– Los Beach Boys. Surf’s Up.
– Exacto. Y luego un día dejas de oírlo; no por ninguna razón especial, no es una decisión consciente. De repente ya no necesitas oírlo más. Ya no tiene la misma fuerza. Lo oyes y sabes que las canciones siguen siendo buenas, pero han perdido la magia que tenían para ti. Una cosa parecida.
– Eso no me ha pasado nunca con los Beach Boys. Todavía siento lo mismo cuando los escucho.
Di un golpe fuerte en la mesa con la mano.
– ¡Maldita sea! ¿Por qué lo haces?
La poca gente que había en el restaurante nos miró.
– ¿Qué? -susurró Rick-. ¿Qué es lo que he hecho?
– No me escuchas. Coges la metáfora y la destrozas. Sencillamente no escuchas lo que trato de decirte.
– ¿Y qué es lo que tratas de decirme?
– ¡Que ya no te quiero! ¡Eso es lo que estoy tratando de decirte, pero no escuchas!
– Ah -se recostó en el asiento-. ¿Por qué no lo has dicho, entonces? ¿Por qué tienes que meter a los Beach Boys en esto?
– Estaba tratando de explicarlo con una metáfora, hacerlo más fácil. Pero insistes en verlo desde tu perspectiva.
– ¿De qué otro modo se supone que tengo que verlo?
– ¡Desde mi punto de vista! ¡El mío! -me golpeé el pecho con los nudillos-. ¿Es que no puedes mirar nunca las cosas desde mi punto de vista? Siempre te muestras amable y complaciente con todo el mundo, pero acabas saliéndote con la tuya, siempre consigues que la gente vea las cosas desde tu punto de vista.
– Ella, ¿quieres saber lo que veo desde tu punto de vista? Veo a una mujer que está perdida, sin dirección, que no sabe lo que quiere, de manera que se agarra a la idea de tener un hijo como algo que le permita estar ocupada. Y que se aburre con su marido de manera que folla con el primero que se lo propone.
Se detuvo y miró en otra dirección, avergonzado ya, dándose cuenta de que había ido demasiado lejos. Nunca lo había oído sincerarse tanto.
– Rick-dije amablemente-. Ése no es mi punto de vista, ¿te das cuenta? Es, clarísimamente, el tuyo -empecé a llorar, tanto de alivio como por todo lo demás.
El camarero se acercó y, sin mediar palabra, se llevó las pizzas intactas y luego, sin que nadie se la hubiera pedido, dejó la cuenta sobre la mesa. Ninguno de los dos la miramos.
– Este cambio de tus sentimientos, ¿es temporal o permanente? -preguntó Rick cuando dejé de llorar.
– No lo sé.
Lo intentó de nuevo.
– Esa experiencia con los discos de la que hablabas, ¿cambia alguna vez? Ya entiendes, ¿vuelven alguna vez a obsesionarte?
Estuve pensándolo.
– A veces.
Pero no por mucho tiempo, añadí para mis adentros. El sentimiento nunca vuelve.
– Así que quizá la situación cambie.
– Rick, todo lo que sé es que ahora mismo no puedo volver contigo -sentía que de nuevo se me agolpaban las lágrimas en los ojos.
– ¿Sabes? -añadí-, ni siquiera te he contado lo que me ha pasado en Suiza. Y también en Francia. Lo que he descubierto sobre los Tournier. Toda una historia. Podría contar una historia completa…, llenando algunos huecos aquí y allá. Es como si llevara otra vida completamente distinta; una vida de la que no sabes nada en absoluto.
Rick se apretó la nariz, a la altura de las cejas, entre pulgar e índice.
– Ponlo por escrito -dijo. Me miró una vez más la psoriasis-. Ahora mismo tengo que marcharme de aquí. Hace demasiado calor.
Cuando regresé, Mathilde estaba aún levantada, leyendo una revista en el cuarto de estar, las piernas, muy largas, apoyadas sobre el cristal de la mesa de centro. Alzó la vista para mirarme inquisitivamente. Me dejé caer en el sofá y contemplé el techo.
– Rick quiere irse a vivir a Alemania -anuncié.
– Vraiment? Bastante repentino.
– Sí. No me voy a ir con él.
– ¿A Alemania? -hizo una mueca-. ¡Por supuesto que no!
Resoplé.
– Dime, ¿te gusta algún otro país, además de Francia?
– Estados Unidos.
– ¡Pero si no has estado nunca!
– No, pero estoy segura de que me gustaría.
– Es difícil imaginarme volviendo allí. California me parecería muy ajeno.
– ¿Es eso lo que vas a hacer?
– No lo sé. Pero no me voy a ir a Alemania.
– ¿Le has dicho a Rick que estás embarazada?
Me incorporé.
– ¿Cómo lo has sabido?
– ¡Es evidente! Estás cansada, la comida te molesta, aunque comes mucho si de verdad te pones a ello. Y cuando no hablas parece que estás escuchando algo dentro de ti. Lo recuerdo muy bien por Sylvie. Así que, ¿quién es el padre?
– Rick.
– ¿Estás segura?
– Sí. Habíamos estado intentándolo durante algún tiempo y lo dejamos, pero está claro que no antes de quedarme embarazada. Ahora que lo pienso, llevo unas cuantas semanas con los mismos síntomas.
– ¿Y Jean-Paul?
Me tumbé boca abajo y apreté la cara contra uno de los cojines del sofá.
– ¿Qué pasa con él?
– ¿Vas a ir a verlo? ¿Hablar con él?
– ¿Qué puedo decirle que quiera oír?
– Mais… por supuesto que querrá saber de ti, incluso malas noticias. No has sido muy amable con él.
– De eso no estoy nada segura. Creía que me mostraba amable dejándolo tranquilo.
Para alivio mío, Mathilde cambió de tema.
– He pedido permiso el miércoles en el trabajo -dijo- para ir a Le Pont de Montvert, como sugeriste. Nos llevaremos también a Sylvie. Le encanta ir allí. Y por supuesto, puedes volver a ver a monsieur Jourdain.
– Vaya, no sé si podré esperar.
Mathilde lanzó un chillido y las dos empezamos a reír.
El miércoles por la mañana Sylvie insistió en ayudarme a vestir. Entró en el cuarto de baño, donde me estaba poniendo unos pantalones cortos blancos y una camisa de color copos de avena, y se apoyó en el lavabo, examinándome.
– ¿Por qué vas de blanco todo el tiempo? -preguntó.
Vaya, volvemos a las andadas, pensé.
– La camisa no es blanca -afirmé-. Es… como el color de los cereales -no sabía cómo decir copos de avena.
– No, no lo es. ¡Mis copos de maíz son de color naranja!
Me había comido tres cuencos poco antes y aún tenía hambre.
– Alors, ¿qué te gustaría que me pusiera?
Sylvie aplaudió y corrió al cuarto de estar, donde empezó a registrar mi bolso de viaje.
– ¡Toda tu ropa es blanca o marrón! -exclamó, decepcionada. Sacó la camisa azul de Jean-Paul-. Excepto esto. Póntela -me ordenó-. ¿Cómo es que no te la he visto nunca?
Jacob se ocupó de hacerla lavar en Moutier. La sangre había desaparecido en su mayor parte, pero quedaba un contorno como de óxido en la espalda. Pensé que nadie se fijaría si no lo buscaba a propósito, pero Mathilde lo descubrió nada más ponérmela. Capté sus cejas levantadas y torcí el cuello para mirarme la espalda.
– No quieres saberlo -dije.
Se echó a reír.
– Una vida llena de dramatismo, ¿eh?
– ¡Te aseguro que antes no era así!
Mathilde consultó su reloj.
– Vámonos; monsieur Jourdain nos estará esperando -dijo.
Abrió el armario del vestíbulo, sacó el bolso de gimnasia y me lo entregó.
– ¿De verdad le has telefoneado?
– Créeme cuando te digo que es una buena persona. Tiene buenas intenciones. Ahora que sabe que tu familia era de verdad de esta zona, te tratará como a su sobrina largo tiempo perdida.
– ¿Monsieur Jourdain es la persona que me llamó mademoiselle? ¿Con el pelo negro? -quiso saber Sylvie.
– No; ése era Jean-Paul. Monsieur Jourdain es el señor mayor que se cayó del taburete. ¿Te acuerdas?