El hombre asintió.
– ¿Lo han atrapado ya? -preguntó, mirando por la ventana como si esperara que el fantasma de Ed Carney pasara flotando. Se volvió hacia ella-. ¿Al asesino?
– Estamos siguiendo varias pistas.
Amelia Sachs, una policía de segunda generación, manejaba muy bien el arte de las evasivas.
Lauren apareció por la puerta de Talbot.
– No puedo creer que haya muerto -jadeó con un tono de pánico en su voz-. ¿Quién haría algo así? ¿Quién?
Como policía de patrulla de los que hacen rondas en las calles, Sachs había transmitido un buen puñado de malas noticias a seres queridos. Nunca se acostumbró a la desesperación que escuchaba en las voces de los amigos y las familias supervivientes.
– Lauren -Sally Anne cogió el brazo de su colega-. Lauren, vete a casa.
– ¡No! No quiero irme a casa. Quiero saber quién diablos lo hizo. Oh, Ed…
Dando unos pasos hacia el interior de la oficina de Talbot, Sachs dijo:
– Necesito su ayuda. Da la impresión de que el asesino montó la bomba fuera del avión, debajo de la cabina. Tenemos que encontrar dónde.
– ¿Afuera? -Talbot frunció el entrecejo-. ¿Cómo?
– Con imanes y pegamento. El pegamento no estaba completamente consolidado antes de la explosión, de manera que tuvo que haberlo colocado poco tiempo antes del despegue.
Talbot asintió:
– Cuenta conmigo para lo que necesites. Por supuesto.
Sachs golpeó el transmisor-receptor portátil que llevaba en la cadera.
– Voy a comunicarme online con mi jefe. Está en Manhattan. Le vamos a hacer algunas preguntas.
Preparó el Motorola, los cascos y el micrófono.
– Vale, Rhyme, estoy aquí. ¿Me escuchas?
Aunque utilizaban una frecuencia amplia de Operaciones Especiales, y deberían establecer la comunicación según los procedimientos del Departamento de Comunicaciones, Sachs y Rhyme pocas veces se molestaban en cumplirlos. En aquella ocasión tampoco lo hicieron. La voz de Rhyme gruñó a través de los cascos, saltando quién sabe por cuantos satélites.
– Te oigo. Has tardado mucho tiempo.
No te pases, Rhyme.
– ¿Dónde estaba el avión antes de despegar? -le preguntó Sachs a Talbot-. ¿Digamos una hora o una hora y cuarto antes?
– En el hangar -respondió Talbot.
– ¿Es posible que el criminal llegara hasta el avión en el hangar? Después del… ¿cómo lo llaman? ¿Cuando el piloto inspecciona el avión?
– El chequeo exterior. Sí, supongo que es posible.
– Pero en todo momento hubo gente por los alrededores -dijo Lauren. Se le había pasado el ataque de llanto y se había lavado la cara. Ahora estaba más calmada y la determinación había reemplazado a la desesperación en sus ojos.
– ¿Cómo se llama, por favor?
– Lauren Simmons.
– Lauren es la ayudante del director de operaciones -explicó Talbot-. Trabaja para mí.
– Habíamos estado trabajando con Stu -continuó Lauren-, nuestro mecánico principal, nuestro ex mecánico principal para equipar al aeroplano. Trabajamos contrarreloj. Hubiéramos visto a cualquiera que estuviera cerca del avión.
– De manera que montó la bomba -dijo Sachs- después de que el avión saliera del hangar.
– ¡Cronología! -la voz de Rhyme bramó a través de los cascos-. ¿Dónde estaba desde el momento en que abandonó el hangar hasta el despegue?
Cuando Sachs transmitió esta pregunta, Talbot y Lauren la llevaron a la sala de conferencias. Estaba llena de gráficos y tablones de programación, cientos de libros y cuadernos y pilas de papeles. Lauren desenrolló un gran mapa del aeropuerto. Contenía miles de números y símbolos que Sachs no comprendía, si bien los edificios y las calzadas estaban claramente delineados.
– Ningún avión se mueve ni cinco centímetros -explicó Talbot con su áspera voz de barítono- a menos que Control de Tierra se lo permita. Charlie Juliet estaba…
– ¿Qué? ¿Charlie…?
– El nombre del avión. Nos referimos a los aviones por las dos últimas letras del número de registro. CJ. De manera que lo llamamos Charlie Juliet. Estaba estacionado aquí en el hangar… -señaló un punto en el mapa-: Terminamos de cargar…
– ¿Cuándo? -gritó Rhyme, tan fuerte que a Sachs no le hubiera sorprendido que Talbot le oyera-. ¡Necesitamos tiempos! ¡Tiempos exactos!
El diario de vuelo del Charlie Juliet se había quemado por completo y el registro de la FAA con la determinación de los tiempos todavía no estaba transcrito. Pero Lauren examinó los registros internos de la compañía.
– La torre le dio pista libre para despegar a las siete y diecisiete. Y la tripulación anunció que recogió el tren de aterrizaje a las siete y treinta.
Rhyme lo oyó.
– Catorce minutos. Pregúntales si el avión estuvo detenido y fuera de la vista en ese tiempo.
Así Sachs lo hizo y Lauren contestó:
– Probablemente aquí.
Señaló en el mapa una angosta porción de calzada de cerca de 60 metros. La hilera de hangares la ocultaba del resto del aeropuerto. Terminaba en una intersección en forma de T.
– Oh, y es una zona ATC No Vis -dijo Lauren.
– Es cierto -comentó Talbot, como si fuera algo significativo.
– ¡Traducción! -gritó Rhyme.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó Sachs.
– Fuera de visibilidad para el Control de Tráfico Aéreo -respondió Lauren-. Un ángulo muerto.
– ¡Sí! -llegó la voz a través de los cascos-. Bien, Sachs. Acordona el lugar y examínalo. Libera el hangar.
– No nos vamos a ocupar del hangar -le dijo Sachs a Talbot-. Lo voy a liberar. Pero quiero acordonar esa calzada. ¿Puede llamar a la torre? ¿Hacer que desvíen el tráfico?
– Lo puedo hacer -contestó Talbot vacilante-. Pero no les va a gustar.
– Si hay algún problema haga que llamen a Thomas Perkins -dijo Sachs-. Es el jefe de la oficina del FBI en Manhattan. Él lo arreglará todo con la central de la FAA.
– ¿ La FAA? ¿En Washington? -preguntó Lauren.
– Esa misma.
Talbot esbozó una sonrisa.
– Bueno, vale.
Sachs se dirigió a la puerta principal, e hizo una pausa. Miró el animado aeropuerto.
– Oh, voy en coche -le gritó a Talbot-. ¿Hay algo especial que se deba tener en cuenta cuando se conduce por un aeropuerto?
– Sí -le contestó-. Trata de no chocar con ningún avión.
SEGUNDA PARTE . La zona de muerte
El ave de un halconero, aunque sea dócil y afectuosa, se acerca tanto en condición y hábito a un animal salvaje como puede hacerlo todo animal que viva con el hombre. Antes que nada, caza.
A Ragefor Falcons,
Stephen Bodio
Hora 3 de 45
Capítulo 10
– Estoy aquí, Rhyme -anunció Sachs.
Bajó del coche RRV, se puso guantes de látex y bandas de goma alrededor de los zapatos para garantizar que las huellas de sus pies no se confundieran con las del criminal, tal y como Rhyme le había enseñado.
– ¿Y dónde, Sachs -preguntó el criminalista-, es aquí?
– En la intersección de las pistas de rodaje. Entre una hilera de hangares. Es el lugar donde se habría detenido el avión de Carney.
Sachs observó nerviosa un grupo de árboles en la distancia. Era un día nublado y húmedo. Amenazaba una nueva tormenta. La chica se sentía expuesta. El Bailarín podría estar ahora allí mismo, quizá había vuelto para destruir las pruebas materiales que dejó atrás, quizá para matar un policía y demorar la investigación. Como la bomba en Wall Street de hace unos años, la que mató a los técnicos de Rhyme.