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– Ya ha ocurrido antes -le interrumpió Hildesheimer-. No era una psicoanalista veterana, desde luego; estaba dando los primeros pasos en la profesión, pero ya había tenido tres casos entre manos. Fue un golpe muy duro, durísimo. Tratamos el asunto con la mayor discreción posible, fue una conmoción, no puede negarse que lo fuera -suspiró-. Ocurrió hace bastantes años, cuando yo era más joven y quizá menos vulnerable. Y ahora me cuesta enormemente aceptar el hecho de que Eva nos ha dejado. Y no sé -prosiguió bajando la voz casi hasta un susurro- si no es todavía más difícil, o al menos igual de difícil, acostumbrarme a la idea de que hay un asesino entre nosotros.

– Tal vez -le corrigió Michael.

– Según los indicios de los que disponemos en este momento… -el anciano formuló aquella salvedad de una manera distinta pero no más consoladora.

Michael guardó silencio. Un silencio solidario, atento. Sabía cómo ejercer presión cuando era necesario. Había quien aseguraba que verlo en acción era un espectáculo que no resultaba fácil de olvidar. Pero, en aquel momento, sintió que debía proceder con toda delicadeza, pues ésa era la única manera de conectar con la persona que tenía enfrente y percibir esos detalles aparentemente triviales que se dicen entre líneas y a veces se callan y que, a la larga, proporcionan la clave para resolver un misterio. También estaba en juego lo que él llamaba en privado sus «necesidades históricas». Es decir, la necesidad del historiador de formarse una idea de conjunto, de ver todo lo que afecta a los seres humanos en el marco de un proceso global, como un proceso histórico que posee sus propias leyes y que, como nunca se cansaba de explicar, nos concede los medios para llegar al centro de un problema cuando logramos comprender su significado.

En la fase inicial de una investigación, el aspecto fundamental, repetía Michael Ohayon a sus subordinados, sin lograr definir con precisión lo que quería decir pero demostrándolo en la práctica…, el aspecto fundamental, afirmaba obstinadamente, era comprender a las personas implicadas en el caso. Aun cuando, en un principio, ese conocimiento no pareciera desempeñar ningún papel en la investigación. Y por eso, él siempre intentaba penetrar hasta el fondo del mundo emocional e intelectual que estaba investigando. Esta tendencia se manifestaba superficialmente en el hecho de que las investigaciones que tenía a su cargo arrancaban muy despacio, en opinión de sus superiores. Ahora, por ejemplo, no intentó ponerse en contacto con los miembros de su equipo, ya que, aun cuando fueran a comunicarle un nuevo indicio, para él lo principal era ver a Hildesheimer. No quería escuchar una información que lo obligara a interrumpir su conversación con el anciano. Sabía que charlar con Hildesheimer lo ayudaría a comprender el espíritu del lugar donde se había producido el asesinato y las fuerzas que movían a los personajes mejor que cualquier descubrimiento de la investigación de campo. Como es natural, estaba experimentando un conflicto; estaba tenso y sospechaba que habría de pagar un precio por su ausencia: se vería obligado a dar explicaciones sobre su comportamiento y sabía de antemano que no lo comprenderían. Shorer, su superior inmediato, siempre estaba criticando sus «excentricidades». Pero él estaba convencido de que tenía razón: había que empezar despacio, haciendo una especie de introducción teórica, y sólo más adelante acelerar el proceso todo lo posible.

Hildesheimer cerró los ojos un instante y, al abrirlos, posó la mirada en Michael durante largo rato. Después dijo indeciso que se temía que iba a transgredir algunas normas. Aun cuando su mujer aseguraba que no comprendía en absoluto a la gente a no ser que fueran sus pacientes, él sentía que podía confiar en el inspector jefe Ohayon. No es que fuera a desvelar ningún secreto; sencillamente no estaba bien discutir los asuntos internos con extraños, mas, como ya había dicho, le interesaba que el caso se resolviera cuanto antes.

Michael siguió el curso de los pensamientos del anciano, preguntándose adonde iría a parar.

Por lo general, dijo el profesor, cuando cualquier persona del mundo psicoanalítico o ajena a él le preguntaba algo sobre el Instituto, extremaba las precauciones para averiguar los motivos que habían dado lugar a la pregunta. Había numerosas situaciones en las que una respuesta a la ligera podía tener consecuencias muy dañinas. Por otro lado, el inspector jefe Ohayon le había planteado unas preguntas cuyas respuestas serían sin duda dolorosas; no obstante, sentía que no podía por menos de responderle, dado que lo sucedido era irreversible y el daño ya estaba hecho. Después se excusó por aquella digresión, con la que sólo pretendía que comprendiera el motivo de que, por principio, tuviera reservas a la hora de hablar del Instituto y por qué iba a apartarse de sus costumbres.

Cuando la lluvia comenzó a caer en grandes gotas silenciosas, Hildesheimer ya estaba enfrascado en su historia. El anciano comenzó hablando de los años treinta en Viena y de su decisión de emigrar a Palestina, y Michael, sin pedir permiso, encendió un cigarrillo de un paquete nuevo de Noblesse que se sacó del bolsillo, y, para cuando el profesor le estaba hablando de la casa del viejo barrio de Bujaran, próxima a Mea Shearim, tres colillas se habían acumulado ya en el cenicero que Hildesheimer había cogido de un anaquel de la mesita. Él también se levantó para sacar una pipa oscura del cajón de su escritorio y la cargó mientras hablaba. El agradable aroma del tabaco se extendió por la habitación y el cenicero de porcelana se fue llenando de cerillas quemadas.

Sin necesidad de que Hildesheimer se lo dijera explícitamente, Michael supo que estaba hablándole de la obra de su vida.

Los hechos más dolorosos le fueron comunicados en un tono absolutamente prosaico. La necesidad de que Michael se formara una idea de conjunto lo más precisa posible fue explicada en razón de que «la persona a cargo de este caso debe comprender con exactitud lo que tiene entre manos; no puede permitirse incurrir en errores. Tiene que ser consciente de la gravedad de su responsabilidad». A continuación, el profesor dijo que el futuro del Instituto Psicoanalítico dependía por completo de que se esclareciera si realmente alguno de sus miembros había cometido un asesinato, que las bases en que se asentaba su existencia se tambalearían si «se demostraba que era imposible saber de antemano de qué era capaz la persona que está delante de ti». (Michael pensó que, desde luego, eso era imposible, pero no comentó nada.) El anciano habló de su propia necesidad de descubrir la verdad, ya que estaba en juego algo a lo que había consagrado su vida entera.

Después de este preámbulo, y de mirar escrutadoramente a los ojos a Michael, se lanzó a referir su historia en tono monocorde.

En 1937, cuando ya era evidente lo que se avecinaba, Hildesheimer acababa de concluir su formación de psicoanalista y estaba a punto de iniciar su vida profesional. Decidió emigrar a Palestina.

Fue allí en compañía de un pequeño grupo de personas que se encontraban en la misma etapa profesional que él. Los había precedido Stefan Deutsch, un psicoanalista con mayores conocimientos y experiencia, «al fin y al cabo, se había psicoanalizado con Ferenczi, un discípulo y amigo personal de Freud». Con algún dinero que había heredado, Deutsch compró una gran casa en el barrio de Bujaran de Jerusalén.

Y fue en esa casa donde se alojaron Hildesheimer y su mujer, Ilse, así como los Levine, un matrimonio de analistas prácticamente sin experiencia. Con el transcurso del tiempo, continuó el anciano, la casa se convertiría, sin que nadie lo pretendiera, en la primera sede del Instituto Psicoanalítico. Ilse se ocupaba de la administración y los Levine y él practicaban el psicoanálisis, y todos vivían juntos en la casa del barrio de Bujaran. Esbozó una media sonrisa al rememorar los elevados techos circulares y el suelo de baldosas pintadas llenas de desconchones de la vieja casa árabe. Los inviernos, en los que la casa se llenaba de goteras, eran traumatizantes, pero los veranos resultaban agradables. Al caer la tarde solían reunirse a comentar las incidencias de la jornada en el patio descubierto y embalsamado por aromas de jazmín, rodeados por la colada puesta a secar en los tendederos de los vecinos. Transcurrieron muchos meses antes de que encontraran el piso de Rehavia donde todavía vivían, pero aún después de mudarse seguían pasando casi todo el tiempo en el barrio de Bujaran. Más adelante, nuevos recién llegados se unieron a ellos, sobre todo en 1938 y 1939.