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– ¿Está segura? -quiso saber Rory, que se sintió comprensiblemente aliviado-. En el ala siguiente hay más habitaciones como estas.

Jilly abrió mucho los ojos.

– ¿Más?

– Y todavía más. -Rory se peinó los cabellos-. Jilly, hay ropa por todas partes.

La muchacha se internó en el cuarto y extendió las manos para tocar la tela de los trajes, camisas y corbatas que el abuelo había acumulado a lo largo de los años. En opinión de Rory, solo eran trapos. De repente Jilly se volvió con la mirada encendida; el hoyuelo amenazó con volver a marcarse.

– ¿Ha dicho por todas partes?

Totalmente desconcertado por el entusiasmo de la joven, Rory asintió. Ese gesto fue lo que cerró definitivamente el trato. Aquella chica estaba como una cabra.

Diez años atrás, al dejar Caidwater, Rory había decidido evitar a toda costa a los fugados de los manicomios, motivo por el que en ese momento retrocedió, pero al final se detuvo e inquirió:

– ¿Realmente le gustan estas cosas?

– Las adoro.

Su sorpresa iba en aumento.

– ¿Por qué?

Jilly acarició el terciopelo negro de la capa que el abuelo de Rory probablemente había llevado en una película de hacía mil años.

– ¿Alguna vez llevó uniforme escolar? -preguntó la joven. Rory meneó negativamente la cabeza-. Yo, sí. El uniforme era gris y blanco y tuve que ponérmelo durante trece años. La casa de mi abuela también era, principalmente, gris y blanca. Si lo pienso, lo mismo podría decir de su personalidad, de color blanco frío y gris controlador… ¡mientras que esto…! -Jilly volvió a girar sobre sí misma. Rory se quedó fascinado por la energía que su cuerpo menudo despidió-. Estos hilos, las lanillas… los azules, los verdes… los colores, las texturas… -Levantó un brazo como si quisiese abarcarlo todo.

En ese instante algo llamó la atención de Jilly. Se adelantó, inexorablemente atraída, como a algunas mujeres les ocurre en presencia de hombres poderosos. Extendió el brazo con actitud reverencial para acariciar una prenda de color carmesí.

Las yemas de sus dedos volvieron a acariciarla y a Rory le hirvió la sangre.

– Esta prenda… -musitó Jilly con una voz apenas audible-. Está tan lejos como cabe imaginar de lo gris y lo blanco. Para mí representa la vida, una existencia emocionante, sin prohibiciones y multicolor.

La muchacha dejó escapar un suspiro.

Al percibir ese sonido soñador y maravilloso, a Rory volvió a hervirle la sangre, aunque por una razón que no tenía nada que ver con su reacción al ver cómo sus dedos acariciaban las telas. Estaba contrariado. Se suponía que habían llegado a un acuerdo comercial y no estaba dispuesto a que el trato incluyese los comentarios roncos e íntimos de Jilly acerca de los uniformes escolares. No quería que esa mujer lo llevara a pensar en sus pilas de camisas blancas y en la barra de la que colgaban infinidad de trajes de tono gris marengo.

Jilly apartó varias prendas con delicadeza para ver mejor la de color rojo. Se trataba de un vestido de noche, algo que le habría sentado como anillo al dedo a Ginger Rogers. ¡Por Dios!, probablemente era de Ginger, sobre todo si la milésima parte de las leyendas sobre el abuelo del magnate eran ciertas.

La joven siguió con delicadeza el adorno de cuentas de cristal.

– No sabía que la colección de su abuelo incluía ropa de mujer. Por lo que sé, cuando falleció estaba soltero.

– ¿Soltero? -Rory rió con ironía-. Dudo que se pueda llamar soltero a un hombre con seis… no, mejor dicho, con siete ex esposas.

Jilly lo atravesó con la mirada.

Rory pensó que ya estaba, que ya había hablado demasiado, y se maldijo por bocazas. Era la señal de que debía marcharse. Jamás se refería a su familia. Si no le quedaba más remedio, daba ligerísimas pinceladas, pero no mostraba cólera ni amargura.

Pese a todo, le resultó imposible apartar la mirada de Jilly. La muchacha deslizó lentamente la tela carmesí sobre su brazo y Rory imaginó el vestido alrededor de su cuerpo menudo y ardiente, como una lengua en torno a una piruleta de canela.

¡Maldición! Se le puso dura y tuvo la sensación de que sus pies eran incapaces de moverse.

– ¿Estas prendas pertenecieron a las esposas de su abuelo? -quiso saber Jilly mientras la falda del vestido se deslizaba por la piel cremosa de su muñeca.

– Es posible -repuso con voz entrecortada-. Aunque puede que algunos hayan sido de las esposas de mi padre que, hasta ahora, solo ha tenido cuatro.

Jilly parpadeó y guardó silencio unos instantes.

– En total suman once.

– ¡Vaya, también sabe sumar! -masculló Rory.

Kincaid pensó que once mujeres habían entrado y salido de la mansión, once esposas, aunque también había habido muchas más que se habían acostado con su padre y con su abuelo sin llevarlos al altar.

Rory sonrió y esbozó una sonrisa contrariada y amarga porque se dio cuenta de los motivos por los que Jilly lo excitaba tanto: era la viva imagen de los problemas que había tenido a lo largo de la vida.

– Forma parte de esa existencia emocionante, sin prohibiciones y multicolor a la que se ha referido hace un momento.

Era la clase de basura tipo carpe diem que detestaba, las gilipolleces que su familia había utilizado durante décadas para justificar sus excesos.

Jilly volvió a parpadear y bajó la mirada.

– Está bien. -Pasó la mano por otro perchero lleno de vestidos de noche-. Está claro que las esposas han dejado muchas cosas.

– Verá, mi padre y mi abuelo eran muy hábiles para encontrar mujeres a las que no les preocupaba dejar cosas cuando se iban. -Cruzó los brazos sobre el pecho-. Diga lo que se le ocurra y le aseguro que aquí lo dejaron, ya fuera ropa, calzado, sombreros… -Rory hizo una pausa y enseguida añadió-: Incluso abandonaron niños.

Se produjo otro tenso silencio.

– Vaya… bueno… veamos… Por lo que tengo entendido, la madre de Iris…

Kincaid la interrumpió con un ademán brusco.

– Se largó como todas las demás.

Jilly se estremeció, pero Rory tuvo la certeza de que se debía a su tono gélido. De todos modos, ya no se molestó en disimular su amargura. Era mejor que ella supiese cuál era realmente la situación.

¡Vaya, vaya con la existencia emocionante, sin prohibiciones y multicolor! No era más que la racionalización de la irresponsabilidad en una ciudad tan superficial como Los Ángeles.

La joven carraspeó.

– Veamos… me parece que su padre y su abuelo tuvieron muy mala suerte a la hora de elegir esposa.

– Sí, por supuesto. También lo podemos llamar mala suerte. -Rory rió sin alegría y se apartó-. La verdad es que todos los Kincaid hemos hecho elecciones desastrosas en lo que se refiere a las mujeres con las que hemos querido contraer matrimonio.

La percha chirrió sobre la barra metálica cuando Jilly pasó de un perchero a otro un traje de hombre de los años treinta del siglo XX. Comprobó el número de la etiqueta de color que había colocado en la manga y a continuación cogió el cuaderno para catalogar el número del artículo, su descripción y el destino recomendado. Al sujetar el lápiz notó un calambre en la mano, por lo que suspiró y levantó la cabeza mientras masajeaba sus dedos atenazados. Al día siguiente llevaría el ordenador portátil e introduciría directamente la información en la base de datos.

Un golpe seco en el pasillo, al otro lado de la pared de la habitación, la llevó a coger el lápiz y centrarse diligentemente en la hoja del archivo. A pesar de que ya había transcurrido la mañana, lo cierto era que no le apetecía hablar nuevamente con Rory.

Ese hombre era muy imponente, muy atractivo, muy… amargado.

Jilly cerró los ojos con fuerza. Evidentemente, Rory no tenía una opinión demasiado buena de las mujeres que, a través del matrimonio, habían pasado a formar parte de la familia.

De las once, ninguna le caía bien.