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Stephen Kall estaba sentado en la mesa de la cocina de Sheila, y trataba de decidir cuánto le disgustaba Essie, el gato sarnoso, o lo que mierda fuera, mientras escuchaba una larga conversación en su grabadora. Al principio había decidido buscar a los gatos y matarlos, pero se dio cuenta de que a veces emitían un aullido sobrenatural; si los vecinos estaban acostumbrados a ese sonido, podrían empezar a sospechar si el apartamento de Sheila Horowitz quedaba en un silencio total.

Paciencia… Observaba el movimiento de la casete. Escuchaba.

Veinte minutos después escuchó en la grabación lo que había estado esperando. Sonrió. Vale, bien. Cogió su Model 40 del estuche de guitarra Fender, donde se encontraba cómodo como un bebé, y fue hacia la nevera. Irguió la cabeza. Los ruidos habían cesado. Ya no se sacudía. Se sintió algo aliviado, ya no estaba tan temeroso ni tan erizado, al pensar en el gusano en el interior, ahora frío e inmóvil. Ya podía abandonar el lugar con seguridad. Levantó la mochila y dejó el sombrío apartamento con su penetrante olor a gato, la botella polvorienta de vino y un millón de rastros de gusanos asquerosos.

Hacia el campo.

Amelia Sachs aceleró a través de un túnel de árboles de primavera, con rocas a un lado y un modesto risco del otro. Pinceladas de verde, y por todas partes el estallido amarillo de la forsitia.

Sachs era una chica de ciudad, nacida en el Hospital General de Brooklyn, y toda su vida había residido en ese distrito. La naturaleza, para ella, se limitaba al Prospect Park los domingos, o en las noches de los días laborables, las reservas forestales de Long Island, donde escondía su negro Dodge Charger con forma de tiburón de los patrulleros que la buscaban, así como a sus compañeros de carreras.

Ahora, al volante de un vehículo de respuesta rápida (RRV) de la División de Investigaciones y Recursos (una furgoneta equipada para examinar una escena de crimen) apretó el acelerador, dobló hacia el arcén y adelantó a una camioneta que llevaba en la ventanilla posterior un gato Garfield patas arriba. Tomó el desvío que la llevaría al corazón del Condado de Westchester.

Levantó la mano del volante y se rascó compulsivamente el cuero cabelludo. Luego asió nuevamente el volante del RRV y continuó pisando el acelerador hasta que llegó a la civilización suburbana de centros comerciales con descuidados edificios industriales y franquicias de comida rápida.

Estaba pensando en bombas, en Percey Clay.

Y en Lincoln Rhyme.

Hoy Lincoln parecía algo distinto. Eso era algo significativo. Habían estado trabajando un año juntos, desde el momento en que él la secuestró de un cómodo puesto en Asuntos Públicos para que le ayudara a atrapar a un asesino en serie. Entonces, Sachs estaba pasando por una mala etapa en su vida: acababa de poner fin a su noviazgo y su prometido, además, estaba involucrado en un escándalo de corrupción en el departamento; estaba tan desilusionada y deprimida que incluso había pensado en dejar la policía. Pero Rhyme no se lo permitió. Tan simple como eso. Aún cuando era un asesor civil, había conseguido que la trasladaran a Escena del Crimen. Ella protestó un poco pero pronto abandonó su fingimiento de no estar de acuerdo; la realidad es que el trabajo le gustó muchísimo. Y le gustó mucho trabajar con Rhyme, cuya brillantez resultaba estimulante, intimidante y, aunque ella no lo admitiera ante nadie, terriblemente sexy.

Eso no quería decir que ella le comprendiera perfectamente. Lincoln Rhyme llevaba una vida muy reservada y no siempre se lo contaba todo.

Dispara primero…

¿Qué había querido decir? Nunca se dispara un arma en la escena de un crimen si hay alguna manera de evitarlo. Un solo disparo puede contaminar una escena con carbono, azufre, mercurio, antimonio, plomo, cobre y arsénico y tanto la descarga como el retroceso pueden destruir rastros vitales. El mismo Rhyme le había contado lo de aquel día en que tuvo que tirar contra un criminal que se escondía en una escena, y su mayor preocupación consistía en que se habían arruinado muchas pruebas materiales. (Y cuando Sachs, creyendo que por fin se le había adelantado en algo, dijo: «¿Pero qué importaba, Rhyme? ¿Cogiste al criminal, verdad?»; él señaló áridamente: «¿Pero y si hubiera tenido secuaces, eh? ¿Qué hubiera pasado entonces?)

¿Por qué era tan diferente el caso del Bailarín, aparte de ese mote estúpido y del hecho de que parecía apenas más inteligente que el mañoso típico o el pistolero del Oeste?

¿Y lo de investigar la escena en el hangar en una hora? A Sachs le parecía que Rhyme había accedido a que fuera así como un favor hacia Percey. Lo que era completamente extraño en él. Rhyme conservaría una escena sellada durante días si lo consideraba necesario.

Estas cuestiones acosaban a Amelia, a quien no le gustaban las preguntas sin respuesta. No obstante, ya no tenía más tiempo para reflexionar. Sachs giró el volante del RRV y se dirigió a la amplia entrada del Aeropuerto Regional de Mamaroneck. Se trataba de un lugar muy activo, ubicado en una zona forestal del Condado de Westchester, al norte de Manhattan. Las grandes compañías aéreas tenían empresas afiliadas con servicio en aquel lugar, como United Express o American Eagle, aunque la mayoría de los aviones estacionados allí eran reactores de empresas, muchos de ellos sin logotipo, por razones de seguridad, supuso.

A la entrada había policías estatales, que controlaban los documentos de identidad. Cuando se detuvo la miraron dos veces, para ver a la bonita pelirroja que conducía un RRV destinado por el NYPD a investigar escenas del crimen, y que llevaba téjanos, una cazadora y una gorra de los Mets. Le hicieron señas de que entrara. Ella siguió las indicaciones hasta Hudson Air Charters y finalmente encontró el pequeño edificio de ladrillo gris al final de una hilera de terminales de aerolíneas comerciales.

Aparcó frente al edificio y salió del coche. Se presentó a los dos oficiales que custodiaban el hangar y el esbelto y plateado avión en su interior. Le complació que los policías locales hubieran colocado una cinta alrededor del hangar y un cartel al frente para que nadie pasara. Pero le abrumó el tamaño de la zona.

¿Una hora para inspeccionarla? Podría pasar un día entero en aquel lugar. Gracias mil, Rhyme.

Se apresuró a entrar en la oficina.

Una docena de hombres y mujeres, algunos con trajes, otros con monos, se reunían en grupos. La mayoría andaba entre los veinte y los treinta años. Sachs supuso que habían formado un grupo joven y entusiasta hasta la noche anterior. Ahora sus rostros revelaban una pena colectiva que los había envejecido con rapidez.

– ¿Hay alguien aquí llamado Ron Talbot? -preguntó, mostrando su distintivo plateado.

La persona de más edad de la estancia, una mujer de alrededor de cincuenta años, con cabello cardado y con laca, que llevaba un traje desaliñado, se acercó a Sachs.

– Soy Sally Anne McCay -dijo-. Soy la directora administrativa. Oh, ¿cómo está Percey?

– Está muy bien -contestó Sachs con precaución-. ¿Dónde está el señor Talbot?

Una treinteañera morena, que llevaba un arrugado vestido azul salió de una oficina y puso un brazo alrededor de los hombros de Sally Anne. La mujer mayor apretó la mano de la más joven.

– Lauren, ¿estás bien?

Lauren, con una cara hinchada que era la viva imagen de la desolación, preguntó a Sachs:

– ¿Ya saben lo que pasó?

– Acabamos de comenzar la investigación… Pero, ¿el señor Talbot?

Sally Anne se enjugó las lágrimas y luego miró hacia una oficina en un rincón. Sachs caminó hacia la entrada. En el interior se hallaba un hombre apesadumbrado, con la cara sin afeitar y una maraña de pelos grisáceos sin peinar. Hojeaba unos impresos de ordenador y respiraba con dificultad. Levantó la vista, con una expresión sombría en la cara. Parecía que él también hubiera llorado.

– Soy la oficial Sachs -se presentó Amelia-. Estoy en el NYPD.