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Aparto la bolsa y me levanto.

– Vámonos, Adel.

Mi interrupción lo desconcierta, pero se levanta también.

– Tienes razón, ammu, no es el mejor lugar para hablar de estas cosas.

– No quiero hablar más de ellas. Ni aquí ni en ninguna parte.

Asiente.

– Tu tío abuelo Omr sabe que estás en Yenín. Quiere verte. No pasa nada si no tienes tiempo. Se lo explicaré.

– No hay nada que explicar, Adel. Jamás he renunciado a los míos.

– No quería decir eso.

– Sólo has pensado en voz alta.

Esquiva mi mirada.

– ¿No quieres comer algo antes, darte un baño?

– No. No quiero nada de tus amigos. No me gusta ni su cocina ni su higiene. Tampoco quiero su ropa -añado apartando aún más la bolsa-. Tengo que regresar a mi hotel para recuperar mis cosas, si es que no las han repartido ya entre los necesitados.

La luz del patio me deslumbra, pero el sol me sienta bien. No quedan milicianos. Sólo un joven sonriente de pie junto a un coche polvoriento.

– Es Wisam, el nieto de Omr -dice Adel.

El joven me salta al cuello y me aprieta con fuerza contra él. Al echarme hacia atrás para mirarlo, se oculta tras su sonrisa, incómodo por las lágrimas que inundan sus ojos. ¡Wisam! Lo conocí berreando en pañales, apenas más grande que un puño, y ahora me saca una cabeza; luce un bigote vistoso y tiene ya un pie en la tumba, a una edad en que cualquier rumbo que se tome resulta enternecedor, salvo el que él ha elegido. Me parte el alma ver la pistola medio oculta tras su cinturón.

– Primero lo llevas a su hotel -le ordena Adel-. Tiene que recuperar sus cosas. Si el recepcionista ha olvidado dónde han ido a parar, le refrescas la memoria.

– ¿No vienes con nosotros? -se extraña Wisam.

– No.

– Hace un rato sí pensabas venir.

– He cambiado de opinión.

– Vale, tú decides. Hasta mañana, quizá.

– Vete tú a saber.

Espero a que venga a abrazarme. Adel permanece en su sitio, con la nuca gacha y las manos en las caderas, removiendo una piedra con la punta de su zapato.

– Hasta pronto, pues -sigue diciendo Wisam.

Adel me echa una mirada sombría.

¡Qué mirada!

La misma que me echó Sihem la mañana en que la dejé en la estación de autocares.

– Lo siento de veras, ammu.

– Pues anda que yo…

No se atreve a acercarse. No le presto ayuda, no voy a buscarlo. No vaya a imaginarse lo que no es. Tiene que enterarse de que mi herida no tiene cura. Wisam me abre la puerta, espera que me instale y se pone al volante. El coche gira en redondo en el patio, roza casi a Adel, sumido en sus pensamientos, y alcanza la calle. Tengo ganas de ver una vez más esa mirada, de auscultarla, pero no me doy la vuelta. Más abajo, la calzada se ramifica en una multitud de callejuelas. El ruido de la ciudad llega a mis oídos, el gentío me aturde. Echo la cabeza hacia atrás e intento no pensar en nada.

En el hotel, me entregan mi bolsa y me permiten darme un baño. Me afeito y me cambio de ropa, y luego pido a Wisam que me lleve a ver la tierra de mis antepasados. Salimos de Yenín sin dificultad. Los combates se han detenido desde hace cierto tiempo; buena parte de las tropas israelíes se han retirado. Varios equipos de televisión remueven los escombros en busca de un horror rentable. El coche cruza interminables campos antes de alcanzar la carretera andrajosa que conduce a los vergeles del patriarca. Dejo mi mirada correr por las llanuras como si fuera un niño corriendo tras sus sueños. Pero no puedo dejar de pensar en el de Adel, en las sombras que lo entenebrecen. Me ha producido una extraña impresión, un sentimiento ambiguo. Lo veo en el patio machacado por el sol. No es el Adel que conocí, gracioso y generoso; es otro ser, alguien trágico, movido por una lupina ambición que no va más allá de la próxima comida, la próxima presa, la próxima matanza, previa a la nada blanca, virgen, en la que todo queda en suspenso o se puede figurar. Se fuma su cigarrillo como si fuera el último, habla de sí mismo como si hubiera dejado de ser y trasluce en su mirada la penumbra de las cámaras mortuorias. Resulta evidente que Adel ya no tiene nada que ver con la vida. Ha dado irremediablemente la espalda a un mañana al que se niega a sobrevivir como si temiera que lo decepcionara. Se ha adjudicado el estatuto que, en su opinión, mejor cuadra con su perficlass="underline" el de mártir. Así quiere acabar, fundido con la causa que defiende. Las estelas ya tienen grabado su nombre, la memoria de los suyos ya está jalonada de sus hazañas. Nada le gusta más que el ruido de la metralla, nada lo enaltece más que estar en el punto de mira de un tirador emboscado. Si no tiene ningún cargo de conciencia, si no se reprocha haber iniciado a Sihem al sacrificio supremo, si la guerra es su única forma de autoestima, es porque está muerto por dentro y sólo necesita que lo entierren para descansar en paz.

Creo que he llegado a mi destino. El recorrido ha sido terrible, pero no tengo la impresión de haber conseguido algo ni obtenido alguna respuesta redentora. Pero al mismo tiempo me siento liberado; me digo que se acabaron mis tormentos y que a partir de ahora nada podrá pillarme desprevenido. Esta dolorosa búsqueda de la verdad ha sido mi particular viaje iniciático. A partir de ahora, probablemente reconsidere las cosas, las cuestione, adopte otra postura, pero no tengo la sensación de que eso me vaya a llevar más allá. Para mí, la única verdad que cuenta es la que algún día me ayudará a recuperarme y a volver con mis pacientes. Porque la única lucha en la que creo y que de verdad se merece que dé mi sangre por ella es la del cirujano que soy, y que consiste en reinventar la vida allí donde la muerte ha elegido actuar.