XVI
Omr, decano de la tribu, postrero hálito de una epopeya que meció nuestras veladas de antaño… Omr, mi tío abuelo, el que ha atravesado el siglo como una estrella fugaz, tan rápido que sus deseos jamás han podido alcanzarle… Ahí está, en el patio del patriarca, y me sonríe. Está feliz de volver a verme. Su rostro surcado de arrugas severas se estremece tanto por la emoción que parece el de un crío que viera a su padre tras una larga ausencia. Varias veces hayi, ha conocido la gloria, los honores y muchos países, y ha cabalgado sobre purasangres legendarios en lugares candentes. Ha luchado en las filas de Lawrence de Arabia -«ese diablo demacrado venido de tierras brumosas para sublevar a los beduinos contra los otomanos y sembrar la discordia entre los mahometanos»- y ha servido en la guardia pretoriana de Ibn Seúd antes de prendarse de una odalisca y huir con ella de la península. La vida nómada y luego la decadencia dieron al traste con la pareja. Abandonado por su egeria, anduvo de principado en sultanato en busca de una oportunidad a su medida, se dedicó al bandolerismo aquí y allá, fue traficante de armas en Sanaa y vendedor de alfombras en Alejandría hasta que, en 1947, resultó gravemente herido en la defensa de El Qods. Lo conocí cojo por el balazo en la rodilla, luego apoyado en un bastón tras el infarto que sufrió el día en que los bulldozers israelíes devastaron las huertas del patriarca para fundar en ellas una colonia judía. Hoy lo veo muy disminuido, con el rostro cadavérico y la mirada ajada, apenas un saco de huesos arrumbado sobre una silla de ruedas.
Le beso la mano y me arrodillo a sus pies. Sus dedos afilados me despeinan mientras intenta recuperar aliento para expresarme la felicidad que le produce verme regresar al redil. Pego mi cabeza a su pecho como cuando era un niño mimado y me chivaba ante él lloriqueando cuando me negaban algo.
– Mi doctor -le tiembla la voz-, mi doctor…
Faten, su nieta de treinta y cinco años, está a su lado. No la habría reconocido por la calle. Hace ya tanto tiempo… La perdí de vista cuando era una cría asustadiza, siempre en busca de bronca con sus primos para luego salir pitando como si la persiguiera el diablo. Por las noticias que me llegaban de cuando en cuando, no había tenido suerte. Las malas lenguas la llaman la Viuda Virgen. Sin duda, es una desdichada. Su primer marido murió durante el cortejo nupcial tras el reventón de un neumático; su segundo novio fue muerto durante un tiroteo con una patrulla israelí dos días antes de la boda. Las cotorras sospecharon de inmediato que cargaba con una maldición y dejó de tener pretendientes. Es una mujer fuerte y basta, forjada en las tareas domésticas y en la austeridad de los enclaves. Me da un abrazo y un sonoro beso.
Wisan se hace cargo de mi bolsa y, cuando el anciano consiente en soltarme la mano, me lleva a mi habitación. Me quedo dormido antes de que mi cabeza toque la almohada. Al anochecer acude a despertarme. Faten y él han puesto la mesa bajo el enrejado. No han reparado en gastos. El decano está sentado en una punta de la mesa, encogido en su silla de ruedas, y no deja de mirarme. Se le nota muy feliz. Cenamos los cuatro al aire libre. Wisan nos cuenta historias divertidas del frente hasta bien avanzada la noche. Omr se ríe con los ojos, la barbilla caída. Wisan es un fenómeno; me cuesta creer que un chico tan tímido pueda tener tanta gracia.
Regreso a mi habitación aturdido por sus relatos.
Me levanto muy de mañana, justo cuando la noche recoge sus faldones ante las primeras caricias del día. He dormido como un niño; hasta puede que haya tenido algún bonito sueño, aunque no lo recuerdo. Me encuentro mejor, en forma. Faten ya ha sacado al decano al patio. Lo veo por la ventana, hierático sobre su trono, como un tótem convaleciente. Está esperando que salga el sol. Faten acaba de preparar unas tortas. Me sirve el desayuno en el salón: café con leche, aceitunas y huevos duros, fruta del tiempo y tostadas con mantequilla y miel. Como solo; Wisam sigue en la cama. Faten acude de cuando en cuando para comprobar que no me falta nada. Tras desayunar, me acerco a Omr en el patio. Me aprieta con fuerza la mano cuando me inclino para besarle la frente. Si no habla mucho, es para saborear plenamente cada instante junto a mí. Faten se dirige al gallinero para dar de comer a los pollos. Cada vez que pasa delante de mí me dirige la misma sonrisa. A pesar del duro trabajo en la granja y de la crueldad de su destino, sigue al pie del cañón. Su mirada es árida y sus gestos carentes de gracia, pero su sonrisa conserva una púdica ternura.
– Voy a dar un paseo -digo a Omr-. Vaya uno a saber, lo mismo encuentro el botón de cobre que perdí por aquí hace más de cuarenta años.
Omr ladea la cabeza pero se le olvida soltarme la mano. Sus viejos ojos carcomidos por las tormentas de arena y los infortunios relucen como joyas desgastadas.
Tomo un atajo por el huerto hasta llegar a un resto de vergel de árboles esqueléticos, en busca de los caminos de mi infancia. Los senderos de antaño han desaparecido, pero las cabras han abierto otros, quizá menos inspirados pero igual de placenteros. Veo la colina desde la cual me lanzaba al asalto de las quietudes. La cabaña donde mi padre había instalado su taller se ha venido abajo. Una pared se niega a abdicar, pero el resto es sólo un amasijo de escombros nivelados por las lluvias. Llego hasta la tapia tras la cual, con la pandilla de primos, urdíamos emboscadas contra ejércitos invisibles. Sus grietas están invadidas de hierbajos. Mi madre enterró exactamente aquí a un cachorro que nació muerto y que iba a ser para mí. Sentí tanta pena que hasta lloró conmigo. Mi madre… un alma caritativa que se desvanece por entre los recuerdos, un amor perdido para siempre en el rumor del tiempo. Me siento sobre una piedra y hago memoria. No era hijo de sultán, pero veo un príncipe con sus brazos desplegados como alas, sobrevolando la miseria del mundo como una oración un campo de batalla, como un canto sobre el silencio de los que ya no pueden más.
El sol ya ha alcanzado mis pensamientos. Me levanto y subo la colina coronada por unos pocos árboles hirsutos. Escalo un talud y alcanzo la cresta. Era mi mirador en aquellos tiempos de guerras felices. Por entonces, cuando me erguía, tenía desde allí tal panorama que alcanzaba a ver, concentrándome un poco, los confines del mundo. Hoy, producto de algún pernicioso designio, un muro odioso se interpone incongruentemente a mi cielo de antaño, tan obsceno que los perros prefieren orinar en los espinos antes que a sus pies.
– Sharon está leyendo la Torá al revés -dice una voz a mi espalda.
Me vuelvo y veo a un anciano envuelto en una túnica descolorida aunque limpia. Apoyado en su bastón, con la cara descompuesta y el pelo ralo, mira de frente la muralla que oculta el horizonte. Recuerda a Moisés ante el Becerro de Oro.
– El judío es errante porque no soporta los muros -dice sin prestarme atención-. No es casual que haya levantado un muro para llorar sobre él. Sharon está leyendo la Torá al revés. Cree que está resguardando a Israel de sus enemigos y no hace sino encerrarlo en otro gueto, sin duda menos aterrador pero igual de injusto…
Me mira de frente.
– Perdone si le molesto. Lo he visto llegar por el sendero y he creído reconocer a un viejo amigo que nos dejó hace unos diez años y que echo de menos. Tiene usted su silueta y sus andares, y ahora que lo veo de cerca, también sus rasgos. ¿No será usted Amín, el hijo de Reduán el pintor?
– Así es.
– Estaba seguro. El parecido es increíble. Al principio, creía que eras su fantasma.
Me tiende una mano ajada.
– Me llamo Shlomi Hirsh, pero los árabes me llaman Zeev el ermitaño, por un antiguo asceta. Vivo en la choza que hay allá, detrás de los naranjos. Antes trabajaba como negociante con vuestro patriarca. Cuando perdió todas sus tierras, me convertí en charlatán. Todo el mundo sabe que tengo menos poderes que los pollos que inmolo en el altar de los casos imposibles, pero parece que a nadie le importa. Todavía vienen a pedirme milagros que no estoy en condiciones de atender. Auguro un buen porvenir a cambio de unos cuantos shekels, y como nunca son muchos, ningún cliente me lo tiene en cuenta cuando no acierto.