EL JEFE DE LA INVESTIGACIÓN PLUNKETT-ANDERSON
ENCONTRADO MUERTO
CERCA DE SU CASA: ES UN SUICIDIO
Quantico, Virginia, 23 de junio:
El inspector Thomas Dusenberry, de 49 años, jefe que fue del Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie y agente responsable de las capturas de los asesinos múltiples Martin Plunkett y Ross Anderson, fue encontrado muerto ayer, en el bosque cercano a su casa de Quantico. En la mano derecha tenía un revólver del calibre 38 con un silenciador de tosca factura y una sola herida de bala en la cabeza. Los agentes que investigan el caso han encontrado una nota de suicidio, escrita de su puño y letra, en la mesa del comedor de su casa y la muerte ha sido oficialmente catalogada de «homicidio autoinfligido».
Los agentes del FBI expresaron su perplejidad ante la muerte de Dusenberry, pero no quisieron especular acerca de los motivos que lo llevaron a quitarse la vida. La policía de Quantico reveló que, junto con la nota de suicidio, había dos cheques de veinticinco mil dólares cada uno, extendidos a nombre de los hijos del inspector. Dusenberry había comentado a un colega, el agente especial James Schwartzwalder, que había vendido -por la cantidad que dejaba a sus hijos- un diario que escribía sobre el caso Plunkett al mismo agente literario que representa a Martin Plunkett en la venta de su autobiografía.
«Tom me habló del trato hace tres días -ha dicho el agente Schwartzwaler a los periodistas del Times-. Parecía feliz por ello. Yo no tenía ni idea de lo que estaba planeando.»
Dusenberry será enterrado tras un funeral que se celebrará en la capilla de la Iglesia holandesa reformada la próxima semana. Deja esposa, Carol, de 45 años, un hijo, Mark, de 22, y una hija, Susan, de 23.
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Salvo este epílogo, mi relato está completo. Llevo catorce meses en Sing Sing; Dusenberry lleva nueve muerto. No se han cursado órdenes de extradición contra mí y en el mapa que adorna la pared de mi celda hay clavados sesenta y dos alfileres. Ayer cumplí treinta y siete años.
Milton Alpert está leyendo las primeras páginas de mi manuscrito en una celda enfrente de la mía, al otro lado del pasillo. Llevo una hora observándolo y parece asustado.
Ya se ha acabado. Estoy tan muerto e inanimado como esos alfileres de cabeza roja que adornan mi mapa. Al repasar estas cuatrocientas y pico páginas, veo que estuve, sucesivamente, asustado y enfurecido, que fui atrevido y cobarde, depravado y poseído de una nobleza de guerrero. Luché y huí y, cuando amé, mi emoción respondió a una voluntad de poder similar a la mía. Que él resultara débil y traidor carece de importancia; como todos los seres humanos, me uní a un amante bien parecido que llenó de gracia mis propios espacios en blanco, dejando partes de mi voluntad en suspiros y abrazos. Pero, a diferencia de la mayoría de los seres humanos, no permití que mi deseo me destruyera. Mis últimas muertes fueron por él, y por él estuve a punto de dejar con vida a mi última víctima, pero al final mi voluntad se mantuvo intacta. Poseí la experiencia, pero no pagué el precio final.
Otros lo pagaron por mí.
Al quitarles la vida, los conocí en los momentos más exquisitos de su existencia. Al acabar con ellos cuando eran jóvenes, ardientes y llenos de salud, asimilé una impetuosidad y un sexo que habrían languidecido de no haberlos usurpado para mi propio uso. Lo que hice fue en parte para acallar mis pesadillas y calmar mi rabia terrible, y en parte por la pura emoción y la sensación de poder de alto voltaje que me proporcionaba el asesinato. No puedo resumir mis impulsos con una perspectiva mayor que ésta.
Así, busca causa y efecto; participa de mi brillante recuerdo y de mi absoluta sinceridad y llega a la conclusión que quieras. Construye montañas de elipses y bastiones de lógica de interpretaciones de la verdad que te he dado. Y si he ganado tu credibilidad retratándome abiertamente, con fragilidades incluidas, créeme si te digo lo siguiente: he alcanzado puntos de poder y de lucidez que no pueden medirse por ningún parámetro lógico, místico o humano. Tal era la santidad de mi locura.
Ahora se acabó. No me someteré a la duración de mi sentencia. Completada esta despedida en sangre, mi tránsito en forma humana ha llegado a su punto culminante; subsistir más allá resulta inaceptable. Los científicos dicen que toda la materia se dispersa en una energía irreconocible pero penetrante. Me propongo averiguarlo volviéndome hacia adentro y cerrando mis sentidos hasta que implosione en un espacio más allá de toda ley, de toda carretera, de todo límite de velocidad. De alguna forma oscura, continuaré.
James Ellroy