Jilly titubeó. A pesar de la distancia que los separaba, tuvo la sensación de que algo la tironeaba. Rory parecía atraerla a pesar de que no había movido su cuerpo alto y delgado. La muchacha desplazó los pies como si tuviesen voluntad propia. Rory no dejó de contemplarla.
Mientras atravesaba la cocina, Jilly cobró conciencia de sí misma de una forma extraña, nueva y enriquecedora: reparó en el ritmo de sus pisadas. Su cuerpo avanzó fluida y sensualmente. A cada paso que daba, el algodón de la blusa frotaba su ombligo con caricias suaves y delicadas, lo que bastó para ponerle la carne de gallina. Con la misma rapidez con la que subió su temperatura corporal, se le erizó la piel de las piernas, los brazos y el torso. Sus pezones se endurecieron.
¡Vaya, vaya!
Sin pensar en lo que hacía, la joven se humedeció los labios y la mirada de Rory se agudizó. Sorprendida por su propia actitud, Jilly trastabilló. Hacía un instante había tenido lujuriosas fantasías con ese hombre perturbador, y a continuación se convertía en una vampiresa de labios húmedos que caminaba hacia él. En su vida había hecho nada parecido. ¿Qué le pasaba?
De repente lo tuvo claro de forma tan súbita y abrumadora que volvió a tropezar.
Llegó a la conclusión de que Rory sacaba lo peor de ella.
Se dijo que, después de todo, probablemente su abuela tenía razón.
Esa idea perturbadora no contribuyó a disminuir su hipersensibilidad. Cada vez que movía las piernas notaba el roce del algodón de los vaqueros en las corvas y en cierto momento ese contacto áspero subió por sus muslos. Los pezones, en erección, presionaron las copas del sujetador.
Deseó fervientemente que Rory no se diese cuenta de nada.
La suerte estuvo de su parte. Cuando llegó a su lado, el dueño de la mansión le ofreció la fiambrera con expresión impávida y con la mirada fija en su nariz. Era una actitud bastante neutral, pero cuando Jilly cogió el asa, Rory no soltó la fiambrera. La mirada de la joven pasó de la representación metálica de Robot y el resabidillo Will Robinson a los nudillos blancos de Kincaid y a sus ojos fijos, al parecer a regañadientes, en sus senos.
A Jilly se le secó la boca, se le quitó el hambre y notó que, por encima de la carne de gallina, se le volvía a poner la carne de gallina. ¡No podía ser! Cerró los ojos.
Tal vez ella también sacaba lo peor de Rory.
– Quiero mi almuerzo.
Rory parpadeó y desvió la mirada. La orden de Iris también sirvió para que Jilly recobrase la normalidad. Su piel volvió a ser su piel, sus andares un modo de moverse y Rory un hombre que… que conseguía que su piel cosquillease.
En apariencia, Rory estaba totalmente tranquilo y sereno. Jilly se dijo que, probablemente, se había inventado el episodio durante el cual ninguno de los dos había soltado el asa de la fiambrera.
¡Por los pelos…! Desde el principio, Jilly había albergado la esperanza de que acabasen por establecer una suerte de amistad, ya que nada más era seguro… pero, si a eso vamos, nada era seguro ni aconsejable.
Jilly dirigió la mirada hacia la encimera y se fijó en el plato que Rory había preparado para Iris. Volvió a mirarlo. Grande como una bandeja, el plato de loza blanca estaba lleno de diversos alimentos, desde lonchas de rosbif hasta minibocaditos dulces.
Iris también pasaba revista a su almuerzo. Se había sentado en el taburete situado junto a Rory, y Jilly supuso que estaba allí precisamente con ese propósito. Señaló la carne con un dedito y dijo:
– No. -Rory retiró el rosbif-. No -repitió Iris, y señaló el apio cortado en juliana. Jilly miró a Rory, que tragó saliva y dejó el condenado apio sobre la encimera-. No, no y no.
Entonces desaparecieron un minibocadillo con manteca de cacahuete, dos trozos de manzana y un triángulo de queso.
Rory había palidecido. Jilly arrugó el entrecejo mientras observaba al magnate, que estudió el rostro de su tía. Pareció concentrarse… mejor dicho, se puso nervioso mientras aguardaba el veredicto.
Iris recorrió el plato con la mirada y finalmente declaró:
– Así está bien.
Rory liberó lentamente un suspiro contenido y se masajeó la nuca mientras la chiquilla se apeaba del taburete. Entregó el plato a su tía, que caminó con cuidado hacia una mesa pequeña situada bajo la ventana.
Azorada, Jilly paseó la mirada de Rory a la comida de Iris y volvió a fijarla en el dueño de la casa.
– En ese plato prácticamente no hay nada.
Kincaid le volvió la espalda y replicó:
– Déjese de tonterías. Tiene de sobra.
A Jilly le costó creer lo que acababa de oír.
– ¿Cómo dice? ¿Le parece que bocaditos dulces, palitos salados, barquillos de vainilla y regaliz rojo son alimento suficiente?
La puerta de la nevera se cerró violentamente.
– ¿Alguna vez ha oído hablar de los cuatro pilares?
– ¿Los cuatro pilares?
– Sí, claro. Me refiero a calcio, hidratos de carbono, galletas y golosinas.
Kincaid abrió una botella de Pellegrino y sirvió dos vasos de agua con gas.
Jilly se frotó la frente. El regaliz pertenecía a la categoría de golosinas, los barquillos a las galletas y los palitos salados a los hidratos de carbono. Su cerebro comenzó a funcionar e inquirió:
– ¿Está seguro de que los minibocaditos dulces corresponden a la categoría de productos ricos en calcio?
Rory acercó un vaso de agua fría a Jilly y alzó el otro.
– Al fin y al cabo, son blancos, ¿no? Como la leche.
Jilly no podía creer lo que oía. Se quedó boquiabierta y murmuró:
– Pero…
– Algo de beber -ordenó Iris desde su mesa.
Rory se apresuró a servir otro vaso de Pellegrino.
Iris lo rechazó con la misma presteza.
Una idea pasó por la mente de Jilly mientras Rory ofrecía a su joven tía tres bebidas: limonada, zumo de naranja y, por petición de la niña, Coca-Cola.
Craso error: Iris quería una Coca-Cola light.
A Rory no se le movió ni un pelo.
Cuando Iris se dio finalmente por satisfecha, Kincaid regresó junto al vaso que había dejado en la encimera. Bebió un trago generoso, como si el esfuerzo precedente lo hubiera deshidratado.
Jilly también bebió agua.
– ¿Qué sucedió con la niñera de Iris?
Rory carraspeó.
– Se buscó otro trabajo. Dentro de unas semanas me llevaré a Iris de aquí y decidí que me apañaría con ella hasta que nos mudemos.
– ¿Se apaña con la niña?
Jilly pensó que seguramente Kincaid sabía que los vestidos de terciopelo y los almuerzos preparados con minibocaditos dulces no eran el modo más habitual de ocuparse de un crío.
Rory se encogió de hombros.
– Nos estamos acostumbrando el uno al otro -replicó en tono neutral.
– Sin duda resulta difícil -comentó Jilly. Tal vez reunir a Kim con Iris podía convertirse en algo tan sencillo como demostrar que para Rory tenerla consigo suponía muchas molestias-. Me refiero a que para un soltero tiene que ser difícil ocuparse repentinamente de una niña.
– Las dificultades no vienen al caso -respondió con firmeza-. Soy responsable de Iris y me propongo educarla bien.
Jilly bebió otro sorbo de agua para disimular su sorpresa. Cabía la posibilidad de que Kincaid se preocupase realmente de la pequeña.
Rory volvió a mirar a Iris y carraspeó por segunda vez.
– Cuando termines de comer descansarás un rato -comunicó a la niña con una autoridad forzada.
– No.
Jilly tuvo que reprimir una sonrisa cuando Rory introdujo un dedo en el cuello de la camisa y la echó hacia delante. Parecía que se había quedado sin aliento. Por mucho que tuviera la intención de educar bien a su tía de cuatro años, de momento no era precisamente hábil en el trato con los niños. La idea que había tenido hacía algunos minutos volvió a su mente.