones: «¿Nunca has oído gritar a uno de ellos cuando es capturado?» El asesinato como diversión encubre, bajo formas humorísticas, un mal sueño cuyo término coincide con el despertar y la libertad del peón hasta entonces cautivo.

JAVIER COMAS

CAPÍTULO I

En los Estados Unidos hay pocas calles por las que un hombre puede pasearse llevando una máscara, sin llamar demasiado la atención. La calle de Broadway, en Manhattan, es una de ellas; Broadway ha llevado la sofisticación a los límites del candor.