Mi esposa recibió la noticia con gran serenidad. Dado que no existía cura posible, no había tampoco nada que hacer, sino esperar en calma el desarrollo de la enfermedad. Juntos decidimos que permanecería en casa, en lugar de instalarse en un hospital, y su cuidado se convirtió en mi única y voluntaria ocupación. Le preparaba el té y le daba masajes en las piernas; durante horas y horas me sentaba junto a su cama, acompañándola en algunas canciones u oraciones y jugando al tarot. Creo que no mencioné la afición de mi esposa a la astrología. Durante su enfermedad, me enseñó a leer los naipes y me profetizó una larga vida, lo cual, en estas circunstancias, me añadía un exceso de melancolía. No pareció muy animada cuando le propuse avisar a su familia, aunque estuvo de acuerdo en que sería más apropiado en los últimos momentos. Deseando, sin embargo, proporcionarle mayor entretenimiento, decidí invitar a Jean-Jacques a nuestra casa. Salí un mediodía, después de avisar a un vecino que iba a ausentarme por algunas horas, y encontré a mi viejo amigo, no en su café habitual sino en otro, unas puertas más abajo, en la misma calle.
– ¿Por qué? -le pregunté.
– Porque el precio del café ha subido a setenta y cinco céntimos y la nueva propietaria es muy poco amable.
Jean-Jacques parecía especialmente seguro aquel día; llevaba una copia mecanografiada de su nueva novela, que en seguida autografió y me mostró. Le hablé de la nueva situación en casa y le pedí que hiciera una visita a mi esposa.
– Yo debería estar muy disgustado contigo, Hippolyte. Me has tenido alejado por mucho tiempo de tu princesa. Yo no pensaba comérmela, como puedes suponer.
– Es cierto. Pero tú tienes la cualidad de producir efectos trastornadores en la gente, querido Jean-Jacques.
– ¿Y ahora? Todavía sigo produciendo el mismo efecto, espero.
– Mi esposa ya no puede distinguir entre placer y sobreestímulo. ¿Por qué no vienes ahora?
– Iré más tarde.
– Pero, ¿y el toque de queda?
– No te preocupes por eso.
Quedé muy satisfecho, lo dejé en seguida y regresé a casa.
Cuando Jean-Jacques llegó, alrededor de las tres de la madrugada, yo estaba todavía hamacándome en la silla, junto a la cama de mi esposa, donde normalmente dormía. Cuando escuché sonar el timbre abrí los ojos y comprobé que ella estaba despierta todavía, escondida entre los almohadones; las cartas de tarot yacían esparcidas sobre la mesita de noche, y ella miraba con ojos febriles y con miedo hacia mí.
– Es un amigo -susurré para no asustarla-. Ya lo verás.
– No está dormida -dije a Jean-Jacques, mientras me despojaba de la manta que cubría mis rodillas. Dejé la habitación de mi esposa y fui a abrir la puerta central. Jean-Jacques, vistiendo un completo uniforme de oficial enemigo, con condecoraciones de combate y la Cruz de Hierro, entró sin saludarme.
– ¡Canta! -dijo alegremente mientras se metía en la habitación.
Hice una señal a mi esposa, para evitar que se asustara. Ella empezó a cantar un lullaby y Jean-Jacques la acompañaba bailando junto a la cama, mientras sus botas resonaban pesadamente sobre el suelo.
– Es perfecto -exclamé, y mi esposa estuvo de acuerdo-. ¿Cómo supiste lo que debías ponerte?
– La mismísima imagen de la respetabilidad, mi amigo -contestó Jean-Jacques sin interrumpir su danza.
– ¿No te he dicho nunca que mi suegro es un oficial de la armada?
– ¿Qué? -murmuró Jean-Jacques.
– ¡El Ejército! ¡Un oficial!
– ¡La-mismísima-imagen-de-la-respetabilidad! -y a cada palabra, daba un taconazo en el suelo.
– ¡Viva la victoria! -murmuró mi esposa, escondiéndose aún más entre las sábanas, hasta que sólo su cara fue visible.
– Y ahora, querida señora, vamos a interpretar una marcha.
Me cogió por los hombros y marcamos el paso militar, arriba y abajo, por la habitación. Me sentía pleno de vivacidad, y en un momento me desasí de la poderosa mano que Jean-Jacques posaba sobre mi hombro y corrí hacia el otro lado de la habitación.
– Te declaro la guerra -grité.
– Estás muerto -dijo Jean-Jacques, pausadamente.
Mi esposa empezó a llorar. Me dirigí a él con enojo:
– No hagamos la guerra -le dije-. Esto la asusta.
– Pero yo quiero luchar contigo. Después de todo fui boxeador profesional.
– Lo sé, lo sé. Por eso, no voy a ser tan tonto de luchar contigo.
Empecé a sentirme molesto; Jean-Jacques podría haberse mostrado un poco más serio.
– Primero, deja que me saque mi respetabilidad -dijo, con voz segura, y empezó a desabotonar su flamante camisa verde olivo. La cabeza de mi esposa desapareció bajo las mantas.
– Pero estoy muerto. Lo dijiste tú mismo.
Se escuchó un quejido alarmante salido de la cama.
– Esa es tu ventaja, Hippolyte. Como la mía es haber sido boxeador.
Se impacientaba con los botones y se sacó la camisa por la cabeza. Aprovechando esta oportunidad, tomé una silla próxima al armario y la lancé sobre su cabeza. Inmediatamente se desplomó, y la cabeza de mi esposa emergió de entre la sábana con los ojos enrojecidos por las lágrimas. «¡Oh, oh!», exclamó.
– Este es el castigo por encarnar a un oficial -expliqué, secando su cara con mi pañuelo. La exasperación y el disgusto por la eterna frivolidad me habían dejado sin habla; no podía explicarle nada más y sólo quería deshacerme de él y sacarlo del apartamento. -Voy a llevarlo a su casa. Vuelvo en seguida.
Me hubiera resultado imposible levantar a Jean-Jacques y bajarlo por las escaleras, de modo que desperté a un vecino, un muchacho que transportaba carbón, que vivía detrás de la puerta contigua a la nuestra. Estuvo de acuerdo en ayudarme, y lo hicimos juntos. Después de despojar a Jean-Jacques de su disfraz, lo vestimos con viejas ropas mías y esperamos a que amaneciera. Aún inconsciente lo bajamos y lo metimos en la furgoneta que el muchacho usaba para repartir el carbón, transportándolo a través de la ciudad y llevándolo a su habitación, tras subir las escaleras del hotel en que se hospedaba. Envié de nuevo al muchacho para que cuidara a mi esposa hasta mi regreso.
Creí que había matado a Jean-Jacques, dada la forma en que estaba tendido. Seguramente, esa fue la razón por la que no partí, aguardando hasta el momento en que lo vi recuperarse. No volvió a la conciencia hasta el mediodía; cuando observé que comenzaba a moverse en su cama y se quejaba sosteniendo entre las manos su cabeza, me deslicé hacia la puerta. Me sentía extremadamente disgustado con él. Me detuve a comprar algunos alimentos y regresé a casa. Pero cuando entré en la habitación de mi esposa, con gran asombro vi que en la cama sólo estaba el muchacho del carbón, completamente vestido. Pareció asustado al verme, y balbució que mi esposa se había sentido muy mal cuando él regresó a casa, por lo que avisó a los vecinos, que en seguida llamaron a una ambulancia, y que ahora estaba en el hospital de la ciudad. Me apresuré a ir al hospital, donde una enfermera me confirmó las noticias sobre la grave situación de mi esposa. Me permitieron entrar durante unos minutos, pero ella estaba en estado de coma. Tres días después, murió.