Descartó esa idea perturbadora y se centró en Kim. Tenía trabajo por delante, ya que Rory pensaba que Kim había elegido abandonar a Iris. No sabía exactamente en qué consistía ese trabajo, pero la reacción ante Rory, que el día anterior tanto había intentado negar, seguía siendo un obstáculo casi insalvable.
A Kim le había parecido que se trataba de una broma, pero, tras otro rato en compañía de Rory Kincaid, Jilly ya no se reía. Había algo en el aspecto exótico de ese hombre, en su pelo negro, su piel morena y sus ojos azules que echaba a volar su fantasía.
En un instante, la joven pasaba de tocar un sombrero de fieltro de hombre a correr por las dunas doradas y onduladas, perseguida por un hombre vestido de blanco que montaba un corcel árabe. La risa del príncipe del desierto resonó provocadora y deliciosa; a renglón seguido, la cogió en sus brazos y la estrechó contra su cuerpo. El corazón del hombre latió junto a su espalda con más intensidad que los cascos del caballo. Ardientes como el fuego, sus ojos azules la traspasaron y movió cálidamente los labios junto a su oreja para decirle que la llevaría a la kasba.
Jilly suspiró. Lo que más la preocupaba de esa fantasía reiterada era su propia carrera por la arena porque, en realidad, no se trataba de una huida. Si era sincera, no le quedaba más remedio que reconocer que, en lugar de correr, lo que intentaba era que él la persiguiera y la pillase.
Aguzó el oído al percibir otro golpe seco en el pasillo. Gimió para sus adentros y pensó que el príncipe… mejor dicho, que Rory acababa de llegar. Un suave palmoteo acompañó el golpe seco y las prendas del perchero más cercano a la puerta comenzaron a balancearse. A menos que hubiera reducido drásticamente su tamaño, la persona que acababa de colarse en la estancia no era el individuo al que Jilly tanto quería evitar.
Jilly carraspeó y preguntó:
– ¿Hay alguien ahí? ¿Iris?
En lugar de obtener respuesta, la ropa se bamboleó un poco más y las perchas chirriaron. Tal vez la niña se comportaba tímidamente porque no recordaba que el día anterior la había visto. Al fin y al cabo, la habían despertado de la siesta y estaba medio atontada.
Jilly sonrió para sus adentros, terminó de catalogar el traje y con el rabillo del ojo avistó una figura menuda que se aproximaba paso a paso. Fingió que no se daba cuenta de que Iris acortaba distancias sigilosamente. No entendía mucho de niños, sobre todo porque su abuela jamás le había permitido serlo, pero era toda una experta en sentirse sola.
A las niñas pequeñas y solitarias les gusta observar; las niñas pequeñas y solitarias observan a las personas y luego participan.
Jilly cogió un sombrero de señora, de copa poco profunda y ala ancha, que colgaba en un perchero cercano. Era de terciopelo negro y estaba adornado con plumas de avestruz doradas. No pareció ser un buen anzuelo para llamar la atención de la cría de cuatro años. Con un amplio movimiento del brazo, Jilly soltó el sombrero «por accidente» y la prenda acabó cayendo milagrosamente cerca del escondite de Iris.
– ¡Vaya! -Jilly fue en busca del sombrero y cuando se agachó a recogerlo se topó cara a cara con Iris. Con el accesorio de terciopelo negro sobre los ojos, Iris estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la mullida alfombra. Jilly no perdió la sonrisa, levantó delicadamente el ala del sombrero y se encontró con la mirada de Iris, tan azul como la de Rory-. Volvemos a encontrarnos.
Iris se incorporó como pudo y al erguirse se echó el sombrero hacia atrás. Una de las plumas doradas se meneó como la cola de un perro.
– Usted es la señora que me dio agua.
Jilly estudió azorada la vestimenta de la niña. Su sorpresa no tenía que ver con el sombrero o, al menos, no fue lo único que la dejó atónita. A decir verdad, el sombrero combinaba con el vestido que Iris se había puesto. Pese a ser mediodía de una jornada laborable, la niña lucía un vestido de terciopelo negro que llegaba hasta el suelo. Era de manga larga y cuello alto; varias hileras de encaje dorado adornaban la falda, desde el talle imperio hasta el dobladillo.
– Bueno… veamos… ¿estás jugando a disfrazarte?
Iris miró hacia el suelo.
– No. Rory me dijo que me pusiera esta ropa.
– ¡Caramba! Está bien… No cabe duda de que es elegante. -Aunque le gustaba disfrazarse,: Jilly se dio cuenta de que, en cualquier circunstancia, la vestimenta de Iris era totalmente inadecuada para una niña de cuatro años… a no ser que tuviera audiencia con la reina de Inglaterra. Por lo visto, Rory sabía de niños incluso menos que ella. Sonrió y preguntó-: ¿Qué has hecho por la mañana?
– He ayudado a la señora Mack.
La señora Mack era el ama de llaves; se había presentado a Jilly poco después de que por la mañana Rory la dejase sola. Reparó en la mancha de polvo que Iris llevaba en una de las mangas de terciopelo.
– Me juego la cabeza a que la señora Mack estaba limpiando.
Iris asintió y automáticamente movió la mano para chuparse el pulgar, pero no tardó en apartarla.
Sin decir nada, Jilly admiró el dominio de sí misma que la pequeña acababa de demostrar. Era algo que también tenían en común: chuparse el dedo. Jilly se consolaba de la misma manera hasta que cumplió cinco años. Por entonces su abuela pidió al dentista que fabricase un aparato que Jilly se ponía por la noche. Si mientras dormía se olvidaba de cumplir el edicto de su abuela contra ese hábito, los afilados dientes metálicos del aparato se le clavaban en la yema del pulgar. Aún recordaba que el dolor la despertaba.
– Bueno…
Jilly se mordió el labio inferior con actitud de preocupación. La pequeña no dejó de observarla solemnemente y la muchacha ya no supo qué decir.
A Iris le hizo ruido el estómago y rió.
Jilly sonrió. El hambre era un lenguaje transgeneracional.
– Me parece que tienes hambre. -La niña asintió-. Yo también. -Apartó el sombrero de terciopelo de la cabeza de la niña-. ¿Quieres que vayamos a buscar algo de comer? La señora Mack ha guardado mi fiambrera. Dijo que la pondría en la nevera. ¿Me mostrarás dónde está la cocina?
Iris asintió y preguntó:
– ¿Ha traído su fiambrera?
Dado que no sabía cómo se desarrollarían los acontecimientos, Jilly se había llevado el almuerzo.
– Por supuesto. ¿Y tú?
Iris negó con la cabeza.
– Siempre como en la cocina.
– Por supuesto, es normal. -Jilly siguió a la niña pasillo abajo-. ¿Quién te prepara la comida? ¿La señora Mack?
– No, Rory. Dice que la señora Mack ya tiene bastante trabajo.
Jilly enarcó las cejas. ¿Rory ayudaba a la niña a vestirse y le preparaba el desayuno?
– ¿No tienes niñera? ¿No hay nadie cuyo trabajo consista en ocuparse de ti?
– Nina ha conseguido otro trabajo y cuida a un bebé.
A Jilly se le encogió el corazón. La pequeña había perdido a su padre y a su niñera y vivía con un hombre que la vestía ridículamente con ropa de terciopelo negro y encajes dorados.
Iris la condujo por un corto tramo de escalera, empujó la puerta de batiente y llegaron a una cocina tan grande como Things Past. La iluminación de los fluorescentes rebotó en las paredes blancas, las encimeras de granito y los electrodomésticos de acero inoxidable, por lo que durante unos segundos quedó deslumbrada. Parpadeó y reparó en que a dos kilómetros de distancia, en la otra punta de la cocina, un hombre moreno cerraba la puerta de una de las dos enormes neveras.
Rory miró a su tía y a su empleada.
– Iris… mejor dicho, tía. Estaba a punto de ir a buscarte. Tu almuerzo está prácticamente listo. -Abrió la nevera e introdujo la mano en ella-. Me atrevo a suponer que esto… -Rory se volvió hacia Jilly y le ofreció su fiambrera de Perdidos en el espacio-. Supongo que esto es suyo.
¡Maldición! Pese a lo mucho que había deseado evitar a Rory, Jilly se dio cuenta de que lo único que podía hacer era andar sobre ese suelo reluciente y recuperar su fiambrera. En lugar de concentrarse en la comida que preparaba, Kincaid se limitó a observarla con mirada firme.