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El alemán se había puesto de pie y movió la cabeza para saludar; después alzó el brazo y le ofreció el mate.

– Gracias; sólo vine por un momento -dijo Larsen.

Se descubrió y mantuvo la mano estirada hacia la mujer, hermosa, ventruda y mal peinada que se le acercaba desde los escalones de la casilla, desde la zona de tablones que rodeaba la casilla, a la que debían llamar porche y donde se sentarían en las noches de verano para respirar el río, tal vez felices, tal vez agradecidos. La mujer tenía un sobretodo y zapatos de hombre, se balanceaba al andar, ancha, muy blanca; venía tocándose el pelo, no para intentar en vano remedar un peinado ni para disculpar la inexistencia o el deterioro del peinado, sino para que el viento no lo hiciera caer sobre los ojos.

– Es para mí un honor, señora -dijo Larsen, veloz y claro, sintiendo que la vieja sonrisa del primer encuentro con mujeres (deslumbrada, protectora e insinuante, y que no escondía del todo el cálculo) se le formaba sin esfuerzo, no alterada por el tiempo ni las circunstancias.

Se puso a chupar el mate y miró alrededor, la casa de madera que parecía la reproducción agrandada de una casilla de perro, con tres escalones vencidos que llevaban hasta el umbral, con rastros de haber estado pintada de azul, con una mal adherida timonera de barco fluvial, extraída del cadáver de algún Tiba.

Miró la desconfianza de los dos perros falderos, el edificio gris de las oficinas, el galpón de ladrillos, chapas, herrumbre, deterioro, la lámina del río, ilesa bajo el viento.

– No se está mal aquí -dijo con otra sonrisa, también fácil, cortésmente envidiosa.

La mujer, con los perros refugiados entre las piernas, alta, inconmovible, alzó los hombros del sobretodo, y le mostró los dientes jóvenes y manchados.

– Viene a ver cómo viven los pobres -explicó Gálvez, de pie, la bombilla clavada en su sonrisa furiosa.

– Vengo a ver a los amigos -dijo Larsen con dulzura, como si hubiera descubierto una posibilidad de que el otro hablara en serio. El agua ardiente y amarga del mate le corría velozmente por las tripas. Sintió que era fácil pelear, darle una patada al asador, decir una frase obscena mirando a la mujer.

– Estaba por retirarme de mi despacho -recitó examinándose las uñas-, cuando tuve la idea de preparar un informe durante este fin de semana. Dediqué la mañana a revisar el archivo. Estudié un presupuesto enviado hace algunos años al capitán de un barco que estaba con averías en el puerto de El Rosario.

Pensó que lo dejaban hablar por maldad, que acordaban la burlona imitación de un silencio respetuoso para obligarlo a confesar la farsa, el desespero. Guardó las manos y bajó la cabeza para mirarse las puntas de los zapatos que hizo subir y bajar entre yuyos calcinados, papeles endurecidos por el barro, pozos de humedad sucia. La radio en el porche -supo después que ellos llamaban galería a los tablones sobresalientes al costado de la casilla- empezó a tocar un tango o él empezó a oírlo entonces.

– El caso de un barco, el Tiba, cargando trigo en el puerto de El Rosario y necesitado de reparaciones para poder zarpar. No consta lo que pasó después; va a costar encontrar el resto dada la confusión de las carpetas del archivo -buscaba la manera de despedirse-. Una de las primeras medidas debe ser, me permito opinar, la reorganización del archivo y de todos los antecedentes comerciales -había aceptado ahora enloquecer o morir, miraba despistado el movimiento de sus zapatos sobre la tierra oscurecida por la lluvia y dedicaba gratuitamente el discurso a la mujer amplia e inmóvil. Cuando no pudo más alzó la cabeza y los miró, uno a uno, los hombres, la mujer, los perros, con las manos en los bolsillos, jadeante, el sombrero tocando una oreja, los ojos remozados y buscadores.

– Depende del año -dijo Kunz con tristeza-. No recuerdo haber intervenido en ese presupuesto.

Gálvez continuaba mirando el fuego, en cuclillas.

– ¿Falta mucho? -preguntó la mujer.

Entonces Gálvez se incorporó con un cuchillo en la mano; la estuvo mirando con sorpresa, como si no le fuera posible entender, como si la cara de ella o su pregunta le revelaran algo que era vergonzoso no haber visto antes. Le sonrió y le besó la frente.

– El agua está fría -dijo Kunz-. Si el lunes me muestra la carpeta puede ser que sepa.

Gálvez se acercó a Larsen y trató de no sonreír.

– ¿Por qué no deja el sobretodo adentro? -ordenó suavemente-. De paso se trae un plato y cubiertos, ya va a encontrar dónde. Vamos a comer.

Sin mirarlo, Larsen subió los tres peldaños, dejó caer el sobretodo en una cama, se encajó el sombrero, trajo el plato de lata y el tenedor de plomo, sonrió bondadoso al nuevo silencio del grupo como si él ofreciera la comida y acomodó el cuerpo para contemplar el asado crepitante, mientras bisbiseaba la letra de nostalgia y desquite del tango gangoso en la radio.

Entonces, con lentitud y prudencia, Larsen comenzó a aceptar que era posible compartir la ilusoria gerencia de Petrus, Sociedad Anónima, con otras ilusiones, con otras formas de la mentira que se había propuesto no volver a frecuentar.

Acaso se haya visto obligado a decir que sí cuando supo en su corazón que no cobraría los cinco o seis mil pesos al final de este mes ni de ninguno de los que le quedaban por vivir; cuando el dueño de lo de Belgrano continuó leyendo el diario o espantando moscas alguna vez que él se acercó al mostrador con una sonrisa de bebedor locuaz; cuando tuvo que esconder los puños de la camisa antes de recorrer el familiar laberinto entre mármoles ateridos que desembocaba en la glorieta. Acaso se haya abandonado, simplemente, como se vuelve en las horas de crisis al refugio seguro de una manía, un vicio, o una mujer.

Pero ésta era su última oportunidad de engañarse. De modo que mantuvo, sin que se viera el esfuerzo, con voluntad desesperada, un límite infranqueable entre la Gerencia General, y el frío creciente de la glorieta y las comidas dentro o alrededor de la casilla donde vivía Gálvez con la mujer vestida de hombre y los perros sucios.

Aparte de la piedad intermitente, de la conciencia de que nunca le sería explicado el secreto de la invariable alegría de la mujer («no es porque esté resignada, no es por el privilegio de dormir con este tipo, no es tampoco por imbecilidad»), tuvo que soportar muy pocas cosas. En realidad, no estaba con ellos sino con reproducciones de fidelidad fluctuante, de otros Gálvez y Kunz, de otras mujeres felices y miserables, de amigos con nombre y rostros perdidos que lo habían ayudado -sin propósito, sin tomarlo de verdad en cuenta, sin agregar nada al impulso instintivo de ayudarse ellos mismos- a experimentar como normal, como infinitamente tolerable, la sensación de la celada y la desesperanza. Ellos, por su parte, soportaron desde el primer día, sin humillarse, sin burla, el doble juego de Larsen: la Gerencia de 8 a 12, de 3 a 6, las desapariciones de Larsen hasta la cena, sus silencios cuando se hablaba del viejo Petrus o se insinuaba la existencia de su hija.

Las cenas (guisos ahora, casi siempre, porque el frío obligaba a cocinar en la casilla y allí el humo no cabía), duraban hasta tarde, con litros de vino, con tangos sordos en la radio (los perros dormían, la mujer canturreaba ronca y suave dentro del calor de las solapas alzadas, sonriente, proponiendo con cada palabra un enigma de gozo y de preservada inocencia), con el plácido intercambio de anécdotas, de recuerdos pintorescos deliberadamente impersonales.

Habían dejado de odiarlo y es casi seguro que lo soportaban porque lo creían loco, porque Larsen agitaba en ellos un espeso, coincidente légamo de locura; porque extraían una indefinible compensación del privilegio de oír su voz grave y arrastrada hablando del precio por metro de la pintura de un casco de barco en el año 47 o sugiriendo tretas infantiles para ganar mucho más dinero con el carenaje de buques fantasmas que nunca remontarían el río; porque podían distraerse con las alternativas del combate entre Larsen y la miseria, con sus triunfos y sus fracasos en la interminable, indecisa lucha por cuellos duros y limpios, pantalones sin brillo, pañuelos blancos y planchados, por caras, sonrisas y muecas que traslucieran la confianza, la paz de espíritu, aquella grosera complacencia que sólo puede procrear la riqueza.

LA GLORIETA – III