Aguardaron fuera una hora, en silencio. Eli Bahar tampoco dijo nada. Michael se fumó un par de cigarrillos más y le agradeció a Eli el café que le trajo. Gold rechazó el café con un movimiento de cabeza.
Cuando por fin salió de la habitación, el anciano tenía la tez grisácea y Michael, que empezaba a preocuparse por su estado físico, sugirió que fueran a beber algo a la cafetería, sugerencia que Hildesheimer desechó con impaciencia. Se despidió de Gold con una inclinación de cabeza y se dirigió a grandes zancadas hacia el ascensor. El inspector jefe hubo de apretar el paso para seguirle el ritmo.
En cuanto estuvieron en el coche, antes de que Michael tuviera tiempo de poner en marcha el motor, Hildesheimer se volvió para mirarlo y dijo:
– Bueno. Y ahora, ¿qué hacemos?
– Ahora -dijo el inspector jefe con voz ronca- tenemos que demostrarlo, que es lo más difícil. Tenemos el móvil, los medios, la oportunidad; su coartada puede desmontarse, pero tenemos que probarlo.
– ¿Cómo lo vamos a probar? -preguntó el anciano, tamborileando con los dedos sobre su rodilla.
Michael dijo tener una idea, pero prefería esperar a que estuvieran fuera del coche para explicársela.
– Es un plan complicado y le exigiría poner mucho de su parte.
Hildesheimer no reaccionó.
A la una y media volvían a estar sentados en la consulta de la calle Alfasi, como si nunca hubieran salido de allí.
Michael encendió un cigarrillo y declinó la invitación a comer que el anciano le hizo sin mucho entusiasmo cuando su mujer asomó por la puerta su cabeza cubierta de grises rizos y, malhumoradamente, le preguntó algo en alemán.
Hildesheimer escuchó atentamente la explicación de Michael sobre lo que se requería de él. El inspector jefe repitió una y otra vez que los métodos convencionales no los llevarían a ninguna parte y se excusó diciendo un par de veces con mucho énfasis que la situación en la que iba a encontrarse el profesor lo obligaría a traicionar algunos principios que tenía por sagrados. Pero el anciano le cortó en seco al señalar que también era posible ver las cosas desde una perspectiva muy distinta, la contraria, de hecho, y pensar que actuando de esa forma iba a defender los principios a los que el inspector jefe se había referido. Y así, a las dos de la tarde, el profesor Ernst Hildesheimer marcó el teléfono de la casa de Dina Silver y le pidió que fuera a verlo a su consulta a las cuatro de esa misma tarde.
A las tres en punto Hildesheimer abrió la puerta y les franqueó la entrada. El equipo del laboratorio móvil examinó la casa y revisó las habitaciones mientras Michael aguardaba en silencio, sentado en un sillón. El anciano estaba de pie mirando por la ventana. Después de llamar a la puerta, Shaul entró y dijo señalando la pared con la cabeza:
– Ya está. Todo listo. Tenemos que apostarnos en el dormitorio. Ahí hay un entrante donde la pared se adelgaza. Lo hemos revuelto un poco, pero después lo recogeremos todo -y dirigió al anciano una mirada interrogativa que no transmitía una petición de excusas bastante clara corno para contentar a Michael, quien les había advertido repetidas veces que trataran al psicoanalista con el mayor respeto del que fueran capaces.
Michael se disculpó en su propio nombre y prometió que volverían a colocarlo todo como estaba antes, pero aquello no parecía concernir a Hildesheimer. Estaba en otro lugar, alejado en el tiempo. Por la ventana abierta contemplaba el descuidado jardín bañado por el sol de una tarde primaveral, que no penetraba en la fría habitación. Michael sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal al pensar que el anciano había cumplido ochenta años hacía un par de semanas.
Cuando el timbre de la puerta sonó, exactamente a las cuatro en punto, Shaul, el agente de Investigación Criminal, y el inspector jefe Ohayon estaban listos.
Dina Silver se presentó con un vestido rojo, el vestido con el que Michael la había visto la primera vez. Tenía el semblante pálido, y un mechón de pelo, con brillos negro azulados le caía sobre los ojos. Con un grácil ademán se lo apartó de la cara y preguntó sonriente si debía tumbarse en el diván. El psicoanalista señaló el sillón. Dina Silver tomó asiento y cruzó las piernas de lado, como una modelo de revista. Sus anchos tobillos conferían un aire levemente grotesco a esa pose. Michael volvió a reparar en las muñecas anchas, los dedos cortos, las uñas mordidas que, paradójicamente, le daban a sus manos un extraño aspecto predatorio en aquel momento.
Al principio se produjo un silencio. La visitante rebulló en su asiento y después abrió la boca para decir algo y la cerró sin haberlo dicho. Desde su escondite, Michael sólo alcanzaba a ver la cara de Hildesheimer de perfil; oyó que le preguntaba a Dina Silver cómo se sentía, a lo que ella respondió:
– Muy bien. Vuelvo a estar bastante bien -habló con voz queda y suave, pronunciando todas las sílabas claramente.
– Hace poco quería hablar conmigo -dijo el anciano-. Creo que tenía algún problema.
Una vez más, Dina Silver se retiró el pelo de la frente, cruzó las piernas y, al fin, dijo:
– Sí. En aquel momento lo tenía. Fue justo después de la muerte de la doctora Neidorf. Pero no lo he llamado porque después me puse enferma. Pensaba ponerme en contacto con usted al recuperarme, pero ahora ya no tengo tanta premura. Quería usted verme. ¿Hay alguna novedad?
– ¿Alguna novedad? -repitió el anciano.
– Pensé que quizá había ocurrido algo y… -Dina Silver cambió de postura. Hildesheimer esperó pacientemente. Su visitante no se atrevía a preguntarle directamente qué quería y sólo su cuerpo delataba la tensión que sentía, sobre todo por la forma de mover las piernas, que volvió a descruzar y a cruzar una vez más-. Pensé -dijo con mayor firmeza- que era algo relacionado con mi presentación; que habrían estado comentándola. Que quería exponerme alguna crítica.
– ¿Por qué creía que la íbamos a criticar? ¿No quedó satisfecha con lo que escribió en la presentación?
Dina Silver esbozó una sonrisa, un rictus que a Michael ya le resultaba familiar, y explicó:
– No se trata de lo que yo piense o escriba. Ustedes tienen sus propias exigencias, y en eso mi opinión no cuenta nada.
La mano del anciano se elevó en el aire y volvió a caer sobre el brazo del sillón mientras decía:
– No. Quería verla para comentar su encuentro con la doctora Neidorf.
– ¿Qué encuentro? -preguntó Dina Silver, y apretó los puños.
– En primer lugar el encuentro que tuvieron antes de que se marchara al extranjero, en el que se produjo la confrontación -dijo Hildesheimer como si estuviera refiriéndose a un hecho evidente e incuestionable, conocido para los dos.
– ¿Confrontación? -repitió Dina Silver como si no entendiera el significado de la palabra.
Hildesheimer no dijo nada.
– ¿Le habló de nuestra confrontación? -preguntó la psicoanalista, y sus manos resbalaron sobre el fino tejido de lana de su vestido. Hildesheimer continuó sin decir nada.
– ¿Qué le contó? -preguntó de nuevo, y el anciano persistió en su silencio. La pregunta se repitió dos veces más, y entre ambas, Dina Silver trató de buscar una postura más cómoda y las manos empezaron a temblarle. Alzó el tono de voz para replantear la pregunta-: ¿Se refiere a nuestra cita previa al viaje? Me dijo que era algo que quedaría entre nosotras, que no se lo iba a contar a nadie.
Hildesheimer se mantuvo callado.
– Bueno, es verdad que me criticó, pero sobre un asunto personal y muy concreto, nada importante.
Hildesheimer no se dirigió a ella por su nombre ni una sola vez, según advirtió Michael. Sin cambiar de postura, le espetó en tono gélido:
– ¿Qué es para usted un asunto personal? ¿Seducir a un paciente? ¿Considera que eso es un asunto personal?