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– ¿Pero qué os pasa esta mañana? -preguntó Michael, y cuando le respondieron mascullando algo sobre el cansancio, dijo con impaciencia-: A ver si reaccionáis, que no está el horno para bollos. Tenemos que sacar un montón de trabajo adelante esta mañana. Lo primero de todo es despachar la reunión.

Michael se levantó y sus ayudantes echaron a andar delante de él hacia el despacho del fondo del pasillo, donde Balilty los esperaba con el inspector Raffi Cohen, que anunció en tono cansino que lo habían asignado al equipo pero que todavía no estaba en condiciones de funcionar como es debido.

– No hace falta que me pongáis en antecedentes ahora mismo -dijo-. Ayer hablé con Shorer y me he hecho una idea aproximada de por dónde van los tiros.

La reunión duró una hora y, a las nueve y media, Michael resumió el plan de acción. La mayor parte del tiempo se fue en escuchar el informe de Tzilla sobre sus conversaciones con Dalya Linder y con los vecinos de Linder: a uno de ellos lo habían despertado los ruidos que hicieron éste y su hijo en el patio.

Todos tenían en la mano sendas tazas de café y salían a rellenarlas de cuando en cuando. Se les veía agotados. Michael mencionó Alien, pero era el único que la había visto y a nadie le sugirió nada. Se decidió que Balilty trataría de averiguar algo más sobre Alí Abú Mustafá a través del gobernó militar que administraba los territorios. Tzilla, que se había mantenido en contacto con los hombres que estaban vigilando la casa de Hildesheimer, les informó de que, salvo por el encuentro con Dina Silver, allí no había ocurrido nada digno de mención.

Al final decidieron que Eli fuera a ver a los contables, que Balilty continuara reuniendo información confidencial, que Kaffi se pasara por el Instituto de Investigación Criminal y que Tzilla se pusiera en contacto con todos los invitados de la fiesta de Linder y les pidiera que acudieran a la comisaría para ser interrogados. Michael resumió lo acordado.

– Nos quedan menos de tres horas antes del entierro, tenemos que despabilarnos. Eli, ve directamente a Zeligman y Zeligman -le pasó la nota con la dirección-, y trae el archivo de Neidorf. Con las facturas, a lo mejor nos da tiempo a redactar la lista de pacientes y supervisados antes del entierro. Te están esperando. Y será mejor que te afeites. Pareces un presidiario en su día de salida. Toma -añadió dándole las llaves del Renault-. Está aparcado junto a la entrada de la calle Jaffa.

Eli cogió las llaves y se marchó sin pronunciar una sola palabra. Tzilla siguió a Michael a su despacho, tomó asiento y una vez más se puso a doblar clips.

– Bueno, ¿qué pasa? Y no me digas que estás cansada. No es la primera vez que os veo cansados a Eli y a ti, ¿sabes? ¿O prefieres no hablar de ello? -con lágrimas en los ojos, Tzilla hizo un gesto negativo. Michael suspiró y dijo-: Bueno, puede que te animes trabajando un poco -y le pasó la lista de nombres.

Por segunda vez esa mañana, Michael se preguntó qué relación tendrían Tzilla y Eli. Aunque no se demostraban afecto abiertamente, de vez en cuando la tensión que había entre ellos se palpaba en el aire y a veces Michael tenía la sensación de haberlos sorprendido en plena conversación íntima. Suponía que se verían en su tiempo libre, pero nunca se había comentado nada al respecto.

Tzilla se sonó, se enjugó los ojos y preguntó:

– ¿Qué son todos estos nombres? ¿Qué se supone que tengo que hacer con ellos?

Michael percibió en su voz un dejo de autoconmiseración que le hizo responder con impaciencia:

– Es la lista de invitados a la fiesta de Linder, en la que se supone que alguien pudo robar la pistola. Hay que citar a cuarenta personas para interrogarlas. Lo haremos entre Eli, tú y yo, y nos harán falta dos personas más; si podemos suspender la vigilancia del viejo profesor, dejaremos de tener tanta escasez de personal. Hay que descubrir qué estaban haciendo y dónde. Coge el teléfono y comunícales que queremos hablar con todos. Y cuando hayas terminado con ellos, comenzaremos con los pacientes y supervisados que no asistieron a la fiesta. Pero antes tendremos que esperar a que Eli vuelva con el archivo -dijo Michael tratando de no prestar atención a sus sollozos-. Créeme -añadió afectuosamente-, no hay mejor cura que el trabajo. No sé qué ha pasado, pero sea lo que sea el trabajo te hará olvidarlo. Y cuando vuelvas a verme, dentro de una hora aproximadamente, aunque no hayas acabado, porque todavía tenemos pendiente hablar sobre el entierro, serás una persona diferente -y en el mismo tono de voz que empleaba con Yuval cuando se ponía gruñón y rebelde, agregó en un susurro-: Y entonces te habrás vuelto a convertir en la mejor coordinadora de equipo de Jerusalén.

Tzilla plegó la lista en cuatro, se sacudió de encima la mano que Michael le había posado en el hombro, recogió su bolso y salió del despacho. Michael se quedó pensativo un instante y después se abalanzó sobre el teléfono y marcó el número de Dina Silver. Le respondió una mujer que dijo ser la criada y que no sabía nada. No había nadie en casa. La señora estaba en el trabajo, pero allí sólo se la podía llamar diez minutos antes de cada hora, dijo en tono de advertencia. El tono que utiliza quien ya ha salido escaldado. Michael anotó el teléfono. Eran las nueve y cuarenta y cinco, faltaban cinco minutos para que pudiera llamarla. Salió de su despacho y se dirigió al de Emanuel Shorer, que estaba pegado al suyo y no era mucho mayor. La mesa de Shorer es- taba cubierta de papeles y él tenía un tazón de café en la mano. Al ver a Michael se le iluminó la cara.

– ¿Qué hay de nuevo? -preguntó, indicando con un gesto la silla que tenía enfrente.

– Nada -dijo Michael sin tomar asiento-. Bahar se ha ido a ver al contable, Tzilla está al teléfono con la lista de personas que queremos interrogar y el entierro se celebra hoy a la una. Necesito fotógrafos y dos ayudantes extra para las tareas de vigilancia que vayan surgiendo, no puedo arreglármelas sólo con tres personas y los del Servicio de Inteligencia, y no puedo prescindir de los que están protegiendo a Hildesheimer. Alguien podría aprovechar el entierro para agredirlo.

– Está bien, lo solucionaremos de alguna forma. ¿A la una, has dicho? ¿Cuántos? ¿Dos fotógrafos? ¿Y dos más?, suficiente. Si necesitas más hombres ad hoc, házmelo saber y te los proporcionaré. ¿Por qué estás consultando el reloj todo el rato?

– Porque tengo que hacer una llamada a las diez menos… -y Michael sonrió, acordándose de Winnie-the-Pooh y de los cuentos que en otros tiempos solía leer a Yuval. Sin saber por qué, se sentía como Eeyore-. Ah, me olvidaba de hablarte del jardinero -le puso en antecedentes y concluyó diciendo-: Tengo una sensación extraña, como si se me hubiera olvidado algo, como si fuera a ocurrir algo. No sé… ¿Comprendes lo que quiero decir? -Shorer lo miró y negó con la cabeza-. Bueno, da igual. Asígname dos personas y un coche para que Raffi vaya al entierro, ¿de acuerdo? -Shorer hizo un gesto afirmativo y Michael regresó a su despacho, sirviéndose por el camino una taza de café en el «rincón del café», una celdilla que estaba cerca de su oficina.

Eran las diez menos cinco cuando estiró la mano para marcar el número de Dina Silver, pero justo en ese momento el teléfono sonó y, al descolgar, oyó a Eli Bahar hablando muy excitado. Sin darle tiempo a pedirle que lo llamara más tarde, Eli le espetó a voz en grito:

– Michael, ¡el archivo no está! ¡Se lo han llevado! ¿Tú no has mandado a otra persona a recogerlo, verdad?

– ¿Qué quieres decir con eso de otra persona? ¿De qué demonios estás hablando? -dijo Michael, encendiendo una cerilla mientras las manos se le empapaban de sudor. Se las secó en los pantalones, una después de otra.

– ¡Estoy hablando de que aquí no hay nada! El contable dice que ya ha venido la policía a recoger el archivo. ¡El tipo que se lo llevó incluso firmó un recibo!

– Un momento. Empieza desde el principio y cuéntamelo despacio -Michael aspiró con fuerza el humo de su primer cigarrillo del día-. ¿Me estás llamando desde Zeligman y Zeligman, de la calle Shamai?