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– Iris… -Rory intentó insistir-. Quiero decir, tía…

– Quiero salir a jugar. -Su tono sonó endiabladamente imperativo y traspasó con la mirada a su sobrino-. También quiero que juegues conmigo.

Rory volvió a estirar el cuello de la camisa y suspiró.

– De acuerdo.

Iris aún no había terminado de plantear sus exigencias.

– Quiero que me lleves a dar un paseo en canoa.

– ¿Un paseo en canoa? -repitió Rory, y meneó negativamente la cabeza-. No puede ser. Esta tarde tengo una reunión y no hay tiempo.

Ante la negativa de Rory, la niña entornó los ojos. Cogió un minibocadito dulce y lo apretó, por lo que el centro líquido goteó entre sus dedos pulgar e índice.

– Greg siempre me lleva a pasear en canoa -añadió, como si retase a Rory a llevarle nuevamente la contraria. Desvió la mirada hacia Jilly y sonrió de forma encantadora; mejor dicho, esbozó la sonrisa normal y simpática de una cría de cuatro años-. Y usted también. Quiero que venga. Por favor, ¿vendrá con nosotros?

Rory no pareció detectar que la niña se dirigía a Jilly con un tono distinto al que empleaba con él. No quitó ojo de encima a su tía mientras respondía por Jilly con actitud tajante:

– No puede. Tiene que trabajar.

Jilly frunció el ceño. Nadie le decía lo que podía o no hacer. Hacía tiempo que nadie decidía por ella.

– Quiero que venga -insistió Iris, y volvió a entornar los ojos-. Greg no está y quiero que venga alguien más para que juegue conmigo.

Rory suavizó el tono:

– Tía, dame un respiro. La señorita Skye está ocupada.

Jilly sabía que no debía ir. No solo tenía que clasificar las prendas, sino que prefería evitar a Rory. Por favor… Ese hombre le ponía los pelos de punta. Debía guardar las distancias con él a no ser que encontrase la manera de calmarse y de defender con éxito la posición de Kim. Por otro lado…

– No puede -repitió Rory.

El magnate volvía a las andadas. A Jilly le molestó. «No puede, no debe, no es aconsejable.» De pequeña había oído tantas veces esas palabras que se habían convertido en el tema de su infancia solitaria. Todas aludían al control, mejor dicho, a intentar controlarla a ella.

– Iris, desde luego que puedo jugar contigo -intervino impulsivamente. Se dijo que, al fin y al cabo, se trataba de la hija de Kim-. No sé mucho de canoas, por lo que tendrás que enseñarme. -Poco dispuesta a comprobar la reacción de Rory a su actitud rebelde, Jilly no dejó de dirigirse a Iris-: Claro que, antes de salir a jugar, tendrás que comer. En mi fiambrera hay un bocadillo de queso y brotes de soja. Te daré la mitad.

Iris titubeó unos segundos, pero Jilly no cedió.

– Está bien -aceptó la pequeña-. Pero solo la mitad.

– Y también te pondrás ropa con la que puedas jugar -apostilló Jilly-. Por ejemplo, pantalón corto y camiseta.

– Vale -dijo la niña al cabo de unos segundos, y movió afirmativamente la cabeza.

– Alabado sea el Señor -musitó Rory en un tono apenas audible.

En lugar de mirarlo, Jilly se volvió y apoyó la fiambrera en la encimera. Abrió la tapa con un chasquido y buscó el bocadillo.

– Entonces ¿no fue usted quien escogió ese vestido por la mañana?

– ¡Por favor, claro que no! Ella da la orden y yo lo descuelgo.

«Ella da la orden…» Jilly supo que lo que había pensado hacía un rato era correcto; prácticamente compadeció a Rory. Casi lo compadeció, pero no del todo. Otro gallo habría cantado si Kincaid no hiciera esfuerzos por entenderse con Iris. De todos modos, era su oportunidad de apuntarse un tanto a favor de Kim. Cabía la posibilidad de que, si se daba cuenta de que no era el tutor ideal para la niña, más adelante estuviese dispuesto a negociar la cuestión. Jilly miró a Rory y preguntó:

– ¿Se le ha ocurrido pensar que la niña lo tiene aterrorizado?

Capítulo 4

Rory se preguntó si tenía terror a Iris, pero ni se dignó responder a la pregunta de Jilly mientras aguardaban en silencio a que la niña terminase el bocadillo y se cambiara de ropa. Cuando estuvo lista, los tres se dirigieron al estanque para canoas en uno de los carritos de golf de la finca.

Las dos féminas parlotearon y Rory no intentó inmiscuirse en la conversación. Le molestaba sobremanera que Jilly los acompañase. Podría haber hecho caso de su poco sutil indirecta y haberse quedado en la casa, pero ni se le ocurrió.

Kincaid hizo una mueca. Tampoco le resultaba sencillo negarle algo a Iris. Tenía un deber hacia ella, un deber que se tomaba muy en serio, y había tratado con suficientes escolares que aprenden a usar el ordenador como para reconocer que la niña no mostraba demasiado cariño por él. Por lo visto, Roderick prácticamente no le había hecho caso e Iris buscaba a Greg para que la cuidase y le hiciera de padre. Desde que Greg había dejado la ciudad y emprendido una corta gira para presentar su última película, la animosidad de la cría había ido en aumento.

Al pensar en su hermano, Rory experimentó una ligera punzada de culpa. Greg había insinuado a veces que quería hacerse cargo de Iris, pero Rory no estaba dispuesto a tomarlo en serio. Las instrucciones de Roderick eran claras y Rory suponía que, hacia el final de su vida, el anciano había sentado la cabeza y había comprendido que el arte y la función de padre eran una mezcla explosiva. Por una vez en su vida, un Kincaid había tenido en consideración el bienestar de un niño y Rory no estaba dispuesto a oponerse a la única decisión generosa que un miembro de su familia había tomado.

El jolgorio de las chicas se coló en su pensamiento. A sus espaldas, en el asiento trasero del carrito, Jilly jugaba con Iris. La pequeña estaba encantada con los divertidos comentarios de Jilly y Rory estuvo en un tris de sonreír ante sus risillas, pero no tardó en fruncir el ceño.

Jilly… No tuvo más remedio que reconocer que había sido una de sus decisiones menos inteligentes.

El rifirrafe matinal con Jilly había reforzado su primera impresión, según la cual la joven no era más que otra chalada excéntrica de Los Ángeles, motivo más que suficiente para no bajar la guardia; una mujer que aspiraba a una vida sin limitaciones solo representaba problemas.

Si a ello añadía que esa tarde tenía la primera reunión de campaña con los miembros del Partido Conservador, la sensación de desastre inminente adquiría el peso de un yunque de dos toneladas. Se masajeó la nuca para relajar la tensión que parecía atenazar su cuello.

¡Maldición! Estuviera o no chalada esa mujer y tuviese o no una reunión decisiva, no podía permitir ni permitiría que el yunque cayese. Ni soñarlo. Diez años de experiencia en el vertiginoso mundo de la informática le habían enseñado a controlarse. Había aprendido a analizar los problemas en lugar de permitir que lo agobiasen. Una mujer estrafalariamente vestida no lo echaría todo a perder.

Para mantener el control de la situación con Jilly Skye, le bastaría detectar los posibles problemas y desactivarlos. En cuanto lo pensó, una abeja zumbó junto a su nariz. ¡Claro que sí! Su mente se centró inmediatamente. Vio ante sus ojos el posible problema número uno.

Clavó el pie en el freno, se volvió bruscamente hacia Jilly y preguntó:

– ¿Es alérgica a las picaduras de abeja?

Rory hizo frente a la mirada de sorpresa de Jilly y se convenció de que se trataba de una pregunta muy acertada. Veamos, una picadura de abeja puede significar un problema grave. Si la abeja la picaba y la joven dejaba de respirar, seguramente se vería obligado a practicarle la respiración artificial, sus bocas se encontrarían… Dios mío… Su sangre… se heló… sí, esa era la definición correcta, su sangre se heló solo de pensarlo.

La joven frunció las cejas, dejó de hablar con Iris y separó nuevamente los labios para responder:

– No.