– Mamá -dijo-, vamos a enterrarla.
– ¿Qué? ¿Aquí en el patio?
– No. En su casa.
Mathilde me miró.
– Sé el sitio exacto -dije.
Mathilde me dejó su automóvil para que fuese a Mende. Era extraño pensar que sólo habían pasado tres semanas desde mi visita anterior; habían sucedido muchas cosas desde entonces. Pero la sensación, al caminar alrededor de la catedral sombría y de las oscuras callejuelas de la ciudad antigua, era la misma. Aquella ciudad no tenía nada de acogedora. Me alegré de que Mathilde viviera fuera, aunque se tratase de un barrio sin árboles.
La dirección resultó ser la de la pizzería donde ya había comido en otra ocasión. Estaba casi tan vacía como entonces. Me sentía tranquila al entrar, pero cuando vi a Rick solo en una mesa con una copa de vino, consultando el menú con el ceño fruncido, se me encogió el corazón. Llevaba trece días sin verlo y habían sido trece días muy largos. Cuando alzó la vista y me vio, se puso en pie, sonriendo con nerviosismo. Llevaba ropa de oficina, camisa blanca, blazer de algodón azul marino y zapatos deportivos. Parecía grande y sano y americano en aquel lugar que era como una cueva oscura; algo así como un Cadillac arrastrándose por una calle muy estrecha.
Nos besamos torpemente.
– Cielos, Ella, ¿qué te ha pasado en la cara? Me toqué la contusión de la frente.
– Una caída -dije-. No tiene importancia.
Nos sentamos. Rick me sirvió una copa de vino antes de que pudiera decir no. Cortésmente me la llevé a los labios pero no bebí. El olor a ácido y a vinagre casi me dio arcadas; lo dejé rápidamente sobre la mesa.
Estuvimos unos instantes sin hablar. Me di cuenta de que tendría que ser yo quien iniciara la conversación.
– De manera que te llamó Mathilde -empecé sin saber qué decir.
– Sí. ¡Qué deprisa habla, Dios del cielo! Pero no entendí por qué no me llamabas tú.
Me encogí de hombros. Sentía crecerme la tensión en el estómago.
– Escucha, Ella, quiero decir un par de cosas, ¿te parece bien?
Asentí.
– Veamos, se que este traslado a Francia ha sido duro para ti. Más para ti que para mí. Todo lo que yo tenía que hacer era trabajar en otro despacho. Cambia la gente pero el trabajo es parecido. Tu caso es distinto: no tienes ni trabajo ni amigos y debes de sentirte aislada y aburrida. Entiendo que no seas feliz. Quizá no me he ocupado lo suficiente de ti porque he estado hasta el cuello de trabajo. De manera que te aburres y, bueno, entiendo que pueda haber tentaciones, incluso en un sitio tan provinciano como Lisle.
Me miró la psoriasis en los brazos; aquello pareció desconcertarle por un momento.
– De manera que he estado pensando -continuó, retomando el hilo- que deberíamos empezar de nuevo.
El camarero le interrumpió para tomar nota de lo que queríamos. Estaba tan nerviosa que no me veía comiendo nada, pero por guardar las apariencias pedí la pizza más sencilla imaginable. Hacía calor dentro del restaurante y la atmósfera resultaba asfixiante; me empezaban a sudar las manos y la frente. Bebí un tembloroso sorbo de agua.
– Y resulta -continuó Rick- que hay una manera muy fácil de hacerlo. Sabes que he estado en Fráncfort con motivo de una urbanización.
Asentí.
– Me han pedido que supervise la construcción, como proyecto conjunto entre nuestra empresa y la suya -hizo una pausa y me miró expectante.
– Vaya, eso es estupendo, Rick. Formidable para ti.
– ¿Lo ves, no? Nos trasladaríamos a Alemania. Nuestra oportunidad para empezar de nuevo.
– ¿Dejar Francia?
Mi tono le sorprendió.
– Pero si no has hecho más que quejarte de este país desde que llegaste. Que la gente no es amable, que no consigues hacer amigos, que te tratan como a una completa desconocida, que son demasiado protocolarios. ¿Por qué querrías quedarte?
– Es mi hogar -dije débilmente.
– Mira; trato de ser razonable. Y creo que me porto bastante bien. Estoy dispuesto a perdonar y a olvidar todo el asunto con…, ya sabes. Únicamente te pido que te apartes de él. ¿Es eso tan poco razonable?
– No; supongo que no.
– Bien -me miró y, por un momento, su buena voluntad se vino abajo-. De manera que reconoces que pasó algo con él.
El nudo del estómago se movió y me aparecieron nuevas gotas de sudor sobre los labios. Me puse en pie.
– Tengo que encontrar un baño. Vuelvo enseguida.
Conseguí alejarme de la mesa sin perder la calma, pero una vez que llegué al aseo y cerré la puerta, me dejé ir y vomité, largas arcadas jadeantes que me sacudieron todo el cuerpo. Sentí como si llevara mucho tiempo esperando aquel momento, sentí que estaba devolviendo todo lo que había comido en Francia y en Suiza.
Finalmente me quedé vacía del todo. Sentada sobre los talones y recostada contra la pared del retrete, la luz del techo me iluminaba como un reflector. La tensión había desaparecido al tirar de la cadena; aunque exhausta, era capaz de pensar con claridad por vez primera desde hacía días. Empecé a reír entre dientes.
– Alemania. Dios del cielo -murmuré.
Cuando regresé a la mesa habían llegado nuestras pizzas. Cogí la mía, la coloqué en la mesa de al lado, que estaba vacía, y procedí a sentarme.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó mi marido, frunciendo levemente el ceño.
– Sí -me aclaré la garganta-. Rick, tengo algo que decirte.
Me miró con aprensión; no tenía ni idea de qué podía ser.
– Estoy embarazada.
Dio un salto. Su rostro era como un televisor que cambiase de canal cada pocos segundos a medida que distintas ideas se le pasaban por la cabeza.
– ¡Pero eso es maravilloso! Era lo que querías, ¿no es cierto? Excepto… -la duda hizo que su rostro reflejara un sufrimiento tal que casi le cogí la mano. Se me ocurrió que podía mentir y que aquello lo solucionaría todo. Era la puerta abierta que estaba buscando. Pero mentir nunca se me ha dado bien.
– Es tuyo -dije por fin-. Debió de suceder justo antes de que volviéramos a utilizar anticonceptivos. Rick saltó del asiento y dio la vuelta a la mesa para abrazarme.
– ¡Champán! -exclamó-. ¡Tenemos que pedir champán!
Buscó con los ojos al camarero.
– No, no -dije-. Por favor. No me siento bien.
– Ah, claro. Escucha, vámonos a casa. Ahora mismo. ¿Tienes aquí tus cosas? -miró alrededor.
– No, Rick. Siéntate. Por favor.
Lo hizo, de nuevo con la incertidumbre en el rostro. Respiré hondo.
– No voy a volver contigo.
– Pero… ¿para qué estamos haciendo todo esto?
– ¿Todo esto?
– Esta cena. Pensaba que ibas a volver conmigo. Tengo el coche y todo lo demás.
– ¿Es eso lo que Mathilde te dijo?
– No, pero supuse…
– No deberías haberlo hecho.
– Pero vas a tener un hijo mío.
– Vamos a dejar eso al margen por el momento.
– No podemos dejarlo al margen. Está ahí, ¿no es cierto?
Suspiré.
– Supongo que sí.
Rick se terminó el vino y dejó la copa, que hizo un ruido como de resquebrajarse contra la mesa.
– Escucha, Ella, hay algo que tienes que explicarme. No me has dicho por qué te fuiste a Suiza. ¿Es que he hecho algo mal? ¿Por qué te portas así conmigo? Pareces dar a entender que hay algo entre nosotros que no funciona. Eso es una novedad para mí. Si alguien debería estar disgustado soy yo. Tú eres la que te tomas libertades.
No sabía cómo decirlo amablemente. Rick pareció darse cuenta.
– Limítate a decírmelo -sugirió-. Sé sincera conmigo.
– Sucedió cuando nos mudamos aquí. Me siento distinta.
– Cómo?
– Es difícil de explicar -pensé unos instantes-. Sabes perfectamente que se puede comprar un disco, obsesionarte con él durante un tiempo, ponerlo sin parar, saberte todas las canciones. Y te parece que te lo sabes de memoria y que tiene una relación especial contigo. Como, por ejemplo, el primer disco que compraste cuando eras un crío.