– Me alegro.
Parcialmente aliviado, Rory se dio la vuelta, pisó el acelerador y siguió pensando. ¿Qué más podía salir mal durante la hora siguiente? El carrito de golf… el estanque… el remo…
Por descontado que la respuesta era evidente: mujer con curvas, canoa que vuelca.
¡Fantástico! Jilly se caería al agua.
Rory imaginó la blusa, delgada como el papel, adherida a los pechos de la joven y los vaqueros que ceñirían su trasero y sus fabulosos muslos. Tendría que acompañarla de regreso a la casa, probablemente tendría que llevarla en brazos, el equipo del Partido Conservador se presentaría antes de lo previsto y…
¡Maldición! Por si eso fuera poco, también en ese caso existía la amenaza de tener que practicarle la respiración artificial. Por segunda vez hundió el pie en el freno.
– Espero que sepa nadar.
Jilly lo miró como si se hubiera vuelto loco.
– Sí, claro.
– ¿Está segura?
– Por supuesto.
Kincaid masculló algo entre dientes y volvió a acelerar, aunque sin tanto ahínco. Condujo el carrito por el camino en zigzag y por fin llegaron al fondo del cañón. Cuando frenó junto al cobertizo de los barcos oyó que Jilly dejaba escapar un suspiro. No hizo caso de ese sonido y abandonó el carrito de un salto. Jilly e Iris lo siguieron a paso tranquilo, por lo que tuvo tiempo de dar la vuelta a la pequeña canoa de aluminio y recoger el remo y el chaleco salvavidas de la niña.
Jilly se detuvo en la orilla cubierta de hierba, levantó la cabeza y contempló la cascada que, con un rugido sordo, caía por la ladera del cañón y alimentaba el estanque para canoas. A renglón seguido recorrió con la mirada la serpenteante cinta de agua que recorría el campo de golf de nueve agujeros y par tres de Caidwater.
– Esto es… es… es impresionante -comentó la dueña de la tienda.
Rory entregó el chaleco salvavidas a Iris.
– Yo lo definiría como ampuloso y exagerado. -Rory introdujo la canoa en el agua y permaneció de pie a su lado, con un pie en el fondo, a fin de estabilizar la ligera embarcación. Llamó con el dedo a Iris y comprobó que el chaleco de la pequeña estaba correctamente colocado antes de subirla a la canoa-. Tía, en el banco delantero. -Luego le tocó el turno a Jilly, que avanzó como si se dispusiera a embarcar por su cuenta y riesgo-. ¡Vaya, vaya! -masculló Kincaid.
Era el momento ideal para un buen remojón. La cogió de las axilas, la balanceó de la orilla a la canoa y sus dedos se hundieron en la piel suave de sus pechos.
Rory se quedó petrificado, con los pies de Jilly a quince centímetros del suelo, mientras el cabello alborotado de la joven le hacía cosquillas en la barbilla. Se alegró de que no estuvieran cara a cara, pero, aunque en ese instante no viese el verde inconmensurable de sus ojos, sucedió lo que había temido desde el momento en el que la conoció. La energía discurrió entre ambos, una suerte de fuerza vital ardiente y chisporroteante que subió por los músculos tensos de sus piernas, se extendió hacia las yemas de sus dedos y, con una sucesión de chispazos, se topó con la electricidad que manaba del calor suave y tierno del cuerpo de la joven.
Kincaid lanzó una muda maldición y dejó caer a Jilly, que chocó contra el fondo de la canoa y emitió un estrépito metálico.
La muchacha se sentó junto a Iris. Rory apretó los dientes y ocupó el otro banco, tras ellas. Desde el momento en el que vio las uñas de los pies de Jilly, pintadas de rojo cereza, supo que esa chica le causaría graves problemas. Cogió el remo y, aunque era más delgado que el cuello de cierta mujer que conocía, lo acogotó.
Iris señaló con actitud imperativa y dijo:
– Vamos para allá.
Rory remó sin esfuerzo e intentó mantener la calma. De acuerdo, entre Jilly y él existía un ligero chisporroteo, no era necesario que cundiera el pánico. Solo se trataba de otro motivo por el que estar ojo avizor ante la posibilidad de que se produjera un desastre como el del yunque a punto de desplomarse.
– Será mejor que os situéis en el centro del banco -aconsejó.
Volvió a su mente la premonición de una Jilly calada entre sus brazos. Llegó a la conclusión de que, dadas las chispas que fluían, ambos se electrocutarían.
Remó lenta y afablemente, sin realizar movimientos bruscos, y los pocos comentarios que realizó los dirigió exclusivamente a Iris. El estanque estaba lleno de percas y truchas, y le mostró los sitios en los que, de pequeños, Greg y él habían pescado.
Durante unos años ambos se criaron a la buena de Dios, pero al cabo de un tiempo, incluso antes de que le cambiara la voz, Rory ya había madurado. Llegó el día en el que se dio cuenta de que, como mínimo, Caidwater necesitaba un adulto entre sus paredes.
A medida que se alejaban de la cascada, el sonido se convirtió en un suave murmullo de fondo. Remó sin cesar y, en medio de ese rítmico sonido y movimiento, Rory acabó por relajarse. Un pez saltó a lo lejos y el sol demasiado cálido aflojó sus músculos e incendió mechones en medio de los rizos oscuros de la melena de la mujer que tenía delante.
– ¡Alto!
Rory se estremeció ante la brusca orden de Iris y la canoa se balanceó.
Jilly dejó escapar un jadeo y se aferró a la borda de aluminio, por lo que la embarcación volvió a agitarse peligrosamente.
– ¡Quieta! -aconsejó, y contuvo el aliento hasta que la canoa dejó de mecerse-. Bien, tía, ¿qué es lo que quieres?
Iris señaló hacia la derecha.
– Quiero ir a la isla, tu isla y la de Greg.
Kincaid pensó que no disponían de demasiado tiempo.
– No me parece lo más…
– Por favor -suplicó la niña.
Rory sabía que las buenas maneras eran imprescindibles, y los libros para padres que había leído aconsejaban recompensar a los niños cuando mostraban un buen comportamiento. No estaba muy seguro de que fuese imprescindible demostrar a Iris que su actitud le había agradado, por lo que puso rumbo a la «isla» sin decir nada. En realidad, no se trataba de una isla propiamente dicha, sino de una zona sin desarrollar del lecho del cañón, zona que no formaba parte del campo de golf.
En cuanto llegaron, Iris desembarcó sin darle tiempo a ayudarla y Rory tuvo que clavar el remo en el fangoso fondo del estanque para no zozobrar.
Jilly se aferró a las rocas y miró preocupada en la dirección que había tomado la pequeña.
– ¿No pasará nada?
Rory negó con la cabeza.
– Mi hermano la trae mucho a la isla. De pequeños era uno de nuestros lugares preferidos.
Jilly se volvió a medias para pasar por encima del banco y se protegió los ojos con la mano a fin de mirarlo directamente.
– ¿Se crió aquí?
Kincaid asintió, movió las piernas y con la rodilla rozó la pantorrilla de Jilly, que se apartó rápidamente.
– Se lo crea o no, mi abuelo y cualquiera de las esposas con las que estuvo fueron más estables que mis padres -respondió, aunque en realidad tampoco fue mucho lo que explicó. Aproximadamente dos veces al año, su madre recordaba que tenía hijos, momento que escogía basándose en una complicada fórmula que incluía las fechas de los desfiles de moda de París y el estado de su cuenta bancaria. Las visitas de su padre eran incluso más esporádicas. Rory jamás había encontrado un motivo o una explicación para semejante egoísmo-. Greg y yo siempre hemos vivido en Caidwater.
– ¿Fue un buen lugar en el que crecer?
Rory pegó un brinco de sorpresa. La inmensa mayoría de personas suponía que vivir en medio de la opulencia de la mansión garantizaba una infancia feliz.
– No -repuso con toda franqueza-. Por eso no me arrepentiré de llevarme a Iris de aquí.
En ese momento fue Jilly la que se sorprendió. Giró totalmente sobre el banco y Rory se movió para acompasar su movimiento, por lo que de repente quedaron cara a cara, con las piernas de la muchacha encerradas entre las de él, que eran mucho más largas. Una rodillera de los vaqueros, adornada con un parche de color rojo carmín que decía «¡Desmelénate!», rozó el interior del muslo derecho de Rory como si de una boca se tratara y el ardor salió disparado hacia su entrepierna.